Archivos para el mes de: julio, 2011

atención a la letra )))

Estos días he estado leyendo un libro tremendo, “Que viva la música!“, de Andrés Caicedo, un escritor colombiano (de Cali) que quemó el tiempo que le tocó vivir y así le salió la novela. Cuenta la historia de la señorita María del Cármen Huerta, que le gusta bailar y va para aquí y para allá y hace esto y dice aquello, vaya huracán la señorita Huerta, pero lo genial de la novela es cuando el señor Caicedo se arranca. Te está explicando cualquier cosa y de repente notas que se arranca, se dispara, cambia el ritmo y todo. Yo he alucinado mucho con sus arrancadas, menudo subidones. Y se gasta un lenguaje curioso el señor Caicedo, muchas veces todavía parece que está explicando algo cuando en realidad lo está masticando y haciendo globitos, vaya cosas que llega a hacer con el lenguaje. Pongo dos trozos, el primero es una coreografía… y el otro también.

Zapatiando salí la última vez, taconiando duro y adaptando, a la
media cuadra, el saltico y la punta del pie, pensando en el Jala-
Jala, vente con Richie namá. Y añorando, oh por fin, una rumba
grande, o si no un bailoteo de 2 canciones y 2 cervezas. Pero si
nadie me invitaba tendría que escurrirme a la casa de mis padres:
visitar, comer y despedirme, jala cochero llévame allá. Ya
avanzaba poco, en mi caminado, de tanto repensar la canción y
marcarla en el andén. Y, antes de cruzar la esquina eso es que
voy sintiendo un toe y un plap y “Caína ven”, pero no voltié, no,
no podrían ser ilusiones mías, deseo mayor de soledades bien
incomprendidas. Mas no le corrí a la ilusión, antes la busqué: pero
le di la espalda y me miré a los pies, apreté la mandíbula e hice
pasito gustón. Pequeño amañe encima de 5 agujeros cavados en
el puro cemento por los niños para jugar a las monedas, disparito
de tacón y luego ida cortica, ininterrumpida, y aquí oigo un
cuchicheo y después un ronronear de pies, que se venían
corticos, hacia mí, el jala-jala queíno, jala pallá, subiendo la rodilla
izquierda me imaginé tener una moneda de 50 en la punta del
pie, yo la traigo pa ti, la contemplé cegadora, y con el piecito
restante armaba fácil equilibrio, y siento que en el cercano
zapateo, el que no es mío, levantan la rodilla contraria, que
castigan con suavidad y tino, y yo le retrocedí, de espaldas,
culona entera, para ver si me topaba con el seguidor, tramando
que si él permitía tropezón alguno yo lo iba a mirar torva y
desistiría del juego, sanseacabó. Pero seguí trazando perfecto zig-
zag hacia atrás, perros y gatos ladraron y se encresparon cuando
yo, el centro, siento que a mis espaldas se repite exacto
movimiento hacia atrás. Acuerdo, entendimiento mutuo, astucia
polar. La gente ya miraba, y una perla de sudor apareció en mi
frente, adelanté, quebré piernas, el jala-jala para gozar, rendí la
hoja, vi conmoción de árboles, ventarrón, quebrazón de cielos y
una dura rodilla en puro movimiento, detrás de mi quiebre de la
otra y pum, rodilla al suelo, No pude más, me voltié.

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Yo bostecé, final de la historia, y él se me apartó. Dio algunos
pasos y tropezones y se tiró al sueño, bocabajo. Yo me fui detrás
siguiendo su rumbo de zig-zag, y le besé la nuca. Con ganas de
esa piel le chapotié cerca a las orejas, al estilo moderno. El
ronroneó alguna queja, pero yo junté fuerzas, esto no es chacha
pachanga para chamizo, y lo fui parando y él se restregaba contra
mis salientes duras, castigadoras, fue elevándose de la tierra con
cara de idiota, y yo le daba ánimos, aguzón para apercollar,
vamos, ponte duro bongó, y sin soltarnos nos fuimos contra la
pared del fondo, al lado del baño y la cocina. Había que creerlo
todo rápido, arremeter contra el acoso del sueño. Me
desembluyiné, me abrí toda y calzones afuera y él parado ante
mí, pun cataplum, viva Changó, intentó reclinarse, huir de mí,
acomodarse mejor, tal vez, pero yo no lo dejé, ya conocía su
pasado y ahora iba a grabar en su corazón un dato más para su
martirio, iji, me le trepé como a vara de premio, y como pude le
fui abriendo la bragueta, y yo ponía la boca como trompeta,
frente a él abiertísima, ¿sería erótica la visión de mis amígdalas?
Sí, porque se le puso como viga, y yo quise bajar por todo su
medio, por toda la costura que yo podría separar para dejar dos
pedazos de carne doliente, y sin cerrar la boca fui amarrando los
talones en su nuca, y con la mano abajo, trabajándole, ay, la cara
que hizo cuando me le ensarté toda, que no quería más sucesos,
que no quería amores mientras no renacieran sus recuerdos, y
yo: “cállate pichón”, era todo lo que quería mi son, con las manos
estrujándole la cabeza y era yo la que empujaba porque él cómo,
estaba aprisionado, comején, ofreciéndole sus fuerzas a esta bola
grande mía, estos interiores de ecos profundísimos. El quiso rodar
por esa pared pero yo no podía, me abrí más y me lo tragué
íntegro, ya no podía demorarse más, ya no podía, bocinas, ida y
venida de una pelota de ping-pong, niños que jugarían afuera:
cuando me regó yo hice un movimiento bestial de abajo-arriba, y
casi se lo quiebro. Pensé de buen humor: “le despescuezo el pato,
melé como los huevos y le incendio el nido”. Cómo hubiera sido
eso. Para ahuyentar ese pensamiento me le desclavé. El se quejó,
pero yo: “tranquilo que ya pasó todito”. Miré hacia abajo y se me
hizo exagerada la altura, pero salté ágil como bambú, en la punta
del pie.

