Estos días he estado leyendo un libro tremendo, “Que viva la música!“, de Andrés Caicedo, un escritor colombiano (de Cali) que quemó el tiempo que le tocó vivir y así le salió la novela. Cuenta la historia de la señorita María del Cármen Huerta, que le gusta bailar y va para aquí y para allá y hace esto y dice aquello, vaya huracán la señorita Huerta, pero lo genial de la novela es cuando el señor Caicedo se arranca. Te está explicando cualquier cosa y de repente notas que se arranca, se dispara, cambia el ritmo y todo. Yo he alucinado mucho con sus arrancadas, menudo subidones. Y se gasta un lenguaje curioso el señor Caicedo, muchas veces todavía parece que está explicando algo cuando en realidad lo está masticando y haciendo globitos, vaya cosas que llega a hacer con el lenguaje. Pongo dos trozos, el primero es una coreografía… y el otro también.

Zapatiando salí la última vez, taconiando duro y adaptando, a la
media cuadra, el saltico y la punta del pie, pensando en el Jala-
Jala, vente con Richie namá. Y añorando, oh por fin, una rumba
grande, o si no un bailoteo de 2 canciones y 2 cervezas. Pero si
nadie me invitaba tendría que escurrirme a la casa de mis padres:
visitar, comer y despedirme, jala cochero llévame allá. Ya
avanzaba poco, en mi caminado, de tanto repensar la canción y
marcarla en el andén. Y, antes de cruzar la esquina eso es que
voy sintiendo un toe y un plap y “Caína ven”, pero no voltié, no,
no podrían ser ilusiones mías, deseo mayor de soledades bien
incomprendidas. Mas no le corrí a la ilusión, antes la busqué: pero
le di la espalda y me miré a los pies, apreté la mandíbula e hice
pasito gustón. Pequeño amañe encima de 5 agujeros cavados en
el puro cemento por los niños para jugar a las monedas, disparito
de tacón y luego ida cortica, ininterrumpida, y aquí oigo un
cuchicheo y después un ronronear de pies, que se venían
corticos, hacia mí, el jala-jala queíno, jala pallá, subiendo la rodilla
izquierda me imaginé tener una moneda de 50 en la punta del
pie, yo la traigo pa ti, la contemplé cegadora, y con el piecito
restante armaba fácil equilibrio, y siento que en el cercano
zapateo, el que no es mío, levantan la rodilla contraria, que
castigan con suavidad y tino, y yo le retrocedí, de espaldas,
culona entera, para ver si me topaba con el seguidor, tramando
que si él permitía tropezón alguno yo lo iba a mirar torva y
desistiría del juego, sanseacabó. Pero seguí trazando perfecto zig-
zag hacia atrás, perros y gatos ladraron y se encresparon cuando
yo, el centro, siento que a mis espaldas se repite exacto
movimiento hacia atrás. Acuerdo, entendimiento mutuo, astucia
polar. La gente ya miraba, y una perla de sudor apareció en mi
frente, adelanté, quebré piernas, el jala-jala para gozar, rendí la
hoja, vi conmoción de árboles, ventarrón, quebrazón de cielos y
una dura rodilla en puro movimiento, detrás de mi quiebre de la
otra y pum, rodilla al suelo, No pude más, me voltié.

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Yo bostecé, final de la historia, y él se me apartó. Dio algunos
pasos y tropezones y se tiró al sueño, bocabajo. Yo me fui detrás
siguiendo su rumbo de zig-zag, y le besé la nuca. Con ganas de
esa piel le chapotié cerca a las orejas, al estilo moderno. El
ronroneó alguna queja, pero yo junté fuerzas, esto no es chacha
pachanga para chamizo, y lo fui parando y él se restregaba contra
mis salientes duras, castigadoras, fue elevándose de la tierra con
cara de idiota, y yo le daba ánimos, aguzón para apercollar,
vamos, ponte duro bongó, y sin soltarnos nos fuimos contra la
pared del fondo, al lado del baño y la cocina. Había que creerlo
todo rápido, arremeter contra el acoso del sueño. Me
desembluyiné, me abrí toda y calzones afuera y él parado ante
mí, pun cataplum, viva Changó, intentó reclinarse, huir de mí,
acomodarse mejor, tal vez, pero yo no lo dejé, ya conocía su
pasado y ahora iba a grabar en su corazón un dato más para su
martirio, iji, me le trepé como a vara de premio, y como pude le
fui abriendo la bragueta, y yo ponía la boca como trompeta,
frente a él abiertísima, ¿sería erótica la visión de mis amígdalas?
Sí, porque se le puso como viga, y yo quise bajar por todo su
medio, por toda la costura que yo podría separar para dejar dos
pedazos de carne doliente, y sin cerrar la boca fui amarrando los
talones en su nuca, y con la mano abajo, trabajándole, ay, la cara
que hizo cuando me le ensarté toda, que no quería más sucesos,
que no quería amores mientras no renacieran sus recuerdos, y
yo: “cállate pichón”, era todo lo que quería mi son, con las manos
estrujándole la cabeza y era yo la que empujaba porque él cómo,
estaba aprisionado, comején, ofreciéndole sus fuerzas a esta bola
grande mía, estos interiores de ecos profundísimos. El quiso rodar
por esa pared pero yo no podía, me abrí más y me lo tragué
íntegro, ya no podía demorarse más, ya no podía, bocinas, ida y
venida de una pelota de ping-pong, niños que jugarían afuera:
cuando me regó yo hice un movimiento bestial de abajo-arriba, y
casi se lo quiebro. Pensé de buen humor: “le despescuezo el pato,
melé como los huevos y le incendio el nido”. Cómo hubiera sido
eso. Para ahuyentar ese pensamiento me le desclavé. El se quejó,
pero yo: “tranquilo que ya pasó todito”. Miré hacia abajo y se me
hizo exagerada la altura, pero salté ágil como bambú, en la punta
del pie.

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