Estos días pasados he estado viviendo con mucha intensidad la revolución de Egipto. Ya me había calentado con todo el tema de Wikileaks, y con lo que había pasado en Túnez, pero además tenía la posibilidad de estar conectado continuamente en casa y literalmente he estado colgado de la pantalla del ordenador. Lo que estaba pasando no era solo una revolución en toda regla donde menos se esperaba, sino que el estilo y los medios que estaban utilizando en Egipto me eran accesibles desde aquí a través de Internet y en un momento dado me di cuenta de que podía colaborar con lo que estaba pasando simplemente seleccionando y retuiteando la avalancha de información que llegaba al hashtag #jan25 de Twitter.

Aunque ya llevo varios años en Twitter, nunca había hecho una cosa así, e incluso le tenía cierta prevención a los retuiteos, y todavía más a los retuiteos masivos como los que he hecho estos días. No estaba muy seguro de que los amigos que me siguen no acabaran hartos de que les llenara la pantalla con noticias de Egipto pero a la vez tenía la impresión de que lo que estaba pasando allí era muy grande y que los retuiteos permitían distribuir macroinformación y (sobre todo) microinformación que no tenía muchas posibilidades de ser distribuida de ninguna otra manera. Los que se manifestaban en la plaza Tahrir estaban usando Twitter (y FB supongo) intensivamente, y amplificar la información que proporcionaban era una manera de ayudarles. Luego fui viendo que algún amigo retuiteaba mis retuiteos (a ver, repítelo otra vez:) o los comentaba, y ya seguí más tranquilo.

Esto ha sido algo que he aprendido estos dias (#thingsihavelearned): la importancia del retuiteo y de la distribución reticular de información. Cuando te colocas ante un cierto volumen de información con la intención de redistribuirla tienes dos opciones: 1 o 0, pasa o no pasa. Pero cuando pasa ya no es la misma información que te ha llegado, porque el que la reciba verá el 1 que tú le has puesto y eso se sumará (o restará) al valor que esta información tenga para él. El valor no está solo en tuitear un contenido propio, sino también en respaldar lo que otro ha escrito. Es decir, la información que a mi me llegaba de @Sandmonkey, @RamyYaacoub, @monasosh o @IceQueer (por poner unos cuantos) tenían para mi ese valor personal de cada uno, que se había ido formando a medida que los leía, y la necesidad de que esa información no muriese en mi pantalla y pudiese continuar camino era lo que en realidad me empujaba a retuitearlos.

Visto ahora a posteriori, el panorama de esta distribución reticular a través de fuentes de confianza de un fenómeno de tal magnitud se aproxima bastante a las descripciones de la inteligencia colectiva que han hecho Pierre Levy y otros. Cada neurona conecta con la siguiente, sinapsis y plas! Hubo un momento especialmente emocionante en medio de todo este trasiego de información cuando Ayman Mohyeldin, periodista de Al Jazeera que nos había estado contando toda la movida, fue detenido por los militares el lunes 7. Inmediatamente la información llegó a Twitter con la petición añadida de usar el hashtag #freeayman y retuitearla para convertirla en un trending topic, de manera que la detención no pasara desapercibida.

En dos horas se consiguió el objetivo, fue espectacular. Al rato llegaron rumores de que Ayman sería liberado al día siguiente, y finalmente fue liberado ese mismo día. No se puede asegurar que haya una relación causal entre la reacción de Twitter y la liberación de Ayman, pero en aquellos momentos la relación parecía evidente. Tampoco se puede negar. En todo caso, mucha gente en Twitter en aquellas dos horas estuvimos utilizándolo coordinadamente con un objetivo determinado, un objetivo que al final se consiguió. Una inteligencia colectiva con capacidad de acción (quizás). El mismo día, un poco más tarde, fue liberado Gael Ghonim.

Bueno, esto es parte de mi experiencia de estos días. Como decía aquél tuitero tunecino: “Si no has seguido un golpe de estado en directo por Twitter, has desperdiciado tu vida”. Ya llevamos dos.

Anuncios