La Sirena Griega

Cuando desperté ya le sobraba algo a las doce, y ya tenía en la mesa servida la parva, y era muy de mi gusto aquel caldo de calabazo dulce que hacia la señora Marcelina por tiempo de otoño; tanto me gustaba, que acostumbraba repetir. Pasé una hora en la cocina contándoles la historia de don París y la cautiva de Tule a la gente de casa, y aún seguiría otra en tal comento si no gritara por mí el señor amo; cuanto más que estaba a mi lado pelando castañas la mi Manuela, y parecía que me despertaba los párrafos con el dulce y sorprendido mirar que en mí posaba; estampa de mirlo debía de componer yo, tal cuando el avecilla canora enamora a la hembra con el atavío de su canto… Acudí al mando, y estaba don Merlín con José del Cairo poniendo en medio y medio de la cámara la tina grande de la colada, que era la mitad de un bocoy valdorrano de doce cántaras, y viniera a echar una mano la costurera de Fados, que se puso a colgarle a la tina una falda de pliegues, de una tela muy lucida y floreada en verde y en rosa. Bajó mi ama doña Ginebra a mirar aquella función, y cuando José del Cairo y servidor dimos mediada de agua la tina, la señora vertió a ella un pomito de perfume que yo tuve por canela. Don Merlín estaba alegre y risueño, echó números en el encerado, y le dijo a doña Ginebra, que también sonreía: —Si no engordó más de dos libras, tiene la tina el agua justa para que no vierta ni una cucharada.

Supe en seguida, y no hubo otra conversación en Miranda aquella tarde, que esperábamos una sirena griega, de nombre doña Teodora, a quien le muriera un vizconde portugués que tenía por amigo, y con el dolor quería pasarse a un monasterio que estas féminas tienen sumergido en la laguna de Lucerna, y venía para que mi amo le echase las proclamas en el Tribunal de la Fuente Matilde de la ciudad de Rúan, que es el que rige en los pleitos de estas anabolenas, y le tiñese las escamas de la cola de luto doble. —No le eche su merced luto perpetuo —dijo doña Ginebra a mi amo—, que cualquier día se da por arrepentida y cata en Lucerna mismo nuevo enamorado. —En esto estoy —respondió don Merlín—, que no es fácil que éstas pierdan el puteo, aunque figuren de conversas. Una conocí que se quería envenenar porque también se le muriera el amigo, tiple segundo que fuera en la Capilla Romana, y la doña sirena decía que no podría vivir sin aquel dúo que hacían, y los tallarines que su hombre le cocinaba los domingos. Me mandó recado escrito pidiéndome un jarabe resolutivo, y cuando le mandé decir que no, ya estaba amancebada con el ayudante de marina de Honfleur, quien le puso una cetárea, y de entonces a estas vísperas ya mudó más de cuatro capataces, y todos con cama deshecha, perdonando. ¡Aun me quiso trasegar a mí en un verano en que fui al arenal de Calais a tomar un pediluvio!

Se rieron mi amo y doña Ginebra, y todos hicimos coro, y la señora ama mandó a Marcelina que tuviese la merluza a enfriar en la calera del pozo. Toda la familia de Miranda, creo yo, estaba con el inquieto alborozo de tanta novedad. La comitiva llegó de anochecida, y venían todos en grandes mulas, la sirena de triste viuda con largos velos, y dos jinetes más, que supe eran herederos y parientes del portugués, y un paje que por ahí tendría catorce años, y ése venía cabalgando a la grupa en la mula de la sirena, con gran paraguas abierto, tomándole a la dolorida señora la lluvia. Tomó José del Cairo a la doña Teodora en sus brazos, y la pasó a la cámara, y sentóla en el sillón de mi amo, mientras el señor Almeida portugués, que era un hombre muy alto y de grandes y espesos bigotes negros, saludaba a doña Ginebra y a don Merlín, y pedía perdón por el retraso, motivado porque viniendo desde Braga en tres jornadas tuvieron que poner en el Miño a remojo, por más de dos horas, a la gentil Teodora. Ésta, muy sentada en el sillón, quitó los velos de pésame, ayudada por la costurera de Pacios, y os digo que amaneció, si el Señor manda rosas, la más hermosa del mundo, y los ojos en ella, dos gotas de verde rocío. Y al repantigarse en el sillón, quedó a la vista, bajo la larga falda, la punta de su cola: una media luna rosa. Si digo que pasmé, aún no digo todo del asombro en que me hallaba.

