El sábado estuve viendo la exposición “Teotihuacan: ciudad de los Dioses” que acaban de inagurar en el CaixaForum. Tremenda exposición, con más de 400 piezas ordenadas según los diferentes aspectos políticos, religiosos y sociales de una de las mayores culturas de mesoamérica, un nombre que siempre sale cuando lees sobre culturas prehispánicas pero de la que se sabe muy poco. Teotihuacan ya llevaba mil años deshabitado cuando llegaron los mexicas/aztecas, pero todavía conservaba el suficiente prestigio como para que éstos construyesen supuestas genealogías que los relacionasen con la vieja ciudad e imitasen sus estilos artísticos o se apropiasen de su mitología. Un prestigio semejante al que tuvo Tiahuanaco en la zona andina o el Imperio Romano en Europa.

Y si Teotihuacan es importante por muchos aspectos, hay tres que me resultan particularmente interesantes porque coinciden en varias culturas urbanas amerindias. El primero es que la decadencia de la cultura supone el abandono de la ciudad. Ocurrió lo mismo en Tiahuanaco, en varias culturas preincaicas, en la cercana Monte Albán y en muchas ciudades mayas, América está llena de ciudades abandonadas. Es como si la caida del Imperio Bizantino y la conquista de Constantinopla hubieran supuesto el abandono de la ciudad y no su “recalificación” como Istambul. Son culturas urbanas que parecen seguir el mismo patrón de conducta de las tribus seminómadas, que solo se establecen temporalmente en un sitio hasta agotar los recursos, ciudades con fecha de caducidad. Me llama la atención ese carácter temporal de las grandes ciudades prehispánicas, la razón de no volver a utilizar los grandes edificios construidos, un hecho al que todavía se le están buscando explicaciones.

Otro aspecto curioso es la persistencia de la serpiente y el jaguar como animales mitológicos. Aparecen de sur a norte y a todo lo largo: entre los incas, entre las culturas amazónicas no-urbanas, entre los mayas… y aquí en Teotihuacan parece que cobró mucha fuerza la variante de la serpiente emplumada, que tiene pirámide propia en el recinto y de la que también se apropiaron los mexicas. El jaguar es probablemente el animal americano más poderoso, y es normal que aparezca en la mitología, pero sigue siendo curiosa su insistencia junto a la serpiente, en ocasiones incluso fundidos en uno. Y una serpiente emplumada, bueno, también es un bicho curioso.

Y otra cosa que me llama la atención y que también recorre el territorio americano a todo lo largo es el uso cultural de plantas alucinógenas para comunicarse con los dioses o espíritus o lo que sean los que acuden entonces. Desde los cactus San Pedro reproducidos en la cerámica Chavín y Chimú, los restos de ayahuasca en algunas momias de Tiahuanaco, el uso que todavía pervive de la ayahuasca, la datura y el tabaco (y un abundante etcétera) entre los curanderos de la cuenca amazónica, las pequeñas esculturas de hongos/humanos entre los mayas, el teonanacatl y el ololiuqui de los mexicas, el peyote de los huicholes… el catálogo de plantas alucinógenas utilizadas por las culturas amerindias es sencillamente impresionante. La naturalidad del uso religioso de las alucinaciones parece ser una característica importante de las culturas amerindias, una característica que en ningún otro continente alcanza tales dimensiones.

De los dos primeros temas ya tenía información antes de ir a ver la exposición, pero no del tercero, y es que se trata de un tema un poco delicado. Una de las reglas fundamentales de cualquier aproximación hermenéutica, sea la lectura de un texto o la interpretación de otra cultura, es que tendemos a buscar y a interpretar lo nuevo en función de lo que ya conocemos: si tenemos héroes, buscaremos héroes, si tenemos dioses buscaremos dioses, y de hecho la estructura y la clasificación de cualquier exposición de una cultura diferente muestra por igual lo que se conoce de esa cultura y la manera que tenemos nosotros de conocerla: las piezas llegan de entonces pero el contexto y la distribución de los aparadores es nuestra, es nuestra manera de leerla. Es normal y siempre es así, pero el riesgo de iluminar primero lo que más familiar nos resulta tiene a veces el riesgo de dejar en la sombra aquello que, por extraño, podría resultar más interesante. Cualquier catálogo puede encajar sin problemas temas de arquitectura o mitología, pero puede resulta más complicado encajar temas de alucinógenos.

Todo esto viene a cuento de las tres pequeñas piezas que más me llamaron la atención en la exposición y del ovillo que ha ido saliendo estos días tirando de ese hilo. Me he divertido mucho metido en estas pesquisas de Indiana Jones de salón, así que os lo voy a contar todo paso a paso. Poneros cómodos que es un poco largo.

