Cuando el señor Ahmad Abd el-Gawwad llegó a su tienda, situada frente a la mezquita de Barquq, en el-Nahhasín, su encargado, Gamil el-Hamzawi, acababa de abrirla y de prepararla para la venta. El señor lo saludó amablemente con una radiante sonrisa, y se dirigió a su escritorio. El-Hamzawi tenía unos cincuenta años, de los que había pasado treinta en esta tienda como empleado de su fundador, el hagg Abd el-Gawwad, luego como dependiente del señor tras la muerte del padre de éste, a quien siguió fiel tanto en el trabajo como en el afecto. Lo veneraba y lo amaba como todos los que se relacionaban con él por motivos de trabajo o de amistad. La verdad es que el señor no era terrible y temido más que con su familia. Con el resto de la gente, amigos, conocidos y clientes, era otra persona, que gozaba de una gran parte de veneración y respeto, pero que, ante todo, era una persona querida. Querida por su encanto más que por cualquiera de sus múltiples características elogiables…Así, la gente no conocía al señor en su casa, ni la familia conocía al señor que vivía entre la gente. La tienda era de medianas dimensiones, con una selección de café, arroz, frutos secos y jabón, apilada en sus estanterías y sus laterales. En la esquina de la izquierda, frente a la entrada, estaba el escritorio del señor, con sus libros de registro, sus papeles y su teléfono. A la derecha de su asiento estaba la caja fuerte verde, empotrada en la pared, con un aspecto que revelaba su dureza y cuyo color recordaba al de los billetes de banco. En el centro de la pared, sobre el escritorio, estaba colgado un marco de ébano en cuyo interior estaba escrita la basmala con letras doradas. La tienda permanecía tranquila hasta bien entrada la mañana.

El señor se puso a repasar las cuentas del día anterior con una laboriosidad que había heredado de su padre y que había conservado con su desbordante vitalidad. Mientras tanto, el-Hamzawi estaba de pie a la entrada, con los brazos cruzados sobre su pecho, recitando sin cesar las aleyas del Corán que se le venían a la cabeza con una voz interior, imperceptible, que se adivinaba por el movimiento continuo de sus labios y por un débil bisbiseo que se le escapaba de vez en cuando con las letras sin y sad. No interrumpía su recitación hasta que llegaba un sheyj ciego al que el señor tenía asignada una cantidad por recitar el Corán cada mañana. El-Gawwad levantaba la cabeza del libro de registro muy de tarde en tarde para escucharlo o echar un vistazo hacia la calle, donde no dejaban de pasar peatones, carretillas, carros, suarés que se tambaleaban a causa de su tamaño y su peso, y vendedores que pregonaban los tomates, la mulujiya y la bamia, cada uno a su manera. Este alboroto no interrumpía la concentración de su mente, ya que se había acostumbrado a él durante más de treinta años; incluso le producía tranquilidad y se inquietaba cuando cesaba. Después vino un cliente y el-Hamzawi se ocupó de él. Llegó también un grupo de amigos del señor y de comerciantes vecinos a quienes gustaba pasar un rato agradable con él, aunque sólo fuera un momento, saludarlo y, según ellos mismos decían, «intercambiar sus salivas» con una de sus bromas o chistes. Esto hacía que estuviera orgulloso de sí mismo como conversador magnífico y de gran habilidad.

No faltaban en su conversación destellos entresacados de la cultura general que poseía, no a través de la enseñanza, ya que él había dejado de estudiar antes de terminar la primaria, sino por la lectura de los periódicos y su amistad con escogidas personalidades, funcionarios y abogados a los que consideraba dignos de frecuentar de igual a igual debido a su agilidad mental, su cortesía, su encanto y su posición como comerciante bien abastecido. Había modernizado su mentalidad, distinta de la estrecha mentalidad mercantil, y el amor, respeto y honor con que lo agasajaban aquellos notables redoblaba su orgullo. Cuando uno de ellos le dijo una vez con sinceridad y franqueza: «¡Si se te hubiera presentado la ocasión de estudiar derecho, señor Ahmad, habrías sido un abogado excelente como pocos!», se hinchó de un orgullo que logró disimular con su encanto, su humildad y su trato agradable. Pero no se entretuvo con ninguno de los que estaban allí sentados, y se fueron uno tras otro. La actividad en la tienda aumentaba progresivamente cuando, de repente, entró un hombre corriendo como si le hubiera empujado una mano muy fuerte. Se detuvo en medio de la tienda y entornó los ojos para aguzar su vista; luego los dirigió hacia el escritorio del señor, pero, a pesar de que no los separaban más de tres metros, estuvo forzando su vista inútilmente y después preguntó a gritos:
—¿Está el señor Ahmad el-Gawwad?

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