Archivos para el mes de: diciembre, 2012

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Cartel fin del mundo

LA FRAGA DE CECEBRE
La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra; en sus cuevas se hunde, en sus cerros se eleva, en sus llanos se iguala. Es toda vida: una legua, dos leguas de vida entretejida, cardada, sin agujeros, como una manta fuerte y nueva, de tanto espesor como el que puede medirse desde lo hondo de la guarida del raposo hasta la punta del pino más alto. ¡Señor, si no veis más que vida en torno! Donde fijáis vuestra mirada divisáis ramas estremecidas, troncos recios, verdor; donde fijáis vuestro pie dobláis hierbas que después procuran reincorporarse con el apocado esfuerzo doloroso de hombrecillos desriñonados; donde llevéis vuestra presencia habrá un sobresalto más o menos perceptible de seres que huyen entre el follaje, de alimañas que se refugian en el tojal, de insectos que se deslizan entre vuestros zapatos, con la prisa de todas sus patitas entorpecidas por los obstáculos de aquella selva virgen que para ellos representan los musgos, las zarzas, los brezos, los helechos. El corazón de la tierra siente sobre sí este hervor y este abrigo, y se regocija.
La fraga es un ser hecho de muchos seres. (¿No son también seres nuestras células?) Esa vaga emoción, ese afán de volver la cabeza, esa tentación —tantas veces obedecida— de detenernos a escuchar no sabemos qué, cuando cruzamos entre su luz verdosa, nacen de que el alma de la fraga nos ha envuelto y roza nuestra alma, tan suave, tan levemente corno el humo puede rozar el aire al subir, y lo que en nosotros hay de primitivo, de ligado a una vida ancestral olvidada, lo que hay de animal encorvado, lo que hay de raíz de árbol, lo que hay de rama y de flor y de fruto, y de araña que acecha y de insecto que escapa del monstruoso enemigo tropezando en la tierra, lo que hay de tierra misma, tan viejo, tan oculto, se remueve y se asoma porque oye un idioma que él habló alguna vez y siente que es la llamada de lo fraterno, de una esencia común a todas las vidas.
—¡Espera —nos pide—; déjame escuchar aún, y entenderé!
¡Mas está tan lejano aquel recuerdo…! Seguimos nuestra marcha entre la luz verdosa, y al salir bajo el sol, pensamos: «Algo extraño ocurrió; como si intentasen hablarnos y se arrepintiesen».
Nadie puede decir exactamente por qué, y hasta quizá lo negaría, pero todos los espíritus sienten una turbación cuando les envuelve la fraga; los niños no pasan de sus linderos, las muchachas la atraviesan con un recelo palpitante porque se acuerdan por la noche de ese fantasma alto, alto y blanco, blanco, que es la Estadea, y por el día, del sátiro al que los poetas han hecho funerales desde que nadie volvió a verle en las montañas polvorientas de Grecia ni en las florestas de Italia, pero que vive misteriosamente refugiado —con el extraño nombre de Rabeno— en las umbrías de Galicia, sin más cronistas que las viejas y las mozas que hablan de él entre risas y miedos, en la penumbra de la cocina donde arden el tojo y el brezo y las ramas de roble vestidas de musgo gris. Cuando los hombres que van a la feria de Cambre atraviesan la honda corredoira, piensan que es una buena y fanfarrona compañía el ruido que hacen en los guijarros las herraduras de sus caballejos menudos, omnívoros y despeinados, de color guinda en aguardiente, que no galopan nunca, pero no se cansan jamás. Y el señor del pazo, si pasea lentamente por los asombrados veriles, se acuerda de que escribió algunos versos en su juventud, y otras veces medita sin amargura en la muerte.
La fraga es ella misma un ser compuesto de muchos seres. Como la ciudad. Pero es más varia que la ciudad, porque en la ciudad el hombre lo es todo y su carácter se imprime hasta el panorama urbano, y en la fraga el hombre resulta apenas un detalle del que se puede prescindir. Hasta no es muy seguro que el hombre sea también en la fraga la conciencia de la naturaleza, porque cuando el lagarto se queda inmóvil, como una joya verde y añil abandonada sobre una roca, o la urraca se detiene en un árbol a mirar con sus ojos pequeñitos los charcos que brillan y las hojas que tiemblan, o el penacho apretado y tierno de un pino de cuatro años se asoma sobre el tojo, podría jurarse que de alguna manera sienten en su sangre o en su savia la dulzura, el misterio y el encanto de aquel lugar.
Éste es el libro de la fraga de Cecebre.

