Estos días que me toca hacer vida tranquila (/aburrida) de convaleciente he estado leyendo un libro extraordinario que ha conseguido llevarme de viaje por la selva cada vez que me sentaba y lo volvía a abrir. El libro se llama “El río” (“One river” en inglés) y su autor es Wade Davis, un biólogo y antropólogo canadiense que fue alumno de Richard Evans Schultes en Harvard y que compartió con él la pasión por los viajes hacia el sur.

En 1974 Schultes le encargó que acompañara a otro alumno suyo, Timothy Plowman, en un viaje por Colombia y Ecuador para investigar el origen, los usos y las particularidades botánicas del arbol de la coca, una investigación científica financiada por el Departamento de Agricultura de los U.S.A (eran otros tiempos). El libro empieza contando ese viaje de dos estudiantes norteamericanos por los pueblos y carreteras de Colombia en una furgoneta con remolque, pero enseguida la historia se cruza con los viajes del propio Richard Evans Schultes treinta y tantos años antes, pues a menudo atraviesan los mismos sitios en los que él anduvo y vuelven a ver las mismas plantas que él describió.

Las dos historias se entremezclan todo el rato, e incluso luego se añade una tercera, la de Richard Spruce, el héroe de Schultes que le precedió por la zona un siglo antes, e igual que se mezclan las historias y los tiempos también se mezclan los registros y el libro, que mantiene durante todo el rato los recursos, el ritmo y la calidad literaria de una buena novela, es asimismo un libro de viajes, un mini tratado de botánica, un cuaderno de datos sobre las diferentres tribus que han vivido y viven en la región, una historia del pasado y del presente, y un catálogo de las diferentes plantas alucinógenas que fueron descubriendo estos botánicos aventureros. Y es también un testimonio emocionante de la amistad entre todos ellos.

El río, creo, es tanto un río físico, el Amazonas, como un río metafórico y la historia más fascinante es la de Richard Evans Schultes. Schultes estudió en Harvard con Oakes Ames (otro tipo curioso) y en 1936 se fue a Oklahoma junto con Weston La Barre para estudiar el peyote después de haber leido un libro sobre la mescalina. Allí comparieron ceremonias con los kiowa, y hay una foto curiosa después de una de estas sesiones, con Schultes impecablemente peinado y con corbata. Tenía 21 años.

Mientras investigaba en Washington sobre el peyote para su tesis de licenciatura, encontró una carta que le puso sobre la pista de la posible identificación del teonanacatl, el hongo que mencionaban los españoles en las crónicas de la conquista y al que los aztecas llamaban “la carne de los dioses”. De nuevo con el apoyo de Oakes Ames, Schultes se fue a Oaxaca en el verano de 1938 y, tras un viaje muy pintoresco lleno de curiosos personajes, encontró los hongos, a los que Hofman (el mismo que descubrió el LSD) consiguió extraer en 1958 el principio activo, que llamó psilocibina.

Mientras tanto Robert Graves, desde Mallorca, envió en 1952 a Gordon Wasson, banquero e investigador, junto a su esposa, del papel de los hongos en las diferentes culturas, una carta en donde mencionaba el artículo de Schultes sobre los hongos de los aztecas. Wasson pidió el artículo a Schultes, se conocieron y en el verano de 1953 los Wasson viajaron a Oaxaca en busca de los hongos. No hubo suerte la primera vez, pero Wasson volvió los dos veranos siguientes, y el 29 de junio de 1955 una curandera que se llamaba Maria Sabina lo invitó a una sesión. El artículo que Wasson publicó sobre su experiencia en mayo de 1957 en la revista Life supuso una inesperada publicidad para los hongos alucinógenos, provocó todo el “fenómeno” Maria Sabina y fue el pistoletazo de salida de toda la cultura psicodélica de los 60. Uno de sus lectores fue Timothy Leary, entonces también profesor en Harvard.

