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Instantes más allá, donde nace una calle de ancho polvo paralelo al corretear del Amazonas, Avenida Calvo de Araújo, dice una tabla muda en lo alto de un palo. Todavía la dosis de ayawashka que me brindó el brujo anoche no ha retornado al aire, persiste en mi sangre pese a que ya es añil, de puro blanca, el alba. En las chozas contiguas se instalan ajetreos, frituras, cuerpos lavándose, rumor de desayunos. A nuestra espalda el Amazonas pasa sordeciendo y luminando el cielo. Escucho un avión, encumbro el rostro, lo veo descender y reducirse, tornarse wakamayu, posarse con plumaje centelleante en la copa de aquella apasharama. No sé por qué recuerdo lo que nunca he sabido, acaso el brujo Don Juan Tuesta está informándome de lejos, atrás del ayawashka, hace veinticienco años, cuando tomé la droga por primera vez, anoche: el wakamayu es dios de otro tiempo, arden dos esmeraldas en lugar de sus ojos y no hay nadie detrás de aquellas lumbres verdes y vanescentes, el ánima del wakamayu es adorno sin razón ni pasión, sitio vacío, y los grandes espíritus son grandes porque en vez de aniquilar el wakamayu en su vanidad lo sustentan en su ausencia: trocan las esmeraldas por granos de maiz y el wakamayu mira entonces las cosas del cariño, se distrae de sus ojos y sus dientes y únicamente come las hambres del cariño. Yo lo estoy viendo ahora, abre las alas, ya no es un wakamayu, canta con voz lacrada, wapapa transparente es el avión que he visto, que ha caido, y su cuerpo se disuelve en el canto, convertido en qué llovizna de hojas coloridas, tan lentas y sedosas. Y cada hoja es música diversa, cada hoja resbala en una nota y su caer sin fondo es su sonido, ninguna alcanza el suelo, el brumor del Amazonas las restriega y borra contra el aire tibio. Cierro los ojos, intento desbravar los postreros efectos de la liana-del-muerto: la mano del Amazonas, puedo verla, es rugosa y grisácea. De nuevo los entreabro: no, hay nada. Solamente la voz de Don Juan Tuesta cintila a mi derecha sobre la espintana recostada en el filo de la plaza Rumania y se impone a la mano azulmarrón, domeña a esa serpiente de cinco cabezas que el río-mar alarga hacia nosotros.

La primera vez que tomé ayawashka tuve una sensación idéntica pero más durardera: la certeza de tener dos cuerpos y verlos y tocarlos, dos césares tumbados en el piso de la casa del brujo. Porque fue aquí en la isla Muyuy y en la misma vivienda de Don Juan Tuesta, a los trece años de mi edad, que me fue presentado el ayawashka. Y sucedió. Eran otras imágenes, otros colores pero el desdoblamiento remedaba al de esta noche que no quiere irse. Ahora no son únicamente dos cuerpos míos los que alcanzo, un instante sí, a comprobar, un instante no. Me veo, por relámpagos, al costado derecho de Don Juan Tuesta, sentado en la espintana derribada, y a la vez a su izquierda, aunque con una cara que se aparenta mía, que lo duda y tiende a borronearse y a rehacerse luego con facciones que reconozco y no pertenecen a mi rostro. Acepto sin embargo que se trata de mí, como acepto que jamás alcanzaré a explicármelo con palabras y con plenitud. Me estoy viendo, en dos cuerpos, a ambos lados del cuerpo del brujo de Muyuy. Y recibo su voz desde dos sitios, dos existencias, dos identidades, estamos en 1953, dos memorias que de ser tan ajenas ya me son familiares.

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Suppose that grey tree, so nude
and desperate,
began to waltz
slowly in time to something we
are deaf to in the thickening snow.
Would it be merely trying to get
warm and true,
as it seems one
does while dancing,
or would this be
an invitation from the inanimate
world our bones,
trying not to ache
with foreboding, seemed to warn us of
in early childhood?
Then, unenlightened by desire and
satisfied by very real dreams, we
were able briefly,
as from a window,
to look bravely upon the baroque will
of objects,
not knowing, in our clever
smile,
who really felt the cold.

Aquí, de noche, voces desconocidas, luces fantasmagóricas, silencios fúnebres. Es la muerte, que pasa dando la vida. Óyese el golpe de la fruta, que al abatirse hace la promesa de su semilla; el caer de la hoja, que llena el monte con vago suspiro, ofreciéndose como abono para las raices del árbol paterno; el chasquido de la mandíbula, que devora con temor de ser devorada; el silvido de alerta, los ayes agónicos, el rumor del regüeldo. Y cuando el alba riega sobre los montes su gloria trágica, se inicia el clamoreo sobreviviente: el zumbido de la pava chillona, los retumbos del puerco salvaje, las risas del mono ridículo. ¡Todo por el júbilo breve de vivir unas horas más!

Esta selva sádica y virgen procura al ánimo la alucinación del peligro próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. En estas soledades, cuando nos habla, solo entiende su idioma el presentimiento.. Bajo su poder, los nervios del hombre se convierten en haz de cuerdas, distendidas hacia el asalto, hacia la traición, hacia la acechanza. Los sentidos humanos equivocan las facultades: el ojo siente, la espalda ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama: ¡Huyamos, huyamos!