El oracionero y su perro.

No recuerdo de otra masía que diese tan cabal idea de reposo como la de Francisco de Almudaina. Casa torrada y grande, con su parral profundo, de viejos pilares como un claustro; tierras anchas y gruesas de pan, y en las lindes, los cerezos de bóvedas olorosas, que llevan la cereza de carne dura y fría; la cereza que ha de comerse mordiéndola como una poma; la cereza que entre los dientes de la mujer nos hace pensar en la inocencia de todo lo contrario. De estos árboles se enviaban ramos encendidos de fruto a don Emilio Castelar y al arzobispo de Valencia.

No faltaba la encina, inmóvil y vetusta, junto a la masía. ¡Todo qué firme y sosegado! I hasta el orden para colgar los aperos de las pértigas hincadas en el rasuro, y para subir y doblar la soga del aljibe, y el frescor y la gracia de la cantarera, probaban la serenidad y quietud de costumbres de la familia labradora, dechado escrupuloso de amor a Dios, al prójimo y a sí mismo. Pasaba el rosario todas las noches; se añadían los Dolores los viernes; so­corríase a los mendigos los sábados con regojos y rebanadas de la cochura del martes; había colada los lunes, y bailes y tonadillas los domingos. Un mastín era el feroz meseguero; otro guardaba los frutales, y un gato recorría primorosamente las trojes y bodegas. Donde más se manifestaba el claro método de la casa era en la mesa. Si a la venturosa familia le hubiesen ofrecido todas las gollerías y delgadeces de sabor que pudiera concebir el más hábil repos­tero, de seguro que las rechazara, ni más ni menos que el señor don Fernando de Castilla y de Aragón cuando, pidiéndole que permitiese la entrada de la pimienta y canela de las Indias portuguesas, repuso con toda doctrina y majestad:

-Excusemos esto, que buena especia es el ajo.

Con el ajo y algunos piñones adobaba la madre sus guisos honrados y fuertes. La limpia paz de aquella tabla me adormecía, y dormitando esperaba yo algunos viernes al ciego de las oraciones. Le guiaba un perrico podenco muy donoso, que en seguida se acostaba entre las espateñas de cami­nante de su amo. Los mastines de la heredad aparecían entonces más foscos y hasta más corpu­lentos, y el gato se iba asomando con refinada cautela y las verdes brasas de sus pupilas se acera­ban de ruines designios. Es que las hijas del casa, tres doncellas que dejaban un aire y lumbre de campo con mucho sol, no hacían sino requebrar al perro del oracionero. Y los hijos, dos mozallones muy dados a la caza, celebraban siempre la fineza de su casta, su prontitud en el atisbo de todo movimiento y en recoger los apartados y sutiles rumores. Semejaba dormir, y temblaba y gañía con la pesadilla, y de súbito precipitábase en la llama del paisaje con las orejas juntas y altas y el hocico ávido, porque allá en lo recóndito de las soledades pasaba una graja, o un blando viento había meneado el bausán de los moscateles maduros.

-¡El Noble ha de ser de nosotros! -decía Francisco de Almudaina.

Y al dueño se le paraban los ojos llagados y se le sonreía su boca blanda, respondiendo:

-Sí, señor; sí…

Y tocaba con el carcañal a su gomecillo, que le lamía y rosigaba el talón, todo de callo.

¡Cómo habían de quitarle el perro estas ánimas tan honradas, que sólo por la mucha voluntad que le mostraban le acogían y le pagaban los rezos en todas las haciendas del contorno! Y rehundía la cuña recia de su pulgar en el vientre de la guitarra. Zumbaba un flojo bordoneo, y entre las quijadas roídas del mendigo iba barbotando la oración de los pardales de San Antonio. Pues otro viernes le dijo el padre labrador:

-Mira, Andrés, que los chicos no me dejan, pidiendo tu Noble.