Schultes por su parte, después de dos viajes a Oaxaca (en el segundo identificó el ololiuqui, otro de los alucinógenos de los aztecas), regresó a Harvard en 1939, y dos años más tarde aceptó una beca Guggenheim para estudiar los venenos de los flechas del noroeste amazónica. En otoño de 1941 llegó a Colombia, pero la siguiente escena en el libro es una conversación entre Tim Plowman y Wade Davis en la habitación de un hotel de San Agustín:

-“¿Qué te dijo Schultes antes de que vinieras? – me preguntó Tim.
-¿Qué quieres decir?
-¿Te dió consejos?
-Me dijo que no me molestara en conseguir unas botas gruesas porque todas las culebras pican en el cuello, y me contó que en doce años no se le habían perdido ni una vez las gafas.
-¿Algo más?
-Que no debía volver de Colombia sin haber probado la ayahuasca”.

Y allí Tim le saca a Wade el libro “Las cartas del yagué” de Burroughs, y le explica que el doctor Schindler que aparece en el libro, con el cual Burroughs hace parte del viaje y a través del cual consiguió su primera experiencia con la ayahuasca, era en realidad Richard Evans Schultes. Vaya, vaya. Según explica Davis, cuando Schultes encontró a Burroughs ya había tomado ayahuasca veinte veces o más.

Bueno, paro ya porque si no voy a explicar todo el libro, pero quería contar todo esto para comentar dos cosas. Una es simplemente el itinerario de Schultes: de Oklahoma a Oaxaca y de Oaxaca a Colombia, la botánica incluye plantas alucinógenas utilizadas por las culturas indígenas. Otra es el papel de Schultes, que no conocía, en la historia tanto de Wasson como de Burroughs. Schultes había estado antes allí, y es realmente el patriarca de varias generaciones de botánicos aventureros, a las que perteneces Tim y Wade, que no solo estudian y clasifican las plantas, sino que comparten su uso tradicional.

Lo curioso también es que Schultes (el primero por la derecha en la foto de arriba) fue un respetado profesor de biología de Harvard, experto tanto en orquídeas como en el arbol del caucho o en plantas alucinógenas. Una cosa no impedía la otra. Y a la vez que biólogo y loco por la botánica, Schultes fue también un buen fotógrafo que llevó la cámara a sitios donde probablemente nunca había llegado ninguna.

Voy a copiar la última conversación de Schultes y Davis en el libro, en el salón de un hotel inglés de Bogotá, seguramente en 1975:

-“Profesor, tengo un pequeño problema. Estoy un poco corto de…
-No se preocupe -me interrumpió-. Creo que yo puedo sacarlo del apuro.
-Sería magnífico.
-Bien, ahora un par de cosas. Los tanimucas le dan sabor a la coca soplando un incienso balsámico sobre las cenizas calientes. Es muy bueno. Esté atento.
-¿De qué planta lo sacan?
-Los colombianos la llaman pergamín o brea. Es la resina de la Protium heptaphyllum. El nombre en tanimuca es hee-ta-ma-ká.
-¿Y qué más?
-¿Perdón?
-Usted dijo que un par de cosas.
-Sí, claro. ¿Qué más era? -Hizo una pausa y se tomó un sorbo de ron. Le brillaron los ojos-. Ahora recuerdo. ¿Ha probado el yagué?
-Sí.
-¿Qué le pareció?
-Bastante malo.
-Yo solo vi colores.
-Yo solo vomité.
-Eso pasa a menudo. Tal vez deba probarlo otra vez. De hecho, tal vez deba pasar un poco más de tiempo en el Vaupés. Hay un río que me gustaría que viera, el Piraparaná, el río de los barasanas y de los macunas. Ya encontrará la forma de ir”.

Pero sin duda la historia más emotiva es la de Tim Plowman, que murío en 1989 de sida y al que está dedicado el libro. La amistad de Schultes con Tim y de Tim con Wade aparece como una cadena que la muerte de Tim rompe, y que Wade intenta rehacer escribiendo el libro. La últimas líneas son realmente emocionantes, y el título es “Un río” y no “El río”.