El oracionero y su perro.

No recuerdo de otra masía que diese tan cabal idea de reposo como la de Francisco de Almudaina. Casa torrada y grande, con su parral profundo, de viejos pilares como un claustro; tierras anchas y gruesas de pan, y en las lindes, los cerezos de bóvedas olorosas, que llevan la cereza de carne dura y fría; la cereza que ha de comerse mordiéndola como una poma; la cereza que entre los dientes de la mujer nos hace pensar en la inocencia de todo lo contrario. De estos árboles se enviaban ramos encendidos de fruto a don Emilio Castelar y al arzobispo de Valencia.

No faltaba la encina, inmóvil y vetusta, junto a la masía. ¡Todo qué firme y sosegado! I hasta el orden para colgar los aperos de las pértigas hincadas en el rasuro, y para subir y doblar la soga del aljibe, y el frescor y la gracia de la cantarera, probaban la serenidad y quietud de costumbres de la familia labradora, dechado escrupuloso de amor a Dios, al prójimo y a sí mismo. Pasaba el rosario todas las noches; se añadían los Dolores los viernes; so­corríase a los mendigos los sábados con regojos y rebanadas de la cochura del martes; había colada los lunes, y bailes y tonadillas los domingos. Un mastín era el feroz meseguero; otro guardaba los frutales, y un gato recorría primorosamente las trojes y bodegas. Donde más se manifestaba el claro método de la casa era en la mesa. Si a la venturosa familia le hubiesen ofrecido todas las gollerías y delgadeces de sabor que pudiera concebir el más hábil repos­tero, de seguro que las rechazara, ni más ni menos que el señor don Fernando de Castilla y de Aragón cuando, pidiéndole que permitiese la entrada de la pimienta y canela de las Indias portuguesas, repuso con toda doctrina y majestad:

-Excusemos esto, que buena especia es el ajo.

Con el ajo y algunos piñones adobaba la madre sus guisos honrados y fuertes. La limpia paz de aquella tabla me adormecía, y dormitando esperaba yo algunos viernes al ciego de las oraciones. Le guiaba un perrico podenco muy donoso, que en seguida se acostaba entre las espateñas de cami­nante de su amo. Los mastines de la heredad aparecían entonces más foscos y hasta más corpu­lentos, y el gato se iba asomando con refinada cautela y las verdes brasas de sus pupilas se acera­ban de ruines designios. Es que las hijas del casa, tres doncellas que dejaban un aire y lumbre de campo con mucho sol, no hacían sino requebrar al perro del oracionero. Y los hijos, dos mozallones muy dados a la caza, celebraban siempre la fineza de su casta, su prontitud en el atisbo de todo movimiento y en recoger los apartados y sutiles rumores. Semejaba dormir, y temblaba y gañía con la pesadilla, y de súbito precipitábase en la llama del paisaje con las orejas juntas y altas y el hocico ávido, porque allá en lo recóndito de las soledades pasaba una graja, o un blando viento había meneado el bausán de los moscateles maduros.

-¡El Noble ha de ser de nosotros! -decía Francisco de Almudaina.

Y al dueño se le paraban los ojos llagados y se le sonreía su boca blanda, respondiendo:

-Sí, señor; sí…

Y tocaba con el carcañal a su gomecillo, que le lamía y rosigaba el talón, todo de callo.

¡Cómo habían de quitarle el perro estas ánimas tan honradas, que sólo por la mucha voluntad que le mostraban le acogían y le pagaban los rezos en todas las haciendas del contorno! Y rehundía la cuña recia de su pulgar en el vientre de la guitarra. Zumbaba un flojo bordoneo, y entre las quijadas roídas del mendigo iba barbotando la oración de los pardales de San Antonio. Pues otro viernes le dijo el padre labrador:

-Mira, Andrés, que los chicos no me dejan, pidiendo tu Noble.

Se le quebró la copla de la Verónica al oracio­nero; sus órbitas heladas, que recibían impasible el sol de los caminos, se le estremecieron muchas veces, y a poco murmuró: -Sí, señor; sí… ¿Pero cómo me gobernaré si me quitan al Noble? Hay por esos campos balsas y caleras…

-Aquí no se piensa en quitarte al podenco, sino en mercártelo.

