Archivos para el mes de: agosto, 2012

Apenas cien metros separan el pasaje Behlar, donde vivía Zaki Bey el Desouki, de su oficina en el edificio Yacobián. Sin embargo, cada mañana tardaba casi una hora en recorrerlos, ya que tenía que saludar a sus amigos de la calle: los dueños de las tiendas de ropa y las zapaterías, los dependientes de ambos sexos, los camareros, los trabajadores del cine, los habituales del Café Brasil e incluso los porteros, los limpiabotas, los mendigos y los guardias de tráfico. Zaki Bey los conocía a todos por su nombre e intercambiaba con ellos saludos y novedades. Era uno de los residentes más antiguos de la calle Suleimán Pacha. Se instaló allí a finales de los cuarenta, tras regresar de sus estudios en Francia, y no se marchó nunca. Para los vecinos representaba un elemento folclórico querido por todos. Ya fuese invierno o verano, aparecía siempre llevando el mismo traje holgado que disimulaba su cuerpo delgado y enclenque. Un pañuelo, a juego con la corbata y planchado con esmero, sobresalía del bolsillo de su chaqueta; en la boca su famoso puro, que en otros tiempos fuera un excelente habano, pero que ahora se había convertido en uno de esos cigarros de fabricación nacional, mal prensados y de olor horrible; el rostro, arrugado por los años; las gafas, de gruesos cristales; la brillante dentadura postiza; los escasos mechones del cabello teñidos de negro y aplastados de un extremo a otro del cráneo, intentando disimular la gran calva… En resumen, Zaki el Desouki constituía en cierto modo una leyenda, por lo que su presencia despertaba gran interés aunque era como irreal. Parecía que fuera a desaparecer en cualquier momento, o bien que se tratara de un actor desempeñando un papel y del que se sabía, terminada la función, que se quitaría el disfraz y se pondría su auténtica vestimenta. Si a esto se añade su espíritu alegre, los chistes verdes que continuamente contaba y su asombrosa capacidad para charlar con cualquier persona que se cruzaba en su camino como si se tratara de un viejo conocido, se comprende por qué, cuando Zaki Bey aparecía en la calle, a eso de las diez de la mañana, todo el mundo le recibía tan efusivamente.

Cuando el señor Ahmad Abd el-Gawwad llegó a su tienda, situada frente a la mezquita de Barquq, en el-Nahhasín, su encargado, Gamil el-Hamzawi, acababa de abrirla y de prepararla para la venta. El señor lo saludó amablemente con una radiante sonrisa, y se dirigió a su escritorio. El-Hamzawi tenía unos cincuenta años, de los que había pasado treinta en esta tienda como empleado de su fundador, el hagg Abd el-Gawwad, luego como dependiente del señor tras la muerte del padre de éste, a quien siguió fiel tanto en el trabajo como en el afecto. Lo veneraba y lo amaba como todos los que se relacionaban con él por motivos de trabajo o de amistad. La verdad es que el señor no era terrible y temido más que con su familia. Con el resto de la gente, amigos, conocidos y clientes, era otra persona, que gozaba de una gran parte de veneración y respeto, pero que, ante todo, era una persona querida. Querida por su encanto más que por cualquiera de sus múltiples características elogiables…Así, la gente no conocía al señor en su casa, ni la familia conocía al señor que vivía entre la gente. La tienda era de medianas dimensiones, con una selección de café, arroz, frutos secos y jabón, apilada en sus estanterías y sus laterales. En la esquina de la izquierda, frente a la entrada, estaba el escritorio del señor, con sus libros de registro, sus papeles y su teléfono. A la derecha de su asiento estaba la caja fuerte verde, empotrada en la pared, con un aspecto que revelaba su dureza y cuyo color recordaba al de los billetes de banco. En el centro de la pared, sobre el escritorio, estaba colgado un marco de ébano en cuyo interior estaba escrita la basmala con letras doradas. La tienda permanecía tranquila hasta bien entrada la mañana.

El señor se puso a repasar las cuentas del día anterior con una laboriosidad que había heredado de su padre y que había conservado con su desbordante vitalidad. Mientras tanto, el-Hamzawi estaba de pie a la entrada, con los brazos cruzados sobre su pecho, recitando sin cesar las aleyas del Corán que se le venían a la cabeza con una voz interior, imperceptible, que se adivinaba por el movimiento continuo de sus labios y por un débil bisbiseo que se le escapaba de vez en cuando con las letras sin y sad. No interrumpía su recitación hasta que llegaba un sheyj ciego al que el señor tenía asignada una cantidad por recitar el Corán cada mañana. El-Gawwad levantaba la cabeza del libro de registro muy de tarde en tarde para escucharlo o echar un vistazo hacia la calle, donde no dejaban de pasar peatones, carretillas, carros, suarés que se tambaleaban a causa de su tamaño y su peso, y vendedores que pregonaban los tomates, la mulujiya y la bamia, cada uno a su manera. Este alboroto no interrumpía la concentración de su mente, ya que se había acostumbrado a él durante más de treinta años; incluso le producía tranquilidad y se inquietaba cuando cesaba. Después vino un cliente y el-Hamzawi se ocupó de él. Llegó también un grupo de amigos del señor y de comerciantes vecinos a quienes gustaba pasar un rato agradable con él, aunque sólo fuera un momento, saludarlo y, según ellos mismos decían, «intercambiar sus salivas» con una de sus bromas o chistes. Esto hacía que estuviera orgulloso de sí mismo como conversador magnífico y de gran habilidad.

