La barbería de Mnemjian, el babilonio, estaba situada en la esquina de Faud y Nebi Daniel; allí todas las mañanas Pombal se instalaba a mi lado frente al espejo. Nuestros asientos subían simultáneamente y luego bajábamos envueltos en un lienzo como faraones muertos, para reaparecer al mismo tiempo a la altura del cielo raso, en exhibición, como ejemplares raros. Un muchachito negro nos ponía las servilletas blancas mientras el barbero, en una gran bacía victoriana, revolvía la espuma espesa y perfumada antes de aplicarla en brochazos justos y directos sobre nuestras mejillas. Después de extendida la primera capa, relegaba su tarea a un ayudante, mientras él se dirigía al gran asentador que colgaba entre los papeles matamoscas, en el fondo de la barbería, para asentar el filo de una navaja inglesa.

El pequeño Mnemjian es un enano cuyos ojos violetas no han perdido su expresión infantil. Es el Hombre-Memoria, el archivo de la ciudad. Quien desee conocer los antepasados o las rentas del primero que pase, no tiene mas que preguntárselo a él; le salmodiará todos los detalles con su voz cantarina mientras asienta la navaja y prueba el filo en el vello negro y duro de su antebrazo. Lo que no sabe, lo puede averiguar en contados minutos. Además, está tan informado sobre los vivos como sobre los muertos, afirmación que debe entenderse literalmente, pues el Hospital Griego le encarga la tarea de afeitar y preparar a sus víctimas antes de entregarlas a los empresarios de pompas fúnebres, labor que realiza con ese deleite teñido de unción característico de su raza. Ejerce su antiguo oficio en los dos mundos, y algunas de sus mejores observaciones empiezan con estas palabras: “Fulano de Tal me dijo al lanzar el último suspiro.” Dicen que tiene un éxito fantástico con las mujeres y que ha reunido una pequeña fortuna a costa de ellas. Pero también son sus clientas permanentes varias señoras egipcias de cierta edad, esposas y viudas de pachás, a cuyas casas acude regularmente para peinarlas. Como dice socarronamente, “han pasado todos los límites”, y estirándose para tocar la repugnante joroba que corona su espalda, añade con orgullo: “Esto las excita.” Entre otras cosas tiene una cigarrera de oro, regalo de una de sus admiradoras, llena de papel de cigarrillos suelto. Su griego es defectuoso pero original y expresivo, y Pombal no admite que le hable en francés, lengua que conoce mucho mejor.

A veces hace de intermediario galante con mi amigo, y siempre me asombra el súbito vuelo poético de que es capaz cuando describe a sus protégées. Inclinado sobre la cara de luna de Pombal, dice en tono discreto, mientras se oye raspar la navaja: “Tengo algo para usted, algo especial.” Pombal sorprende mi mirada en el espejo y desvía rápidamente la suya para que no se nos contagie la risa. Lanza un gruñido prudente, Mnemjian se empina sobre las puntas cíe los pies, bizqueando un poco. La vocecita carga de doble sentido todo lo que dice y subraya sus palabras con leves suspiros escépticos. Durante unos segundos reina el silencio. Veo en el espejo la coronilla de Mnemjian, ese afloramiento obsceno de pelo negro acomodado en dos espirales pegadas como con saliva a sus sienes, sin duda con la esperanza de desviar la atención de su joroba de papier máché. Mientras maneja la navaja, sus ojos se empañan y su cara se vuelve tan inexpre- siva como un leño. Sus dedos se deslizan por nuestros rostros vivientes con la misma indiferencia con que recorren los rostros exigentes (y felices, sí) de los muertos.

-Esta vez -dice Mnemjian-, quedará encantado en todo sentido. Es joven, cuesta poco, es limpia. Ya verá usted mismo; una perdiz joven, un panal con toda su miel intacta, una paloma. Anda en este momento en apuros económicos. Acaba de salir del Hospicio de Helwan donde su marido intentó internarla. Le he dicho que esté en el Rose Marie, sentada a la última mesa, en la acera. Vaya a verla a la una; si desea que lo acompañe, dele esta tarjeta que preparo para usted. Pero recuerde que debe pagarme a mí. Entre caballeros: es la única condición que pongo.

No dijo nada más. Pombal siguió mirándose en el espejo, sintiendo su curiosidad natural en conflicto con la desesperante apatía del verano. Más tarde irrumpiría seguramente en el departamento con alguna criatura sin fuerzas, desorientada, cuya sonrisa forzada sólo despertaría en él un sentimiento de compasión.