Apenas cien metros separan el pasaje Behlar, donde vivía Zaki Bey el Desouki, de su oficina en el edificio Yacobián. Sin embargo, cada mañana tardaba casi una hora en recorrerlos, ya que tenía que saludar a sus amigos de la calle: los dueños de las tiendas de ropa y las zapaterías, los dependientes de ambos sexos, los camareros, los trabajadores del cine, los habituales del Café Brasil e incluso los porteros, los limpiabotas, los mendigos y los guardias de tráfico. Zaki Bey los conocía a todos por su nombre e intercambiaba con ellos saludos y novedades. Era uno de los residentes más antiguos de la calle Suleimán Pacha. Se instaló allí a finales de los cuarenta, tras regresar de sus estudios en Francia, y no se marchó nunca. Para los vecinos representaba un elemento folclórico querido por todos. Ya fuese invierno o verano, aparecía siempre llevando el mismo traje holgado que disimulaba su cuerpo delgado y enclenque. Un pañuelo, a juego con la corbata y planchado con esmero, sobresalía del bolsillo de su chaqueta; en la boca su famoso puro, que en otros tiempos fuera un excelente habano, pero que ahora se había convertido en uno de esos cigarros de fabricación nacional, mal prensados y de olor horrible; el rostro, arrugado por los años; las gafas, de gruesos cristales; la brillante dentadura postiza; los escasos mechones del cabello teñidos de negro y aplastados de un extremo a otro del cráneo, intentando disimular la gran calva… En resumen, Zaki el Desouki constituía en cierto modo una leyenda, por lo que su presencia despertaba gran interés aunque era como irreal. Parecía que fuera a desaparecer en cualquier momento, o bien que se tratara de un actor desempeñando un papel y del que se sabía, terminada la función, que se quitaría el disfraz y se pondría su auténtica vestimenta. Si a esto se añade su espíritu alegre, los chistes verdes que continuamente contaba y su asombrosa capacidad para charlar con cualquier persona que se cruzaba en su camino como si se tratara de un viejo conocido, se comprende por qué, cuando Zaki Bey aparecía en la calle, a eso de las diez de la mañana, todo el mundo le recibía tan efusivamente.

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