Se le quebró la copla de la Verónica al oracio­nero; sus órbitas heladas, que recibían impasible el sol de los caminos, se le estremecieron muchas veces, y a poco murmuró: -Sí, señor; sí… ¿Pero cómo me gobernaré si me quitan al Noble? Hay por esos campos balsas y caleras…

-Aquí no se piensa en quitarte al podenco, sino en mercártelo.

-¡Sí, señor; sí!

-¿Tú no enseñaste al Noble a lazarillo? Pues toma otro y tráelos juntos hasta que el nuevo aprenda el oficio; y si el Noble hace bondad en la casa, a buen seguro que se regodee de su sino. ¿No te contenta?

Y la voz del padre labrador se hinchaba de mandato.

Por eso Andrés buscó otro perro y lo trajo uncido al dogal del Noble. El nuevo era rojo, trasijado, sin cola ni orejas, siempre tembloroso de calambres y de sustos. Los hombres y los chicos le apedreban: le apedreaban sin querer, era de esos perros sin raza, huido de todas las aldeas, que pasan corriendo torcidamente y de súbito se paran porque alguien viene, y vuelven a escapar, y entonces el que venía se dobla, alcanza un guijarro y se lo lira por ver si le acierta, y siempre atina, que el perro rebota y plañe y se aparta cojeando… Cuando llegaba a los muladares, sus hermanos los perros nómadas le acometían aunque estuviesen hartos. Sólo un hombre le dio pan y le rascó la cerviz desollada: fue Andrés, que de paso lo ató. Todos los perros salían a ladrarle, escarneciéndole su cautiverio; algunos le mordieron en la matadura de la última cuerda. 1:l cayado de Andrés quiso ampararle, y como era cayado de ciego hirió al protegido en la llaga vieja, y los otros brincaban rodeándole muy alegres.

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… Quedóse el Noble en el casal. Zahareño y medroso estuvo al principio; después, el olor de la merienda le atrajo junto a las rodillas de las mozas. Ellas, riéndose, aparentaban no verle, y el podenco les puso las ruidosas fauces en el regazo con mucha sumisión. Apiadadas sus amigas, le dieron de su pan y companage; pero estas mercedes no bastaban para la voracidad del Noble, que, oliendo la abun­dancia de las alacenas, parecía sentir entonces todas las hambres de su antigua servidumbre. Las tres hermanas cocieron sopas con la suculencia de algunos quebrantos, y el Noble gozó la primera hartura de su vida, mientras los ojos del gato le aborrecieron desde la artesa, y en el sol de los corrales resonaban ferozmente las carlancas de los dos mastines.

Amaneciendo el domingo se fue el Noble con los mozos a la sierra. Retozó y ladró de júbilo, viéndose en la amplitud de los campos sin soga ni tirones de ciego y si tener que seguir las mismas sendas de todos los días; y se hundió en las matas, y se revolcó en lo liso, y hasta se gallardeo en el borde de los barrancos, volviendo la cabeza para saber si le miraban. Los amos arrojaban piedras, y él se las traía haciendo cabriolas. Pasados ya los primeros ímpetus de holgura, mostróse con aquella listeza que todos le adivinaran, porque de súbito se puso muy erguido, venteando anhelosamente lo remoto; encontró rastro y fue alejándose; se contenía para escuchar y oler, y perdióse dentro de la breña. Pasó tiempo. Los mozos le llamaron silbándole y gritándole, y miraban con ansiedad la ondulación de la montaña, que reposaba muy hermosa sobre el azul. Y por allí surgió el Noble. Venía lisiado y prendido de zarzales y jaras, y cuando estuvo cerca, vieron que le colgaba de la boca un gazapo palpi­tante, de ojos gordos y húmedos de miedo, arran­cado del calor de la madriguera. En la heredad se celebró mucho la aventura del Noble, y le agasajaron con pan untado de miel.

