Llevo varios días metido en casa con un catarro tipo borrasca atlántica y he aprovechado para leer un libro que tengo desde hace años y al que nunca le había acabado de llegar el turno, las “Eight Lectures on the I Ching” de Hellmut Wilhelm. Bueno, mejor tarde que nunca porque es un buen libro, muy bueno, y una estupenda introducción. Hellmut Wilhem es hijo de Richard Wilhelm, el misionero y sinólogo alemán que realizó una de las mejores traducciones del I Ching, la que yo he estado usando durante muchos años en la traducción de Vogelmann para Edhasa. Un libro negro y grande, con una cinta negra y otra roja para señalar páginas, uno de esos libros que impresionan. Las ocho lecturas, en cambio, apenas pasa de las cien páginas y en ese margen Hellmut Wilhelm es capaz de situar, explicar y profundizar cuando es necesario en la estructura y la significación del libro, uno de los clásicos de la cultura china (y soltar chispazos de vez en cuando).

El libro se compone de ocho conferencias, que abarcan el texto y el contexto del I Ching, pero lo que no sabía era que estas conferencias tuvieron lugar en Pekín en 1943, en plena ocupación japonesa, para un grupo de europeos con dominio del alemán y en la casa particular de uno de ellos. Este dato le da al libro, ya de entrada, una significación especial y cierto dramatismo: una actividad organizada para un grupo aislado en “un momento en que todas las fuerzas creativas parecían congeladas y las tinieblas dominaban el día”, como explica Wilhelm con puro vocabulario ching. Me ha hecho pensar en la ambigua situación de los alemanes en la China ocupada durante la guerra, como la de John Rabe en Nanking. En este caso Wilhelm decidió intentar explicar que raices crecían en esa tierra que se movía bajo sus pies.

Una cosa que me ha llamdo la atención, y que solo conocía muy por encima, es el largo proceso de su elaboración a través de los siglos. El uso de la línea entera y partida y la disposición de los hexagramas es atribuido legendariamente a Fu Xi, veinte siglos antes de nuestra era, pero no es hasta la llegada de los Zhou, diez siglos después, cuando se añade a esa estructura adivinatoria básica la redacción de los “juicios” o mensaje fundamental del hexagrama por el rey Wen y su hijo, el duque de Zhou, y entonces el artefacto empieza a tomar forma de libro.

Wilhelm señala las distintas maneras en que se reflejan en el I Ching los cambios culturales que supuso el paso de la dinastía Shang a la Zhou: el paso de una sociedad matriarcal y totémica a otra patriarcal y “racional”, la progresiva desaparición de los metodos de adivinación basados en animales por el sistema vegetal de palos del I Ching (relacionado con la agricultura), el descrédito de espíritus y demonios en favor del orden natural visible en la naturaleza. Luego vendrán los comentarios de Confucio, que le darán el respaldo definitivo para convertirse en una columna fundamental de la cultura china, reelaborado desde una u otra perspectiva a lo largo de las siguientes dinastías. Y es precisamente este largo itinerario el que muestra muy claramente, me parece, una característica peculiar de la cultura china: el origen de lo que están reelaborando el rey Wen o el mismo Confucio se pierde, más allá del héroe Fu Xi, en las técnicas chamánicas de adivinación. Es decir, han sido capaces de mantener una tradición “clásica” que conecta sin grandes rupturas con unos estratos culturales mucho más antiguos de los que podemos alcanzar aquí en las prospecciones. Como dice Li Zehou, la diferencia de China en relación a Occidente se enraiza en su antigua tradición chamánica, en la racionalización directa del chamanismo original, y la historia del I Ching es un buen ejemplo de ello.

Hay dos historias, de dos comentadores posteriores a Confucio, que me han llamado la atención. El primero es Wang Bi, un funcionario del reino de Wei que murió a los 23 años despues de haber escrito un comentario al Dao De Jing y un comentario al I Ching que han tenido una enorme repercusión durante mucho tiempo después. Impresionante. Lo que me ha llamado la atención de Wang Bi es que, siendo por supuesto confuciano, se diera cuenta de la bajamar del confucianismo como resultado de la caida de la dinastía Han que lo había patrocinado, e intentase una interpretación del taoismo ascendente que fuera por una parte compatible con el confucianismo y que lo distanciara por otro del taoismo popular. Una delicada labor de ganchillo que sin embargo parece que consiguió, y en parte a través de una relectura del I Ching. Tema a investigar.

Y el segundo de los comentadores que menciona Wilhelm es Shao Yong, también confuciano, poeta y jugador de Go que vivió durante la dinastía Song (960–1279), la etapa que siguió a la época de los tres reino de Wang Bi. Lo destacable de Shao Yong es que mientras otros comentaristas se centraban en la literalidad o el valor moral del texto, él se fijó en la parte más antigua, en el esqueleto de líneas enteras o partidas heredado de Fu Xi, y a partir a la vez de conceptos matemáticos y cosmológicos realizó una ordenación de los hexagramas a apartir de una base binaria. A pesar de que hoy en día nos pueda parecer evidente, parece que este tipo de ordenación no se había establecido con anterioridad, lo que supone un buen ejemplo del tipo de depuración y reelaboración de los materiales del libro que ha tenido lugar a lo largo de la historia.

La primera parte del esquema de Shao Yong, llamado el orden Fu Hsi, es éste:

que da lugar al cuadrado de Shao Yong:

Del Taiji indiferenciado parte una línea partida/yin y una linea entera/yang. A cada una se les añade luego encima una yin y otra yang, y se forman cuatro parejas. A cada pareja se les añade encima otra yin y otra yang y ya tenemos con ocho trigramas básicos. Siguiendo el mismo procedimiento, se obtienen primero grupos de cuatro líneas, luego de cinco y finalmente de seis, los 64 hexagramas. Si sustituimos las rayas enteras y partidas por unos y ceros podemos convertir cada trigrama en un numero binario, un número computable.

El sistema binario en occidente lo desarrolló Leibniz en el siglo XVII. Dos años antes de que publicar “Explication de l’Arithmétique Binaire”, en 1703, escribió sobre este tema a uno de los jesuitas franceses que había enviado Luis XIV a Pekín, Joachim Bouvet, que por aquel entonces se dedicaba precisamente al estudio del I Ching con la pretensión de hacer algo semejante a lo que Wang Bi había hecho con el taoismo. En su respuesta parece ser que Bouvet incluyó el esquema que Shao Yong había elaborado medio siglo antes y en su artículo Leibniz mencionan los símbolos binarios usados por matemáticos chinos. En el siglo XX Claude Shannon aplicaba la aritmética binaria a los circuitos de conmutadores, un camino que conduce directamente a esta pantalla. Como dice Wilhelm, es una bonita historia.

Al final de la octava lectura, explica que se realizó una consulta al libro el último día de aquellas reuniones en Pekín y que el resultado fue el hexagrama número 40, la Liberación. También es una bonita historia.

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