Pues había bastante gente, y resultaba dificil a veces colocarse delante para ver bien las piezas, así que estaba esperando a que se moviera un grupo compacto que avanzaba por aquellas salas con la contundencia de una legión romana cuando volví a fijarme en una especie de friso con florecitas que ya había visto antes. Lo que me llamó la atención esta vez es que me pareció que entre la planta y la raiz había un ojo, así que me acerqué un poquito más, sin perder ni un milímetro de mi posición en la retaguardia de la legíon romana, y sisi, aquello parecía un ojo. Entonces me fijé en otros pedazos de friso que había al lado, también con plantas. En dos de ellos aparecía la misma planta de siete flores, y en las dos tenía igualmente una imagen que podía ser un ojo sobre una especia de soporte verde, como la primera. En cambio, las otras dos plantas diferentes que aparecen al lado, no solo tienen flores distintas sino otros dibujos diferentes entre el tallo y la raiz.

Evidentemente, si la misma planta repetida tenía siempre un ojo allí y las otras no, podría deducirse que aquella no era una planta decorativa sino una planta concreta a la que por alguna razón le correspondía aparecer con un ojo. Y aquí viene la parte interesante, porque una de las primeras alucinaciones que a veces provocan determinadas plantas es precisamente la visión de un ojo que te mira, como si el guardian de la puerta de ese territorio desconocido donde vas a entrar te diera primero un repaso. Relacionar una cosa con la otra no es una hipótesis muy científica, es verdad, pero se puede aceptar condicionalmente ante la ausencia de una hipótesis más brillante. Por aquí salió el hilo, por una planta con un ojo.

Ya con cierta curiosidad, empecé a hacer búsquedas que relacionaran Teotihuacan con plantas alucinógenas, sin mucho resultado la verdad, pero cuando pase a buscar por “murales” me tropecé con la espectacular imagen que se conoce como la Gran Diosa de Tepantitla. La primera imagen que vi es esta, que es la que aparece también en el articulo de la Wikipedia.

Es realmente bonita y se centra en las tres figuras: la figura central, que finalmente se ha aceptado que es una diosa relacionada con el agua, y sus dos ayudantes. El tocado de plumas de la figura central es realmente de orfebrería, pero me llamó la atención eso que le sale de la cabeza con un cierto aspecto vegetal y busqué otra foto en la que se viera mejor, y entonces: bingo!

De los dos troncos de esa extraña planta salen varios racimos de… ojos, no donde los tenía la primera, que aquí coincidiría con la figura central (bueno, que también tiene ojos) sino colgados en racimos, pero a estas alturas ya estaba bastante seguro de que eso eran efectivamente ojos. Entonces me puse a buscar más información sobre estas pinturas de Tepantitla, buscando sobre todo si alguien había identificado la planta, pues las posibilidades de que se tratara de una planta real y no solo de un adorno cada vez me parecían mayores. Entonces encontré que Peter T. Furst habla precisamente de esas pinturas en su estupendo libro “Alucinógenos y cultura“, y explica que él mismo identificó la planta con la enredadera Rivea corymbosa cuyos frutos, llamados “semillas de la virgen”, contienen amida de ácido lisérgico y son altamente alucinógenos.

“Los elementos prominentes en el mural son una deidad de la cual fluye un arroyo de agua que cubre la tierra y alimenta la vegetación, y, por encima de la figura central, una gran planta del tipo de las enredaderas con blancas flores que tienen forma de embudo en la punta de sus múltiples ramas enrolladas. Las semillas caen de las manos de la deidad, y dos ayudantes de los sacerdotes flanquean cada lado de la figura principal. Bajo esta escena hay muchas pequeñas figuras humanas que juegan, cantan, bailan y nadan en un gran lago. Ya que la pintura parecía conformarse a la bien conocida tradición azteca de un paraíso gobernado por Tláloc, el dios masculino de la lluvia, y ya que la deidad parece poseer algunos atributos de Tláloc, el fallecido antropólogo mexicano doctor Alfonso Caso identificó el mural como Tlalocan, el paraíso de Tláloc.
Esa identificación ha soportado revisiones mayores en los últimos tiempos. Varios especialistas en el arte y la iconografía del México antiguo han llegado a reconocer a la figura central no como masculina sino femenina, lo cual retira al Tláloc del panteón azteca. En vez de eso, la deidad de Tepantitla aparece ahora como la una Gran Madre o una Diosa Madre, quizá relacionada con la gran deidad azteca de la fertilidad Xochiquetzal, Flor Preciosa, la Madre del Agua Terrestre. A esta reinterpretación de la deidad central ha sucedido una redefinición de la planta floreciente que parece erguirse como un árbol por encima de ella. Con el auxilio de Schultes, el “árbol” fue identificado (por mí mismo) como nada menos que el de semillas de la virgen rivea corymbosa, claramente reconocible para el ojo especializado del botánico, a pesar de un recubrimiento de elementos mitológicos y de la adaptación de características naturales a las convenciones estéticas de Teotihuacan (Furst, 1974a).”