A la otra tarde salió el perro, subióse por los bancales de viña y desapareció en el pinar. Tornó de noche, sediento y cojo, y buscando a la mayor de las mozas, postróse a su vera, ofreciéndole un conejo recién parido. Y así sucedió otros días. Todos estaban maravillados, y la hija grande esperaba al Noble en el portal con la dulce recom­pensa. Y es que precisamente la hija grande cuidaba del corral de los conejos, que no eran como los otros conejos de la tierra; los melindres de estos anima­litos para comer y su elegancia para salir a solearse semejaban de humana criatura, pero de buena crianza. Todo se debía a la moza, que hasta re­glamentaba severamente la fecundidad de las hembras, sin que estos íntimos menesteres sobresal­tasen su virginal pureza.

…Vino el viernes y la hora del oracionero. La masía se llenó del alborozo del Noble. Saltaba a los hombros de su antiguo atrio y le pasaba todo el latido de la lengua por las mejillas aborrascadas de barba, barba de pobre. Y cuando Andrés comenzó los milagros de San Antonio, el perro juntóse con su sustituto, oliéndole y mordiéndole en bromas la raíz de sus orejas amputadas, y acabó por agobiarse bajo la sillica del ciego, y estuvo lamiéndole las espar­teñas, y se durmió y pasó pesadilla como en sus tiempos de mendiguez.

Cantada la última oración, levantóse Andrés, v el Noble se desperezó y le siguió muy avenido con el desorejado.

Salieron las gentes de la heredad para saber en qué paraba tanta ternura.

El grupo de conseja se apartaba por el sendero y la calina del rastrojo. Quizá las mozas querían ya correr para traerse a su valido, cuando le vieron quedarse reacio, tender el hocico y bostezar; fi­nalmente se detuvo, ladró como disculpándose y despidiéndose de su compaña, y volvióse muy con­tento a la masía. tasa noche no trajo ninguna presa del monte. Y esto desagradó a la buena familia labradora no por la codicia de la caza, sino porque se quebrantaba una costumbre, y ya se ha dicho el sumo amor que allí se sentía por el método y la constancia en todas las cosas. Fue un fracaso que se emparejó con la malaventura, porque esa tarde averiguóse que fal­taba un conejo del corral. Lloro la moza grande; porfió en buscarlo a la madrugada, y descubrió el robo de otra cría. Y cada mañana nuevas ausencias. Había un ladrón. ¿Quién era? Todos se quedaron cavilando, y de repente Iodos los pensamientos y miradas se pusieron en el Noble. ¡El Noble era; el Noble, que habiendo agotado los vivares fáciles de la serranía, robaba el corral y devoraba el hurto escondidamente! Y aquí estaba la novedad abominable: en comer lo de casa, cuando el ruin respetó lo ajeno. Los antiguos servicios y bizarrías se trocaban en fundamentos de delaciones y agravios. Y el odio de la familia labradora a lo nuevo halló símbolo y hechura en el Noble. Aga­rrado el símbolo por el pellejo, lo sacaron al patio, y, azotándole con un cabestro de nudos, iban mos­trándole a los patricios animales, que presenciaron sentaditos y orondos como fetiches el castigo del facineroso. Y los hurtos siguieron, y aumentó la saña y la pena. Sólo la hija más chiquita supo perdonar al Noble, y por las tardes le daba recatadamente el pan y la miel. Llegó otro viernes y el buen Francisco de Almudaina devolvió el perro ladrón al oracionero, contándole a gritos todo el oprobio.

-¡Aquí nunca lo traigas! Y has de enmendarlo para bien tuyo…

-Sí, señor; sí…

Y Andrés humilló la frente y llevóse al acusado. …Pero a la hora del dulce mendrugo escapábase el Noble; estaba regostado al bienestar y anchura, y aguardábale la moza de la masía. No acababa la perdición de los corrales; supo el campesino el merodeo, y una tarde apostóse en lo oscuro del hogar. Vino el Noble, paróse en el peldaño, y brilló una lumbre azul y retumbó un estampido de carabina vieja. Ladraron los mastines; acudieron todos. El Noble se revolcaba en las losas, y entre los colmillos le salía ensangrentado el delicioso pan. Descolgóse la guitarra el ciego y, en tanto que la templaba, dijo:

-¡Perdí al Noble!… No aparece por la aldea… ¡Hubiese yo visto para mirar los pozos! ¡Aunque ninguno hiede aún!