LA FRAGA DE CECEBRE
La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra; en sus cuevas se hunde, en sus cerros se eleva, en sus llanos se iguala. Es toda vida: una legua, dos leguas de vida entretejida, cardada, sin agujeros, como una manta fuerte y nueva, de tanto espesor como el que puede medirse desde lo hondo de la guarida del raposo hasta la punta del pino más alto. ¡Señor, si no veis más que vida en torno! Donde fijáis vuestra mirada divisáis ramas estremecidas, troncos recios, verdor; donde fijáis vuestro pie dobláis hierbas que después procuran reincorporarse con el apocado esfuerzo doloroso de hombrecillos desriñonados; donde llevéis vuestra presencia habrá un sobresalto más o menos perceptible de seres que huyen entre el follaje, de alimañas que se refugian en el tojal, de insectos que se deslizan entre vuestros zapatos, con la prisa de todas sus patitas entorpecidas por los obstáculos de aquella selva virgen que para ellos representan los musgos, las zarzas, los brezos, los helechos. El corazón de la tierra siente sobre sí este hervor y este abrigo, y se regocija.
La fraga es un ser hecho de muchos seres. (¿No son también seres nuestras células?) Esa vaga emoción, ese afán de volver la cabeza, esa tentación —tantas veces obedecida— de detenernos a escuchar no sabemos qué, cuando cruzamos entre su luz verdosa, nacen de que el alma de la fraga nos ha envuelto y roza nuestra alma, tan suave, tan levemente corno el humo puede rozar el aire al subir, y lo que en nosotros hay de primitivo, de ligado a una vida ancestral olvidada, lo que hay de animal encorvado, lo que hay de raíz de árbol, lo que hay de rama y de flor y de fruto, y de araña que acecha y de insecto que escapa del monstruoso enemigo tropezando en la tierra, lo que hay de tierra misma, tan viejo, tan oculto, se remueve y se asoma porque oye un idioma que él habló alguna vez y siente que es la llamada de lo fraterno, de una esencia común a todas las vidas.
—¡Espera —nos pide—; déjame escuchar aún, y entenderé!
¡Mas está tan lejano aquel recuerdo…! Seguimos nuestra marcha entre la luz verdosa, y al salir bajo el sol, pensamos: «Algo extraño ocurrió; como si intentasen hablarnos y se arrepintiesen».
Nadie puede decir exactamente por qué, y hasta quizá lo negaría, pero todos los espíritus sienten una turbación cuando les envuelve la fraga; los niños no pasan de sus linderos, las muchachas la atraviesan con un recelo palpitante porque se acuerdan por la noche de ese fantasma alto, alto y blanco, blanco, que es la Estadea, y por el día, del sátiro al que los poetas han hecho funerales desde que nadie volvió a verle en las montañas polvorientas de Grecia ni en las florestas de Italia, pero que vive misteriosamente refugiado —con el extraño nombre de Rabeno— en las umbrías de Galicia, sin más cronistas que las viejas y las mozas que hablan de él entre risas y miedos, en la penumbra de la cocina donde arden el tojo y el brezo y las ramas de roble vestidas de musgo gris. Cuando los hombres que van a la feria de Cambre atraviesan la honda corredoira, piensan que es una buena y fanfarrona compañía el ruido que hacen en los guijarros las herraduras de sus caballejos menudos, omnívoros y despeinados, de color guinda en aguardiente, que no galopan nunca, pero no se cansan jamás. Y el señor del pazo, si pasea lentamente por los asombrados veriles, se acuerda de que escribió algunos versos en su juventud, y otras veces medita sin amargura en la muerte.
La fraga es ella misma un ser compuesto de muchos seres. Como la ciudad. Pero es más varia que la ciudad, porque en la ciudad el hombre lo es todo y su carácter se imprime hasta el panorama urbano, y en la fraga el hombre resulta apenas un detalle del que se puede prescindir. Hasta no es muy seguro que el hombre sea también en la fraga la conciencia de la naturaleza, porque cuando el lagarto se queda inmóvil, como una joya verde y añil abandonada sobre una roca, o la urraca se detiene en un árbol a mirar con sus ojos pequeñitos los charcos que brillan y las hojas que tiemblan, o el penacho apretado y tierno de un pino de cuatro años se asoma sobre el tojo, podría jurarse que de alguna manera sienten en su sangre o en su savia la dulzura, el misterio y el encanto de aquel lugar.
Éste es el libro de la fraga de Cecebre.

En el precio, el favor; y la ventura,
venal; el oro, pálido tirano;
el erario, sacrílego y profano;
con togas, la codicia y la locura;

en delitos, patíbulo la altura;
más suficiente el más soberbio y vano;
en opresión, el sufrimiento humano;
en desprecio, la sciencia y la cordura,

promesas son, ¡oh Roma!, dolorosas
del precipicio y ruina que previenes
a tu imperio y sus fuerzas poderosas.

El laurel que te abraza las dos sienes
llama al rayo que evita, y peligrosas
y coronadas por igual las tienes.

Lumen, lumen. Me llega cuando nacen
luces o sombras, revelación. Viva.
Ese camino, esa ilusión es neta.
Presión que sueña que la muerte miente.
Muerte, oh vida, te adoro por espanto,
porque existes en forma de culata.
Donde no se respira. El frío sueña
con estampido — eternidad. La vida
es un instante
justo para decir María. Silencio.
Una blancura, un rojo que no nace,
ese roce de besos bajo el agua.
Una orilla impasible donde rompen
cuerpo u ondas, mares, o la frente.

Los destructores siempre van delante,
Cada día con más poder y saña,
Sin enemigo ya que los espante.
Triunfa el secuestro con olor de hazaña,
Que pone en haz la hez del bicho humano.
Ni el más iluso al fin la historia engaña.
El infierno al alcance de la mano.

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(from DC’s)