Vale, la planta es alucinógena, había cultura alucinógena en Teotihuacan, también en Teotihuacan, y la ecuación planta-con-ojos=planta-alucinógena parece que de momento funciona. Pero lo curioso es que en la descripción de la planta que hace Furst no dice nada de los ojos. Vaya. Pero como ya tenía el nombre y el apellido de la planta, se me ocurrió entonces buscar en un libro de Richard Evans Schultes que por casualidad tengo estos días en casa, “Plants of the Gods” (que escribió conjuntamente con Albert Hofmann). La encontré por el apellido, y resulta que Schultes la identifica con el famoso ololiuqui de los mexicas, e incluye una fotografía de la “planta” de Tepantitla que comenta así:

“Above: An ancient Indian Mother Goddess and her priestly attendants with a highly stylized vine of Ololiuqui, in one of the murals from Teotihuacán, Mexico, dated about A. D. 500. Hallucinogenic nectar appears to flow from the blosssoms of the plant, and “disembodied eyes” and birds are other stylistic features associated with hallucinogenic intoxication.”

Cuando terminé de leer esto me levanté de la silla e improvisé una danza de agradecimiento a los dioses aprovechando que estaba solo. Vale, la planta era alucinógena Y esos ojos son, junto a los pájaros, temas relacionados con las alucinaciones. Y el que lo dice es Richard Evans Schultes, punto.

Ya he hablado aquí de Schultes, que se convirtió en uno de mis héroes después de leer “El río” de Wade Davis, y el valor de su opinión no solo me merece respeto por su abrumadora autoridad como botánico, sino por el largo historial de sus experiencias con todo tipo de plantas que inició a los 21 años con el peyote. Schultes especifica que se trata de ojos “desencarnados”, pues no son caras ni cuerpos lo que se ve en esas visiones, sino solo ojos, y aunque identifica la figura con una diosa madre no menciona la relación con el agua que le atribuye Furst, refiriendose en cambio a un “néctar alucinógeno” que chorrea de la planta. En la misma clave hace un conato de interpretación al otro fresco a que también se refiere Furst, “bajo esta escena hay muchas pequeñas figuras humanas que juegan, cantan, bailan y nadan en un gran lago”, una escena que parece que todavía no ha encontrado una interpretación definitiva entre los arqueólogos, pero ese ya es otro tema.

Bueno, pues volviendo a la exposición, la cuestión de la relativa importancia de las plantas alucinógenas en la cultura de Teotihuacan no figura entre sus objetivos, lo cual viene siendo normal y no sorprende mucho. Casi casi parece que aquellas tres primeras plantas con ojos se hayan colado en la exposición de estrangis. Pero lo que ya me ha sorprendido más es que en un estudio reciente dedicado específicamente a la Diosa de Tepantitla no se mencione ni la especie botánica de la planta, ni su naturaleza alucinógena, ni siquiera la presencia de ojos en su minucioso análisis iconográfico. Me refiero a “La Diosa de Tepantitla en Teotihuacan: una nueva interpetación” de Zoltán Paulinyi, que he encontrado por casualidad mientras buscaba otras cosas. Y me ha sorprendido porque se trata de un buen trabajo, con mucha información y bien argumentado, que sin embargo se detiene en el valor simbólico del árbol y lo relaciona exclusivamente con referencias iconográficas de otras culturas. Creo que un estudio como éste como mínimo tendría que mencionar la identificacion de Schultes, pero sencillamente no figura en la bibliografía (de cuatro páginas). Y si menciono este trabajo es solo como ejemplo de una actitud que me parece bastante generalizada: pasar sobre estos temas de puntillas.

Ya ya, es nuestra manera de leer estas cosas, pero no creo que sea tan mala idea que mientras los huicholes siguen utilizando el peyote, los mazatecos sus hongos o los kofanes consiguen en Colombia una reserva especial para cultivar sus plantas maestras, se acepten las claves de la experiencia alucinógena a la hora de interpretar culturas que tuvieron ese tipo de experiencias en su origen. Se trataría sencillamente de aceptar los conocimientos y la experiencia de Schultes a la hora de interpretar los murales de Tepantitla.

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