Francisco murmuró austeramente:

-Andrés: no hay que mentirte. Al Noble te lo matamos nosotros. Tomó mala querencia, bien lo sabes…

-Sí, señor, sí…

Salió toda agoniada la hija grande. ¡Faltaba un macho ya criado! Y por las bardas le advirtió el pastor que aquella noche de luna vio bajar por el torrente una raposa como una persona… Los ojos blancos del ciego se dilataron de horror.

-¡Vaya, Andrés -dijo el buen Francisco-, no te apesadumbres, que no era el Noble, y sería su sino morir!…

-Sí, señor; sí.

La Sirena Griega

Cuando desperté ya le sobraba algo a las doce, y ya tenía en la mesa servida la parva, y era muy de mi gusto aquel caldo de calabazo dulce que hacia la señora Marcelina por tiempo de otoño; tanto me gustaba, que acostumbraba repetir. Pasé una hora en la cocina contándoles la historia de don París y la cautiva de Tule a la gente de casa, y aún seguiría otra en tal comento si no gritara por mí el señor amo; cuanto más que estaba a mi lado pelando castañas la mi Manuela, y parecía que me despertaba los párrafos con el dulce y sorprendido mirar que en mí posaba; estampa de mirlo debía de componer yo, tal cuando el avecilla canora enamora a la hembra con el atavío de su canto… Acudí al mando, y estaba don Merlín con José del Cairo poniendo en medio y medio de la cámara la tina grande de la colada, que era la mitad de un bocoy valdorrano de doce cántaras, y viniera a echar una mano la costurera de Fados, que se puso a colgarle a la tina una falda de pliegues, de una tela muy lucida y floreada en verde y en rosa. Bajó mi ama doña Ginebra a mirar aquella función, y cuando José del Cairo y servidor dimos mediada de agua la tina, la señora vertió a ella un pomito de perfume que yo tuve por canela. Don Merlín estaba alegre y risueño, echó números en el encerado, y le dijo a doña Ginebra, que también sonreía: —Si no engordó más de dos libras, tiene la tina el agua justa para que no vierta ni una cucharada.

Supe en seguida, y no hubo otra conversación en Miranda aquella tarde, que esperábamos una sirena griega, de nombre doña Teodora, a quien le muriera un vizconde portugués que tenía por amigo, y con el dolor quería pasarse a un monasterio que estas féminas tienen sumergido en la laguna de Lucerna, y venía para que mi amo le echase las proclamas en el Tribunal de la Fuente Matilde de la ciudad de Rúan, que es el que rige en los pleitos de estas anabolenas, y le tiñese las escamas de la cola de luto doble. —No le eche su merced luto perpetuo —dijo doña Ginebra a mi amo—, que cualquier día se da por arrepentida y cata en Lucerna mismo nuevo enamorado. —En esto estoy —respondió don Merlín—, que no es fácil que éstas pierdan el puteo, aunque figuren de conversas. Una conocí que se quería envenenar porque también se le muriera el amigo, tiple segundo que fuera en la Capilla Romana, y la doña sirena decía que no podría vivir sin aquel dúo que hacían, y los tallarines que su hombre le cocinaba los domingos. Me mandó recado escrito pidiéndome un jarabe resolutivo, y cuando le mandé decir que no, ya estaba amancebada con el ayudante de marina de Honfleur, quien le puso una cetárea, y de entonces a estas vísperas ya mudó más de cuatro capataces, y todos con cama deshecha, perdonando. ¡Aun me quiso trasegar a mí en un verano en que fui al arenal de Calais a tomar un pediluvio!