—Señora doña Teodora —le dijo mi amo muy cortés—, ya estáis en vuestra casa de Miranda, donde todos sentimos que os hubiese muerto amor tan fiel como teníais en las arenas de don Portugal. Esta que aquí veis es nuestra ama doña Ginebra, princesa de Bretaña, éstos son mis familiares, y éste es mi paje Felipe, que os lo pongo de pasamano para cualquier recado. Y esta tina perfumada es vuestro lecho, y ahora me pongo a despacharos las proclamas que queréis, y la tinta está hecha para poner vuestra cola de luto doble.

¡Oyerais la voz con que aquella hermosísima señora hablando ya cantaba! Hay pájaros que tienen el canto misterioso, pero no hay comparación que valga. ¡Quién la oyere por las mañanas en vez de la alondra!

—Ya os veo a todos doloridos por el bien que perdí, ¡y en verdad que no hay amor como el de un portugués! Mi doña Ginebra, señora mía, vuestras manos beso, y vuestra señoría, don Merlín, saludo, y a toda esta familia, y al paje de pasamano que me ponéis. Y es mucha, en verdad, la prisa que traigo, que el día de San Lucas quiero estar a la puerta del monasterio de Lucerna con el cabello cortado.

Y al decir esto pasó ambas manos por el dorado y largo pelo, y fue como pasar el arco del violín por las cuatro cuerdas bien afinadas. Pues traía tanta prisa, pasaron los dos caballeros portugueses a cenar a la mesa de doña Ginebra, y su paje y yo quedamos de antecámara, mientras mi amo daba los últimos toques a los preparativos del teñido. Dijo doña Teodora que de cena no quería más que un poco de merluza cruda por lo abierto, y de postre una cucharada de sal y un vasito de licor café, y yo y su paje, que se llamaba Teófilos, y también era griego, la servimos en bandeja de plata, y ella, de cada y cuando, me sonreía de tan dulce modo que me apretaba el corazón. Y cuando acabó de cenar sugirió que quizás estuviera más sosegada en la tina, y yo no sabía para dónde mirar cuando se quitó la larga falda y la ceñida blusa, y apareció doña sirena tal y como vienen estos hermosos engaños en las historias. Además, que fue la primera mujer que yo vi desnuda, y aunque no quería, mis ojos se iban a aquellos pechos blancos y tan felices, a su alegre botoncito rosa y a las venillas azules que los surcaban. Teófilos ya debía de estar acostumbrado, pero para mí aquello era una fiesta entre alegre y temerosa. Y aún tuve que acercarme, e imitando a Teófilos, prestarme a que nos pasase sus brazos por los hombros, e hizo una gracia con la larga cola brillante para entrar en la tina a descansar. Siempre que de este paso me recuerdo, me parece que me acaricia el cuerpo aquel suave calor que ella prestaba. Y fue bueno y decente, digo yo, que una vez en la tina, se pusiese una pelerina de astracán que tapase tanta galanura. Llegó mi amo con los escritos preparados, que eran un bando al Tribunal de la Puente Matilde, una restitución a los sobrinos de un boticario de Génova, y una profesión de fe cristiana, y sólo faltaba la firma de doña Teodora, que la echó muy rasgueada, y añadió en latín lo que el señor Merlín le recitó.

