Pues esta tarde estaba clasificando en Calibre algunos libros y artículos que tenía pendientes cuando le ha llegado el turno a un libro del que apenas recordaba nada, “Shamanism: A Biopsychosocial Paradigm of Consciousness and Healing” de Michael Winkelman. Al ojearlo he recordado que Winkelman propone la hipótesis de que el arte rupestre prehistórico pudo ser realizado por chamanes con propósitos mágicos, y he decidido hacer una búsqueda en Google para decidir si lo incluía dentro de las investigaciones más o menos académicas o dentro de las hipótesis estilo new wave. Entonces he ido a caer en un comentario que hizo al libro Nicholas Humphrey en el Cambridge Archaeological Journal, un comentario particularmente interesante, pues si al principio contrapone la hipótesis de Winkelman a la suya propia sobre la similitud entre las pinturas rupestres de la edad del hielo y los dibujos de niños autistas, en un momento dado le da un giro sorprendente a toda la argumentación y se lanza a considerar la posibilidad de que efectivamente los autores pudieran ser chamanes pero en un estado mental similar al de los niños autistas que él estuvo investigando.

Bueno, esta segunda hipótesis que amplía la primera resulta igualmente sorprendente, pero en cualquier caso su validez viene respaldada por la revista de arqueologia de la universidad de Cambridge en donde aparece publicada, así que he seguido leyendo. ¿Cual puede ser la relación entre el autismo y ese particular estilo de dibujar similar al arte rupestre?, la hipótesis de Humphrey (y es aquí donde la cosa empieza a ponerse interesante) es la ausencia en los autistas de ciertas funciones cognitivas superiores.

“I noted the surprising fact that drawings of this quality are never produced by untrained artists today unless they are autistic, and indeed that the precondition for the ‘release’ of this artistic ability in modern human beings seems to be the lack of interference from ‘higher-level’ cognitive elaboration. And on this basis I tentatively suggested that the ice-age artists themselves may have been operating at a pre-linguistic non-conceptual level.”

Es decir, en esta primera presentación de Humphrey, los artistas rupestres carecerían de las funciones cognitivas y de las capacidades conceptuales que implica el mundo simbólico del chamanismo, y esto descartaría la propuesta de Winkelman. Pero enseguida lanza la segunda hipótesis, ¿y esos chamanes cargados de símbolos estuvieran actuando sin esas funciones cognitivas superiores solamente a tiempo parcial? A ver, a ver. En este punto es donde Humphrey echa mano de Alan Snyder, un físico y psicólogo realmente curioso, y su descripción del funcionamiento del cerebro en general y del de los autistas en particular.

“The key work is that of psychologist Alan Snyder (Snyder 1997, 1999; see also Birbaumer 1999, Humphrey 2002). Snyder has pointed out (as indeed have others before him) that the human brain normally acts like a filter, passing into conscious awareness only a highly edited and constructed picture of the world. In order to arrive at this picture the brain must take account of a mass of raw sensory information, store the details at least transiently, and apply a set of basic computational algorithms to make sense of them. But, in the normal course of events these details and the algorithms are lost to sight, being overshadowed – or even actively suppressed – by the larger picture which supercedes them.

In the case of autistic savants, however, Snyder suggests that the details are not overshadowed, for the simple reason that these savants are not capable of constructing the larger picture. Thus the raw information is left, as it were, on open display. ‘We believe that artistic savants have direct access to “lower” levels of neural information prior to it being integrated into the holistic picture, the ultimate label. All of us possess this same lower-level information, but we cannot normally access it.’ (Snyder 1999, p. 588). So, for example, ‘the autistic savant Nadia can directly tap the way in which our brain derives perspective, whereas normal individuals cannot’.”