Se rieron mi amo y doña Ginebra, y todos hicimos coro, y la señora ama mandó a Marcelina que tuviese la merluza a enfriar en la calera del pozo. Toda la familia de Miranda, creo yo, estaba con el inquieto alborozo de tanta novedad. La comitiva llegó de anochecida, y venían todos en grandes mulas, la sirena de triste viuda con largos velos, y dos jinetes más, que supe eran herederos y parientes del portugués, y un paje que por ahí tendría catorce años, y ése venía cabalgando a la grupa en la mula de la sirena, con gran paraguas abierto, tomándole a la dolorida señora la lluvia. Tomó José del Cairo a la doña Teodora en sus brazos, y la pasó a la cámara, y sentóla en el sillón de mi amo, mientras el señor Almeida portugués, que era un hombre muy alto y de grandes y espesos bigotes negros, saludaba a doña Ginebra y a don Merlín, y pedía perdón por el retraso, motivado porque viniendo desde Braga en tres jornadas tuvieron que poner en el Miño a remojo, por más de dos horas, a la gentil Teodora. Ésta, muy sentada en el sillón, quitó los velos de pésame, ayudada por la costurera de Pacios, y os digo que amaneció, si el Señor manda rosas, la más hermosa del mundo, y los ojos en ella, dos gotas de verde rocío. Y al repantigarse en el sillón, quedó a la vista, bajo la larga falda, la punta de su cola: una media luna rosa. Si digo que pasmé, aún no digo todo del asombro en que me hallaba.

—Señora doña Teodora —le dijo mi amo muy cortés—, ya estáis en vuestra casa de Miranda, donde todos sentimos que os hubiese muerto amor tan fiel como teníais en las arenas de don Portugal. Esta que aquí veis es nuestra ama doña Ginebra, princesa de Bretaña, éstos son mis familiares, y éste es mi paje Felipe, que os lo pongo de pasamano para cualquier recado. Y esta tina perfumada es vuestro lecho, y ahora me pongo a despacharos las proclamas que queréis, y la tinta está hecha para poner vuestra cola de luto doble.

¡Oyerais la voz con que aquella hermosísima señora hablando ya cantaba! Hay pájaros que tienen el canto misterioso, pero no hay comparación que valga. ¡Quién la oyere por las mañanas en vez de la alondra!

—Ya os veo a todos doloridos por el bien que perdí, ¡y en verdad que no hay amor como el de un portugués! Mi doña Ginebra, señora mía, vuestras manos beso, y vuestra señoría, don Merlín, saludo, y a toda esta familia, y al paje de pasamano que me ponéis. Y es mucha, en verdad, la prisa que traigo, que el día de San Lucas quiero estar a la puerta del monasterio de Lucerna con el cabello cortado.

Y al decir esto pasó ambas manos por el dorado y largo pelo, y fue como pasar el arco del violín por las cuatro cuerdas bien afinadas. Pues traía tanta prisa, pasaron los dos caballeros portugueses a cenar a la mesa de doña Ginebra, y su paje y yo quedamos de antecámara, mientras mi amo daba los últimos toques a los preparativos del teñido. Dijo doña Teodora que de cena no quería más que un poco de merluza cruda por lo abierto, y de postre una cucharada de sal y un vasito de licor café, y yo y su paje, que se llamaba Teófilos, y también era griego, la servimos en bandeja de plata, y ella, de cada y cuando, me sonreía de tan dulce modo que me apretaba el corazón. Y cuando acabó de cenar sugirió que quizás estuviera más sosegada en la tina, y yo no sabía para dónde mirar cuando se quitó la larga falda y la ceñida blusa, y apareció doña sirena tal y como vienen estos hermosos engaños en las historias. Además, que fue la primera mujer que yo vi desnuda, y aunque no quería, mis ojos se iban a aquellos pechos blancos y tan felices, a su alegre botoncito rosa y a las venillas azules que los surcaban. Teófilos ya debía de estar acostumbrado, pero para mí aquello era una fiesta entre alegre y temerosa. Y aún tuve que acercarme, e imitando a Teófilos, prestarme a que nos pasase sus brazos por los hombros, e hizo una gracia con la larga cola brillante para entrar en la tina a descansar. Siempre que de este paso me recuerdo, me parece que me acaricia el cuerpo aquel suave calor que ella prestaba. Y fue bueno y decente, digo yo, que una vez en la tina, se pusiese una pelerina de astracán que tapase tanta galanura. Llegó mi amo con los escritos preparados, que eran un bando al Tribunal de la Puente Matilde, una restitución a los sobrinos de un boticario de Génova, y una profesión de fe cristiana, y sólo faltaba la firma de doña Teodora, que la echó muy rasgueada, y añadió en latín lo que el señor Merlín le recitó.

