Pues después del buen regusto selvático que me dejó “El río” de Wade Davis, he vuelto a coger “La vorágine“, otro famoso libro selvático de José Eustasio Rivera que empecé hace dos o tres meses y que había dejado a medias. Me cuesta leer novelas. Pero esta vez le he cogido bien el ritmo y he encajado mejor el punto declamatorio, y la verdad es que ha sido una lectura apasionante.

José Eustasio Rivera escribió el libro en 1924, después de un largo viaje por la frontera de Colombia con Venezuela en una misión oficial de inspección que le sirvió también para recoger información para su novela, y ese trabajo de campo se nota en cada capítulo. La road movie de Arturo Cova, porque toda la novela es un viaje, empieza en Bogotá, de donde huye con Alicia (una relación que si sí que si no), pasa por Villavivencio, llega a La Maporita, la hacienda donde vive la niña Griselda y donde tienen lugar los mejores diálogos del libro (flexionando el castellano al nivel local), y allí en un momento dado todo explota y empieza un éxodo que acaba con un epitafio oficial :”Los devoró la selva”.

La voz solista cambia a lo largo de la novela. Primero es Arturo Cova, pero hay un momento en que le toma el relevo Clemente Silva, y con él se empieza a explicar la historia de los caucheros, los trabajadores de la empresas de caucho que trabajaban en condiciones de completa esclavitud. Entonces aparecen personajes que menciona Wade Davis, como Julio César Arana, que sangraba a la selva y a los indios desde sus posesiones en El Encanto. La diferencia es que Wade Davis lo explica de pasada, aunque haciendo incapié en la brutalidad de la situación, mientras que en “La Vorágine” esa brutalidad forma parte decisiva de la trama, si lo lees te toca vivirlo.

Con todo y con que la historia de los caucheros es tremenda, lo que más me ha impresionado han sido las partes en donde habla directamente de la selva, de la relación del hombre y la selva. Voy a copiar un trozo.

“Aquí, de noche, voces desconocidas, luces fantasmagóricas, silencios fúnebres. Es la muerte, que pasa dando la vida. Óyese el golpe de la fruta, que al abatirse hace la promesa de su semilla; el caer de la hoja, que llena el monte con vago suspiro, ofreciéndose como abono para las raices del árbol paterno; el chasquido de la mandíbula, que devora con temor de ser devorada; el silvido de alerta, los ayes agónicos, el rumor del regüeldo. Y cuando el alba riega sobre los montes su gloria trágica, se inicia el clamoreo sobreviviente: el zumbido de la pava chillona, los retumbos del puerco salvaje, las risas del mono ridículo. ¡Todo por el júbilo breve de vivir unas horas más!

Esta selva sádica y virgen procura al ánimo la alucinación del peligro próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. En estas soledades, cuando nos habla, solo entiende su idioma el presentimiento.. Bajo su poder, los nervios del hombre se convierten en haz de cuerdas, distendidas hacia el asalto, hacia la traición, hacia la acechanza. Los sentidos humanos equivocan las facultades: el ojo siente, la espalda ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama: ¡Huyamos, huyamos!”

Bueno. pues la impresión final es una historia tremenda, situada en un escenario tremendo y contada con un lenguaje tremendo. Parece que la selva es tremenda.