Y aquí es donde ha empezado mi particular eureka. Para situar mejor todo esto, voy ha hacer un cambio de plano y contar una pequeña historia personal. Hace ya bastante tiempo, quizá siete u ocho años, tuve una curiosa experiencia durante varias mañanas bastante seguidas. En aquel tiempo iba al trabajo en metro y solía distraerme pensando en cualquier cosa, igual tocaba la expansión del universo como la moda juvenil, cualquier cosa, pero lo curioso es que durante un tiempo ocurrió como una ampliación en paralelo y mientras pensaba en el tema de la mañana podía seguir el itinerario de ideas encadenadas a través del cual discurría la reflexión en aquel momento, es decir, podía ver con una nueva sensación de exterioridad como mi opinión sobre un tema aceptaba la opción A sobre la B después de haberse encontrado y haber sido modificado por la presencia de C en el lugar de decisión. La sensación era casi igual que ver la bola del PinBall moviéndose a partir de los choques y los impulsos, e iluminaba a fogonazos la estructura del tablero por donde corría la bola, es decir, la configuración mental que condicionaba los varios itinerarios en los que se podían desarrollar opiniones que pudiera aceptar (en un momento dado). Lo extraordinario de esta experiencia era por una parte su simultaneidad, es decir, que el segundo nivel no se generaba como resultado de un análisis posterior sino mientras ocurría el primero, y por otra la sensación de autonomía que daba tener delante tan visibles unos condicionantes de la manera de pensar que suelen quedar ocultos cuando el tren está en marcha. Al cabo de una o dos semanas estos tránsitos matinales desaparecieron.

 

Bueno, fin del plano. Lo que me ha hecho relacionar esta historia con lo que explica Humphrey que explica Snyder es la distinción entre procesos mentales conscientes, depurados y útiles, y la oculta ingeniería que los hace posibles – y que solo ocasionalmente llega a la conciencia. Pero voy a seguir un rato con Humphrey y luego vuelvo a cambiar de plano. Humphrey se queda con la idea del acceso a esa información neuronal de bajo nivel, a los andamios que permiten el edificio conceptual pero que se retiran antes de presentarlo a la prensa, y que permitiría explicar la similitud entre el estilo de unos niños autistas que no tienen la capacidad de acabar el edificio a la manera convencional y unos supuestos chamanes prehistóricos capaces de potentes construcciones simbólicas que podrían recuperar a tiempo parcial esa experiencia de bajo nivel. Curiosamente, una de las opciones que presenta Humphrey, siguiendo a Snyder, es el recurso a los estados alterados de conciencia inducidos, unas prácticas que a veces comparten los chamanes y los arqueólogos.

“But, if this right, it raises immediately a tantalising possibility. If normal people do store low level information at least transiently, then maybe by somehow mimicking the nonconceptualising state they too could keep this information open to view. As Snyder asks at the end of a recent paper: ‘Although we do not normally have access to lower levels of information as do savants, is there nonetheless some artificial means to promote this access, say via induced altered states of consciousness?’ [my italics] (Snyder 1999, p. 592).”

Pues dejo ya a Humphrey y sus conjeturas (puede que sí, puede que no, ya se verá) y vuelvo sobre esa descripción de Alan Snyder del posible funcionamiento del cerebro a dos niveles, en donde a la conciencia pasa el resultado operativo de los tejemanejes que ocurren contínuamente por ahí debajo. Un punto importante es que, por un lado, parece obvio que para ser realmente operativa, para desenvolverse correctamente en el mundo, la conciencia hace bien en ocultarse su propio proceso y en hacer simplemente uso de él. Es más práctico y nos evita distracciones si nos persigue un jabalí. Pero al ocultar el proceso también nos aleja la capacidad de modificarlo. Por otra parte, el acceso (sea por el medio que sea) a ese lenguaje ensamblador nos abre la posibilidad de trabajar con estructuras mentales diferentes según el caso, es decir, en lugar de vincular la propia identidad con una estructura mental determinada, una ruta determinada por donde hacer correr la bola del PinBall, utilizar aquella estructura adecuada en una ocasión determinada, de la misma manera como podemos cambiar de idioma según cambien nuestros interlocutores. Esto puede ser útil tanto a la hora de moverse entre elementos inconmensurables de diferentes culturas (como cada vez es más el caso), como entre experiencias del tipo de las de los chamanes y los arqueólogos.

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