—Todas las sirenas —dijo sonriendo a mi amo— tenemos la misma letra, porque todas aprendemos en la escuela de las planas de Iturzaeta. Y como llegase la hora del teñido, le pasamos a doña Teodora para dentro de la tina una banqueta, de modo que, sentándose en ella el agua le cubriese solamente la cola colorada, y andando en estos adobos me fijé, tanto por pecador como por curioso, y vi que doña Teodora no tenía ombligo. Don Merlín responso y amonestó al agua, en lengua de la que no entendí verbo, y seguidamente vertió polvo de oro sulfatado, cuatro mezclas de corteza de nogal, extracto campeche y crémor tártaro, y con la varita de plata batió durante una hora, y pasada ésta, echando una puñada de sal, dio el teñido por rematado. —Quedará —le advirtió a doña Teodora— un negro brillante que llaman en Italia “cuervo de Nápoles”, y en el bordillo de cada escama, un hilo de oro lucido. Desde que murió don Amadís, y se puso de luto perpetuo doña Oriana, no se vio pésame de tanto respeto en el mundo. Ahora conviene que paséis toda la noche en el tinte, y a la mañanita podéis partir, camino de la noble ciudad de Lucerna. Mandó doña Teodora a Teófilos que le diese a mi amo una bolsa que con sonante dinero traía.

—Ya sé que no pago tantos favores como se me hicieron en esta casa, pero en la bolsa va, en florines torneados, cuanto dinero me queda de la fortuna antigua, no ganada por la gracia de este cuerpo fácil, sino herencia de una prima mía, nipota que fue de un cardenal de Roma, y de la que habréis oído hablar, porque su tío le concedió el monopolio de las aguas tiberinas.

Agradeció mi amo el regalo, Teófilos se tumbó en el arca a echar una sonata, y don Merlín y yo nos fuimos a nuestros lechos, tras hacer una gran reverencia a la famosa sirena. Y mentiría si dijese que pude dormir aquella noche con aquella fiebre continua e inquieta que se me puso en el cuerpo: un sentir loco que me mordió muchos días, y aun ahora que viejo voy, por veces me distrae, y me vuelvo porque me parece que escucho en el agua que pasa aquel manso decir cantor que ella tenía, y medio en verso, y a mí mismo, loco, burlándome, en la ocasión me pregunto: ¿qué me quieres, Amor? Todavía no amaneciera cuando ya estaba yo dispuesto, y con la montera nueva, y la doña Teodora vestida, pero se pusiera una falda abierta de paño merino que dejaba ver desde la cintura a la medía luna final la graciosa cola de luto doble teñida, y cual mi amo dijera, bordeaba las escamas un hilo de oro lucido que muy bien le sentaba. Y el señor Almeida y la excelencia Novas ya montaran, y José del Cairo y mi amo ayudaron a asentar a doña Teodora en su mula, y le pasaron una manta envolviéndole la cola, y subió a la grupa Teófilos con el paraguas, que seguía lloviendo. Los portugueses gastaron las sólitas lusitanas cortesías, doña Teodora volvió a cantar las gracias y la triste despedida, y al balcón salió la señora doña Ginebra a decir adioses con un pañuelo bordado. Mi amo se dio cuenta, cuando se fueron, que yo quedaba con algo de pesadumbre, y que algún hilo del engaño de la sirena me ceñía el cuello.

—Sosiega, sosiega, mi Felipe —me dijo palmeándome en la espalda—. No se cogen truchas a bragas enjutas, y estas brevas de mérito, ¿qué le van a pedir a un galán como tú más que la vida? No quería yo verte comido de los peces en una playa de la Arosa. —Además —añadió José del Cairo, que siempre hablaba sabidor y sentencioso—; además que por la cola repolluda que tiene, de ser mujer como las otras, seguro que tendría las piernas gordas.

Dijo, y escupió, como asqueando. Y yo rompí a llorar.

“¿Escucharon?
Es el sonido de su mundo derrumbándose.
Es el del nuestro resurgiendo.
El día que fue el día, era de noche.
Y noche será el día que será el día”.