No faltaban en su conversación destellos entresacados de la cultura general que poseía, no a través de la enseñanza, ya que él había dejado de estudiar antes de terminar la primaria, sino por la lectura de los periódicos y su amistad con escogidas personalidades, funcionarios y abogados a los que consideraba dignos de frecuentar de igual a igual debido a su agilidad mental, su cortesía, su encanto y su posición como comerciante bien abastecido. Había modernizado su mentalidad, distinta de la estrecha mentalidad mercantil, y el amor, respeto y honor con que lo agasajaban aquellos notables redoblaba su orgullo. Cuando uno de ellos le dijo una vez con sinceridad y franqueza: «¡Si se te hubiera presentado la ocasión de estudiar derecho, señor Ahmad, habrías sido un abogado excelente como pocos!», se hinchó de un orgullo que logró disimular con su encanto, su humildad y su trato agradable. Pero no se entretuvo con ninguno de los que estaban allí sentados, y se fueron uno tras otro. La actividad en la tienda aumentaba progresivamente cuando, de repente, entró un hombre corriendo como si le hubiera empujado una mano muy fuerte. Se detuvo en medio de la tienda y entornó los ojos para aguzar su vista; luego los dirigió hacia el escritorio del señor, pero, a pesar de que no los separaban más de tres metros, estuvo forzando su vista inútilmente y después preguntó a gritos:
—¿Está el señor Ahmad el-Gawwad?

La barbería de Mnemjian, el babilonio, estaba situada en la esquina de Faud y Nebi Daniel; allí todas las mañanas Pombal se instalaba a mi lado frente al espejo. Nuestros asientos subían simultáneamente y luego bajábamos envueltos en un lienzo como faraones muertos, para reaparecer al mismo tiempo a la altura del cielo raso, en exhibición, como ejemplares raros. Un muchachito negro nos ponía las servilletas blancas mientras el barbero, en una gran bacía victoriana, revolvía la espuma espesa y perfumada antes de aplicarla en brochazos justos y directos sobre nuestras mejillas. Después de extendida la primera capa, relegaba su tarea a un ayudante, mientras él se dirigía al gran asentador que colgaba entre los papeles matamoscas, en el fondo de la barbería, para asentar el filo de una navaja inglesa.

El pequeño Mnemjian es un enano cuyos ojos violetas no han perdido su expresión infantil. Es el Hombre-Memoria, el archivo de la ciudad. Quien desee conocer los antepasados o las rentas del primero que pase, no tiene mas que preguntárselo a él; le salmodiará todos los detalles con su voz cantarina mientras asienta la navaja y prueba el filo en el vello negro y duro de su antebrazo. Lo que no sabe, lo puede averiguar en contados minutos. Además, está tan informado sobre los vivos como sobre los muertos, afirmación que debe entenderse literalmente, pues el Hospital Griego le encarga la tarea de afeitar y preparar a sus víctimas antes de entregarlas a los empresarios de pompas fúnebres, labor que realiza con ese deleite teñido de unción característico de su raza. Ejerce su antiguo oficio en los dos mundos, y algunas de sus mejores observaciones empiezan con estas palabras: “Fulano de Tal me dijo al lanzar el último suspiro.” Dicen que tiene un éxito fantástico con las mujeres y que ha reunido una pequeña fortuna a costa de ellas. Pero también son sus clientas permanentes varias señoras egipcias de cierta edad, esposas y viudas de pachás, a cuyas casas acude regularmente para peinarlas. Como dice socarronamente, “han pasado todos los límites”, y estirándose para tocar la repugnante joroba que corona su espalda, añade con orgullo: “Esto las excita.” Entre otras cosas tiene una cigarrera de oro, regalo de una de sus admiradoras, llena de papel de cigarrillos suelto. Su griego es defectuoso pero original y expresivo, y Pombal no admite que le hable en francés, lengua que conoce mucho mejor.

A veces hace de intermediario galante con mi amigo, y siempre me asombra el súbito vuelo poético de que es capaz cuando describe a sus protégées. Inclinado sobre la cara de luna de Pombal, dice en tono discreto, mientras se oye raspar la navaja: “Tengo algo para usted, algo especial.” Pombal sorprende mi mirada en el espejo y desvía rápidamente la suya para que no se nos contagie la risa. Lanza un gruñido prudente, Mnemjian se empina sobre las puntas cíe los pies, bizqueando un poco. La vocecita carga de doble sentido todo lo que dice y subraya sus palabras con leves suspiros escépticos. Durante unos segundos reina el silencio. Veo en el espejo la coronilla de Mnemjian, ese afloramiento obsceno de pelo negro acomodado en dos espirales pegadas como con saliva a sus sienes, sin duda con la esperanza de desviar la atención de su joroba de papier máché. Mientras maneja la navaja, sus ojos se empañan y su cara se vuelve tan inexpre- siva como un leño. Sus dedos se deslizan por nuestros rostros vivientes con la misma indiferencia con que recorren los rostros exigentes (y felices, sí) de los muertos.

-Esta vez -dice Mnemjian-, quedará encantado en todo sentido. Es joven, cuesta poco, es limpia. Ya verá usted mismo; una perdiz joven, un panal con toda su miel intacta, una paloma. Anda en este momento en apuros económicos. Acaba de salir del Hospicio de Helwan donde su marido intentó internarla. Le he dicho que esté en el Rose Marie, sentada a la última mesa, en la acera. Vaya a verla a la una; si desea que lo acompañe, dele esta tarjeta que preparo para usted. Pero recuerde que debe pagarme a mí. Entre caballeros: es la única condición que pongo.

No dijo nada más. Pombal siguió mirándose en el espejo, sintiendo su curiosidad natural en conflicto con la desesperante apatía del verano. Más tarde irrumpiría seguramente en el departamento con alguna criatura sin fuerzas, desorientada, cuya sonrisa forzada sólo despertaría en él un sentimiento de compasión.