Ayer por la mañana me llegó un libro que había pedido a Amazon, “Still Point of the Turning World“, la biografía que Carol Ann Wilson ha escrito de Gia Fu Feng . Lo he leido de un tirón y ha sido un auténtico viaje en el tiempo. Ya he escrito varias veces sobre Gia Fu en este blog. Lo conocí aquí en Barcelona a finales de los 70, vino a hacer un cursillo de Tai Chi en la escuela donde yo estudiaba ballet. Yo entonces era profesor de filosofía en un instituto y continuaba los estudios de danza que había empezado cuando estaba en la universidad. Me había tomado en serio la recomendación de Nietzsche sobre el “filósofo bailarín”.

De la danza contemporánea que había estado aprendiendo unos años con Cesc Gelabert había pasado a las clases de ballet con la estupenda Cristina Magnet. La idea entonces era mejorar la técnica. El ballet es duro, y cuando empecé a hacer Tai Chi descubrí de repente una manera casi inversa de mover el cuerpo. Las tensas rectas pasaban a ser confortables curvas, pero además (y eso me fascinó) esos movimientos llevaban incluida una cierta filosofía, eran como la coreografía de ciertos libros clásicos orientales de los que yo entonces tenía una ligera idea por las lecturas de Jack Kerouac y Alan Watts.

Un día nos encontramos por la calle, cerca de mi casa. Yo entonces hablaba muy poco inglés y él no hablaba español, pero entendí que estaba buscando levadura de pan fresca e iniciamos un periplo por todas las panaderías de los contornos. Era mediodía y la mayoría estaban cerradas, así que la expedición no parecía tener mucho éxito, pero Gia Fu insistía. El periplo se convirtió en un paseo. Cuando ya se hizo evidente que no íbamos a encontrar levadura, Gia Fu me preguntó si podía ver mi casa, así que para allá fuimos. Gia Fu no era muy alto, tenía una larga barba blanca y era chino, cuando en Barcelona apenas habían chinos. Al entrar en casa vi la cara de asombro de mi portera detrás de cristal. Contrariamente a su costumbre, nunca me comentó nada. Gia Fu subió a casa, le echó un vistazo como si pensara alquilarla y nos despedimos hasta el día siguiente en el cursillo. Un día comentó que tenía un centro en Colorado, en las Montañas Rocosas, donde enseñaba Tai Chi. Meses más tarde fui a vivir allí y estuve dos años. Fue una de las mejores temporadas de mi vida.

El libro de Carol Ann Wilson me ha hecho volver a recordar todo aquello. Hay muchas cosas sorprendentes en la vida de Gia Fu, y no es la menor que Carol haya escrito su biografía. Como ella misma explica, le ha dedicado años de viajes y entrevistas, y se nota que el libro está muy bien documentado. Me ha permitido ordenar, refrendar y a veces corregir noticias dispersas que tenía sobre su vida, pues él mismo no hablaba mucho de estas cosas. El tono a veces me ha hecho sonreir, imaginándome a Gia Fu colérico gritando “bullshit!” cuando se le va la mano en el azucar. Si hay algo que no le gustaba a Gia Fu era el azucar, pero a decir verdad pocas veces se le va la mano y el libro se mantiene en un buen equilibrio entre lo que explica y la manera de explicarlo. De todas maneras, como dice al principio, “this is the best version of the story I can assemble” y yo agradezco un montón que esta historia se haya escrito.

Ha sido muy emocionante (mucho) cuando han empezado a aparecer en el libro los nombres de las personas con las que estuve viviendo. He recordado que Tomi Smith se hizo durante un tiempo cargo de Stillpoint a la muerte de Gia Fu. En una de sus últimas cartas me decía que veía Stillpoint “in a dormant state”. Me he enterado de que Don Levack compró la casa de Manitou Springs y la convirtió en un Bed&Breakfast. Y de que Fleming se quedó allí hasta el final. Incluso aparece Kalahari, el caballo en el que llegó Lasso desde Wisconsin, el único caballo que he montado nunca.

Varios años después de su muerte me enteré de que había sido buen amigo tanto de Kerouac como de Watts, fue otra más de las sorpresas de Gia Fu. Tengo unas fotos que muestran dos aspectos suyos diferentes (dos entre muchos otros): por un lado el taoista recuperado en medio de las montañas y por otro el alma de la fiesta, siempre imprevisible. No creo que los que nos cruzamos con él lo olvidemos nunca.

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