De vuelta de unos días en la montaña. Esto es un diario desde una tumbona en una terraza. Je.


Ayer por la mañana me llegó un libro que había pedido a Amazon, “Still Point of the Turning World“, la biografía que Carol Ann Wilson ha escrito de Gia Fu Feng . Lo he leido de un tirón y ha sido un auténtico viaje en el tiempo. Ya he escrito varias veces sobre Gia Fu en este blog. Lo conocí aquí en Barcelona a finales de los 70, vino a hacer un cursillo de Tai Chi en la escuela donde yo estudiaba ballet. Yo entonces era profesor de filosofía en un instituto y continuaba los estudios de danza que había empezado cuando estaba en la universidad. Me había tomado en serio la recomendación de Nietzsche sobre el “filósofo bailarín”.

De la danza contemporánea que había estado aprendiendo unos años con Cesc Gelabert había pasado a las clases de ballet con la estupenda Cristina Magnet. La idea entonces era mejorar la técnica. El ballet es duro, y cuando empecé a hacer Tai Chi descubrí de repente una manera casi inversa de mover el cuerpo. Las tensas rectas pasaban a ser confortables curvas, pero además (y eso me fascinó) esos movimientos llevaban incluida una cierta filosofía, eran como la coreografía de ciertos libros clásicos orientales de los que yo entonces tenía una ligera idea por las lecturas de Jack Kerouac y Alan Watts.

Un día nos encontramos por la calle, cerca de mi casa. Yo entonces hablaba muy poco inglés y él no hablaba español, pero entendí que estaba buscando levadura de pan fresca e iniciamos un periplo por todas las panaderías de los contornos. Era mediodía y la mayoría estaban cerradas, así que la expedición no parecía tener mucho éxito, pero Gia Fu insistía. El periplo se convirtió en un paseo. Cuando ya se hizo evidente que no íbamos a encontrar levadura, Gia Fu me preguntó si podía ver mi casa, así que para allá fuimos. Gia Fu no era muy alto, tenía una larga barba blanca y era chino, cuando en Barcelona apenas habían chinos. Al entrar en casa vi la cara de asombro de mi portera detrás de cristal. Contrariamente a su costumbre, nunca me comentó nada. Gia Fu subió a casa, le echó un vistazo como si pensara alquilarla y nos despedimos hasta el día siguiente en el cursillo. Un día comentó que tenía un centro en Colorado, en las Montañas Rocosas, donde enseñaba Tai Chi. Meses más tarde fui a vivir allí y estuve dos años. Fue una de las mejores temporadas de mi vida.

El libro de Carol Ann Wilson me ha hecho volver a recordar todo aquello. Hay muchas cosas sorprendentes en la vida de Gia Fu, y no es la menor que Carol haya escrito su biografía. Como ella misma explica, le ha dedicado años de viajes y entrevistas, y se nota que el libro está muy bien documentado. Me ha permitido ordenar, refrendar y a veces corregir noticias dispersas que tenía sobre su vida, pues él mismo no hablaba mucho de estas cosas. El tono a veces me ha hecho sonreir, imaginándome a Gia Fu colérico gritando “bullshit!” cuando se le va la mano en el azucar. Si hay algo que no le gustaba a Gia Fu era el azucar, pero a decir verdad pocas veces se le va la mano y el libro se mantiene en un buen equilibrio entre lo que explica y la manera de explicarlo. De todas maneras, como dice al principio, “this is the best version of the story I can assemble” y yo agradezco un montón que esta historia se haya escrito.

Ha sido muy emocionante (mucho) cuando han empezado a aparecer en el libro los nombres de las personas con las que estuve viviendo. He recordado que Tomi Smith se hizo durante un tiempo cargo de Stillpoint a la muerte de Gia Fu. En una de sus últimas cartas me decía que veía Stillpoint “in a dormant state”. Me he enterado de que Don Levack compró la casa de Manitou Springs y la convirtió en un Bed&Breakfast. Y de que Fleming se quedó allí hasta el final. Incluso aparece Kalahari, el caballo en el que llegó Lasso desde Wisconsin, el único caballo que he montado nunca.

Varios años después de su muerte me enteré de que había sido buen amigo tanto de Kerouac como de Watts, fue otra más de las sorpresas de Gia Fu. Tengo unas fotos que muestran dos aspectos suyos diferentes (dos entre muchos otros): por un lado el taoista recuperado en medio de las montañas y por otro el alma de la fiesta, siempre imprevisible. No creo que los que nos cruzamos con él lo olvidemos nunca.

Estos días he estado en Mallorca, durmiendo a pocos metros del mar y casi sin salir de casa. Calma. Otro ritmo. Allí leí sobre el desalojo final de plaza Catalunya. Bueno. Ahora es el turno de las asambleas de barrio. Los desalojos siguen. Y lo que antes estaba en la calle ahora pasa a la red.