La danza empezó a medianoche, hora en la que a Schultes lo habían disfrazado de animal, con una camisa de tela burda hecha con la corteza del llanchama, ajorcas de semillas huecas y una larga falda de tiras de corteza que susurraba como hojas de hierba al moverse. La máscara también era de corteza, pintada con una brea negra y con decorados amarillos y blancos. La danza inicial, para aplacar el espíritu del mal, era la cha-vee-nai-yo. Dieciséis hombres, divididos en cuatro grupos, se entrecruzaban sinuosos hasta llegar a un clima de intensa agitación antes de terminar bailando en fila a un ritmo suave y repetitivo.

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“La máscara para la cha-vee-nai-yo“, recordaría Schultes después, “es extraña: un rostro humano hecho con brea negra, con huecos en los ojos para que los danzantes puedan ver, la nariz una cuña de madera y una boca desdentada que luce una sonrisa lasciva. La visión espectral de tantas máscaras de demonio horriblemente irreales y el espectral, monótono y suave cántico, con su sonido hueco y lejano a través de la máscara y la capucha, tuvieron un efecto casi hipnótico en mi. Y al bailar con ellos y unirme a su canto, no me fue difícil imaginar que tan fantástico ritual estaba en efecto aplacando a una fuerza sobrenatural”.

Con sus bailes saludan los tanimucas, uno tras otro, a todos los animales de la creación. Los niños primero, vestidos de mono y con ramas de muchas hojas en las manos, imitan los ágiles movimientos de los primates saltando de rama en rama. La danza del tapir era lenta y pesada; la del oso hormiguero, asombrosa por el realismo del disfraz. Los movimientos de la danza del venado eran elegantes y rápidos, con pasos veloces que expresaban a la perfección la índole nerviosa y asustadiza del animal. Un zumbido bajo y monótono acompañaba la de la abeja. El canto de la del murciélago era de una belleza insólita, alto, chillón y agudo como los gritos que se oyen en sus cuevas. La más impresionante de todas, que Schultes vio cuando acababa de aspirar un poco de yá-kee, era la del jaguar. Al ver los ágiles danzantes abalanzándose, gimoteando y gruñendo como felinos, sintió que cobraban vida las máscaras de dientes de madera, ojos de vidrio y bigotes de brea negra, y que se movían hacia él, para desaparecer luego en un pozo de luces de colores.

El festival duró cuatro días, durante los cuales Schultes bailó todo el tiempo. Solo años después comprendería lo que había vivido y experimentado en sus movimientos.