-¡Sí, señor; sí!

-¿Tú no enseñaste al Noble a lazarillo? Pues toma otro y tráelos juntos hasta que el nuevo aprenda el oficio; y si el Noble hace bondad en la casa, a buen seguro que se regodee de su sino. ¿No te contenta?

Y la voz del padre labrador se hinchaba de mandato.

Por eso Andrés buscó otro perro y lo trajo uncido al dogal del Noble. El nuevo era rojo, trasijado, sin cola ni orejas, siempre tembloroso de calambres y de sustos. Los hombres y los chicos le apedreban: le apedreaban sin querer, era de esos perros sin raza, huido de todas las aldeas, que pasan corriendo torcidamente y de súbito se paran porque alguien viene, y vuelven a escapar, y entonces el que venía se dobla, alcanza un guijarro y se lo lira por ver si le acierta, y siempre atina, que el perro rebota y plañe y se aparta cojeando… Cuando llegaba a los muladares, sus hermanos los perros nómadas le acometían aunque estuviesen hartos. Sólo un hombre le dio pan y le rascó la cerviz desollada: fue Andrés, que de paso lo ató. Todos los perros salían a ladrarle, escarneciéndole su cautiverio; algunos le mordieron en la matadura de la última cuerda. 1:l cayado de Andrés quiso ampararle, y como era cayado de ciego hirió al protegido en la llaga vieja, y los otros brincaban rodeándole muy alegres.

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… Quedóse el Noble en el casal. Zahareño y medroso estuvo al principio; después, el olor de la merienda le atrajo junto a las rodillas de las mozas. Ellas, riéndose, aparentaban no verle, y el podenco les puso las ruidosas fauces en el regazo con mucha sumisión. Apiadadas sus amigas, le dieron de su pan y companage; pero estas mercedes no bastaban para la voracidad del Noble, que, oliendo la abun­dancia de las alacenas, parecía sentir entonces todas las hambres de su antigua servidumbre. Las tres hermanas cocieron sopas con la suculencia de algunos quebrantos, y el Noble gozó la primera hartura de su vida, mientras los ojos del gato le aborrecieron desde la artesa, y en el sol de los corrales resonaban ferozmente las carlancas de los dos mastines.

Amaneciendo el domingo se fue el Noble con los mozos a la sierra. Retozó y ladró de júbilo, viéndose en la amplitud de los campos sin soga ni tirones de ciego y si tener que seguir las mismas sendas de todos los días; y se hundió en las matas, y se revolcó en lo liso, y hasta se gallardeo en el borde de los barrancos, volviendo la cabeza para saber si le miraban. Los amos arrojaban piedras, y él se las traía haciendo cabriolas. Pasados ya los primeros ímpetus de holgura, mostróse con aquella listeza que todos le adivinaran, porque de súbito se puso muy erguido, venteando anhelosamente lo remoto; encontró rastro y fue alejándose; se contenía para escuchar y oler, y perdióse dentro de la breña. Pasó tiempo. Los mozos le llamaron silbándole y gritándole, y miraban con ansiedad la ondulación de la montaña, que reposaba muy hermosa sobre el azul. Y por allí surgió el Noble. Venía lisiado y prendido de zarzales y jaras, y cuando estuvo cerca, vieron que le colgaba de la boca un gazapo palpi­tante, de ojos gordos y húmedos de miedo, arran­cado del calor de la madriguera. En la heredad se celebró mucho la aventura del Noble, y le agasajaron con pan untado de miel.

A la otra tarde salió el perro, subióse por los bancales de viña y desapareció en el pinar. Tornó de noche, sediento y cojo, y buscando a la mayor de las mozas, postróse a su vera, ofreciéndole un conejo recién parido. Y así sucedió otros días. Todos estaban maravillados, y la hija grande esperaba al Noble en el portal con la dulce recom­pensa. Y es que precisamente la hija grande cuidaba del corral de los conejos, que no eran como los otros conejos de la tierra; los melindres de estos anima­litos para comer y su elegancia para salir a solearse semejaban de humana criatura, pero de buena crianza. Todo se debía a la moza, que hasta re­glamentaba severamente la fecundidad de las hembras, sin que estos íntimos menesteres sobresal­tasen su virginal pureza.