—Todas las sirenas —dijo sonriendo a mi amo— tenemos la misma letra, porque todas aprendemos en la escuela de las planas de Iturzaeta. Y como llegase la hora del teñido, le pasamos a doña Teodora para dentro de la tina una banqueta, de modo que, sentándose en ella el agua le cubriese solamente la cola colorada, y andando en estos adobos me fijé, tanto por pecador como por curioso, y vi que doña Teodora no tenía ombligo. Don Merlín responso y amonestó al agua, en lengua de la que no entendí verbo, y seguidamente vertió polvo de oro sulfatado, cuatro mezclas de corteza de nogal, extracto campeche y crémor tártaro, y con la varita de plata batió durante una hora, y pasada ésta, echando una puñada de sal, dio el teñido por rematado. —Quedará —le advirtió a doña Teodora— un negro brillante que llaman en Italia “cuervo de Nápoles”, y en el bordillo de cada escama, un hilo de oro lucido. Desde que murió don Amadís, y se puso de luto perpetuo doña Oriana, no se vio pésame de tanto respeto en el mundo. Ahora conviene que paséis toda la noche en el tinte, y a la mañanita podéis partir, camino de la noble ciudad de Lucerna. Mandó doña Teodora a Teófilos que le diese a mi amo una bolsa que con sonante dinero traía.

—Ya sé que no pago tantos favores como se me hicieron en esta casa, pero en la bolsa va, en florines torneados, cuanto dinero me queda de la fortuna antigua, no ganada por la gracia de este cuerpo fácil, sino herencia de una prima mía, nipota que fue de un cardenal de Roma, y de la que habréis oído hablar, porque su tío le concedió el monopolio de las aguas tiberinas.

Agradeció mi amo el regalo, Teófilos se tumbó en el arca a echar una sonata, y don Merlín y yo nos fuimos a nuestros lechos, tras hacer una gran reverencia a la famosa sirena. Y mentiría si dijese que pude dormir aquella noche con aquella fiebre continua e inquieta que se me puso en el cuerpo: un sentir loco que me mordió muchos días, y aun ahora que viejo voy, por veces me distrae, y me vuelvo porque me parece que escucho en el agua que pasa aquel manso decir cantor que ella tenía, y medio en verso, y a mí mismo, loco, burlándome, en la ocasión me pregunto: ¿qué me quieres, Amor? Todavía no amaneciera cuando ya estaba yo dispuesto, y con la montera nueva, y la doña Teodora vestida, pero se pusiera una falda abierta de paño merino que dejaba ver desde la cintura a la medía luna final la graciosa cola de luto doble teñida, y cual mi amo dijera, bordeaba las escamas un hilo de oro lucido que muy bien le sentaba. Y el señor Almeida y la excelencia Novas ya montaran, y José del Cairo y mi amo ayudaron a asentar a doña Teodora en su mula, y le pasaron una manta envolviéndole la cola, y subió a la grupa Teófilos con el paraguas, que seguía lloviendo. Los portugueses gastaron las sólitas lusitanas cortesías, doña Teodora volvió a cantar las gracias y la triste despedida, y al balcón salió la señora doña Ginebra a decir adioses con un pañuelo bordado. Mi amo se dio cuenta, cuando se fueron, que yo quedaba con algo de pesadumbre, y que algún hilo del engaño de la sirena me ceñía el cuello.

—Sosiega, sosiega, mi Felipe —me dijo palmeándome en la espalda—. No se cogen truchas a bragas enjutas, y estas brevas de mérito, ¿qué le van a pedir a un galán como tú más que la vida? No quería yo verte comido de los peces en una playa de la Arosa. —Además —añadió José del Cairo, que siempre hablaba sabidor y sentencioso—; además que por la cola repolluda que tiene, de ser mujer como las otras, seguro que tendría las piernas gordas.

Dijo, y escupió, como asqueando. Y yo rompí a llorar.

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