Una de las cosas que hice cuando llegué a Nueva York en 1980, además bailar en el Ritz y alimentarme en el Kiev, fue visitar el Guggenheim, claro claro. Y lo primero que me sorprendió fue como estaba organizado el itinerario: tenías que ir subiendo una rampa circular que alcanzaba cinco pisos, y los cuadros estaban colgados a intervalos, sin un orden muy evidente, en la pared de la derecha. Luego había, creo, algunas salas en cada piso donde podías caminar horizontal. Semejante rampa/escalera me recordó, efectivamente, aquella otra escalera monumental que hay a la salida de los museos vaticanos, toda una experiencia casi celestial en lo referente a bajar una escalera. Fotos.

Pero bueno, lo que más recuerdo de aquella visita en espiral fue un cuadro que estaba allí colgado en medio de la rampa sin familiares próximos cercanos e irradiando el solo luz suficiente para llamarme la atención desde lejos. Yo en aquellos años era un fan total de la pintura italiana del Renacimiento. Había hecho pocos años antes un viaje a Italia con el libro de Winckelmann en el bolsillo y había quedado deslumbrado. No había tenido tiempo para bailar. Quiero decir que miraba el arte contemporáneo, y sobre todo el arte abstracto, con curiosidad pero a distancia, con una cierta sensación de fast-food comparado con la complejidad en la composición y densidad simbólica de las pinturas del Quattrocento y el Cinquecento que había visto en los museos vaticanos. Bueno, pues aquel cuadro del Guggenheim me cambió la óptica.

Así fue como descubrí a Rothko. En realidad entonces solo descubrí ese cuadro, porque hasta algún tiempo después no supe quién era Rothko. Luego ya me sirvió para ir poniendo chinchetas de colores alrededor y conocer que fue aquello del expresionismo abstracto, y reconciliarme definitivamente con la abstracción (con un pequeño salto por encima del cubismo). Hay algo que siempre me ha llamado la atención en la manera que Rothko quería que fueran tratadas sus obras: no los veía en la categoría de bienes muebles que se pueden poner y quitar sino que les incluía su propio amperímetro para medir la intensidad del circuito del que podían formar parte. Evidentemente sus cuadros no son representaciones sino que son generadores, y siempre le preocupó que su emplazamiento final fuera en un lugar en el que pudiean mantener ese potencial de generación sin demasiadas interferencias. Esto puede explicar tanto el incidente en el Four Seasons como el proyecto de la Rothko Chapel.

Pues todo esto viene a que el video de Luciano Berio que puse ayer llevaba una potente pintura de Rothko de fondo, que resonaba además como una membrana. Otra Foto.

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