…Vino el viernes y la hora del oracionero. La masía se llenó del alborozo del Noble. Saltaba a los hombros de su antiguo atrio y le pasaba todo el latido de la lengua por las mejillas aborrascadas de barba, barba de pobre. Y cuando Andrés comenzó los milagros de San Antonio, el perro juntóse con su sustituto, oliéndole y mordiéndole en bromas la raíz de sus orejas amputadas, y acabó por agobiarse bajo la sillica del ciego, y estuvo lamiéndole las espar­teñas, y se durmió y pasó pesadilla como en sus tiempos de mendiguez.

Cantada la última oración, levantóse Andrés, v el Noble se desperezó y le siguió muy avenido con el desorejado.

Salieron las gentes de la heredad para saber en qué paraba tanta ternura.

El grupo de conseja se apartaba por el sendero y la calina del rastrojo. Quizá las mozas querían ya correr para traerse a su valido, cuando le vieron quedarse reacio, tender el hocico y bostezar; fi­nalmente se detuvo, ladró como disculpándose y despidiéndose de su compaña, y volvióse muy con­tento a la masía. tasa noche no trajo ninguna presa del monte. Y esto desagradó a la buena familia labradora no por la codicia de la caza, sino porque se quebrantaba una costumbre, y ya se ha dicho el sumo amor que allí se sentía por el método y la constancia en todas las cosas. Fue un fracaso que se emparejó con la malaventura, porque esa tarde averiguóse que fal­taba un conejo del corral. Lloro la moza grande; porfió en buscarlo a la madrugada, y descubrió el robo de otra cría. Y cada mañana nuevas ausencias. Había un ladrón. ¿Quién era? Todos se quedaron cavilando, y de repente Iodos los pensamientos y miradas se pusieron en el Noble. ¡El Noble era; el Noble, que habiendo agotado los vivares fáciles de la serranía, robaba el corral y devoraba el hurto escondidamente! Y aquí estaba la novedad abominable: en comer lo de casa, cuando el ruin respetó lo ajeno. Los antiguos servicios y bizarrías se trocaban en fundamentos de delaciones y agravios. Y el odio de la familia labradora a lo nuevo halló símbolo y hechura en el Noble. Aga­rrado el símbolo por el pellejo, lo sacaron al patio, y, azotándole con un cabestro de nudos, iban mos­trándole a los patricios animales, que presenciaron sentaditos y orondos como fetiches el castigo del facineroso. Y los hurtos siguieron, y aumentó la saña y la pena. Sólo la hija más chiquita supo perdonar al Noble, y por las tardes le daba recatadamente el pan y la miel. Llegó otro viernes y el buen Francisco de Almudaina devolvió el perro ladrón al oracionero, contándole a gritos todo el oprobio.

-¡Aquí nunca lo traigas! Y has de enmendarlo para bien tuyo…

-Sí, señor; sí…

Y Andrés humilló la frente y llevóse al acusado. …Pero a la hora del dulce mendrugo escapábase el Noble; estaba regostado al bienestar y anchura, y aguardábale la moza de la masía. No acababa la perdición de los corrales; supo el campesino el merodeo, y una tarde apostóse en lo oscuro del hogar. Vino el Noble, paróse en el peldaño, y brilló una lumbre azul y retumbó un estampido de carabina vieja. Ladraron los mastines; acudieron todos. El Noble se revolcaba en las losas, y entre los colmillos le salía ensangrentado el delicioso pan. Descolgóse la guitarra el ciego y, en tanto que la templaba, dijo:

-¡Perdí al Noble!… No aparece por la aldea… ¡Hubiese yo visto para mirar los pozos! ¡Aunque ninguno hiede aún!

Francisco murmuró austeramente:

-Andrés: no hay que mentirte. Al Noble te lo matamos nosotros. Tomó mala querencia, bien lo sabes…

-Sí, señor, sí…

Salió toda agoniada la hija grande. ¡Faltaba un macho ya criado! Y por las bardas le advirtió el pastor que aquella noche de luna vio bajar por el torrente una raposa como una persona… Los ojos blancos del ciego se dilataron de horror.

-¡Vaya, Andrés -dijo el buen Francisco-, no te apesadumbres, que no era el Noble, y sería su sino morir!…

-Sí, señor; sí.

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