Bueno, bueno, esta mañana (hoy en Barcelona es fiesta) he empezado a leer las noticias en Menéame, he encontrado un artículo sobre un simposio de psiquiatría dedicado a las alucinaciones, leyéndolo he recordado algo que leí hace tiempo sobre la hipótesis del cerebro bicameral de Julian Jaynes (y lo he encontrado), y al final he ido a parar a un estupendo TED vídeo en donde Oliver Sacks explica el proceso de generación de determinadas alucinaciones visuales. Todo un paseo, muy instructivo, por el wild side de nuestra actividad cerebral: tenemos un cerebro que también alucina.

La noticia de Menéame me ha llamado la atención por ese lado, por lo que supone de reconocimiento y estudio de las alucinaciones como otro más de los fenómenos del cerebro. He estado investigando un poco y resulta que la noticia del portal chileno emol.com que comenta el simposio, fechada hoy mismo y que parece hacer referencia al pasado fin de semana, tiene toda la pinta de ser la traducción de un artículo que apareció en el periódico holandés De Volkskrant el 23 de enero de este año, o sea que no son noticias frescas. Pero bueno, el simposio se celebró efectivamente en La Haya en enero de este año con motivo de la presentación del “Diccionario de las alucinaciones” del psiquiatra holandés Dirk Jan Blom, que por lo que explican parece que incluye tanto alucinaciones inducidas como espontáneas.

Todo el artículo es interesante, pero el párrafo que me ha levantado las orejas ha sido éste:

“En las personas que oyen voces interiores, se ha demostrado que ambos hemisferios del cerebro están igual de activos que los de una persona considerada mentalmente sana. En una persona afectada por el fenómeno de las alucinaciones vocales, tanto las regiones cerebrales encargadas de la producción lingística como las encargadas de la percepción lingística están activas y actúan como si de verdad estuvieran percibiendo esas supuestas voces. Hemos estudiado el cerebro de estas personas afectadas y éste responde, desde el punto de vista neurológico, como si, de verdad, estuviera escuchando voces”, explica Zommer.

No obstante, los expertos han determinado que en este tipo de procesos es el hemisferio derecho el más activo. En personas supuestamente sanas, que nunca han escuchado voces interiores, es justo al revés: el hemisferio más activo es el izquierdo.

Una de las preguntas que se hacen los expertos es si los dos hemisferios del cerebro de quienes escuchan voces interiores están bien “conectados” entre sí, y si la red sináptica cerebral está en orden.

Según André Aleman, neuropsiquiátra del hospital universitario de Groningen, en el norte de Holanda, no existe ese equilibrio. “El cerebro de los pacientes que oyen voces interiores tiene conexiones que no funcionan bien entre la región de Wernicke (el centro sensorial, indispensable para poder comprender un idioma) y la región de Broca (el centro del habla motora, indispensable para hablar)”, explicó a la radio pública holandesa NOS”.

Dejando aparte las partes valorativas de lo que se considera sano y de lo que no funciona bien, ésto me ha recordado la hipótesis del cerebro bicameral de Julian Jaynes. que había leido hace tiempo en unos artículos que guardé en mi flamante biblioteca digital, y que en aquel momento me pareció demasiado rara como para ser aceptada sin problemas, pero demasiado interesante como para ser descartada como totalmente improcedente. Es una situación en la que me estoy encontrando muy a menudo últimamente, cuando te empiezan a interesar temas que se salen de la cuadrícula pero no encuentras mejores herramientas para tratarlos que las que has utilizado dentro de la cuadrícula (tengo que hacer otro post sobre unas cartas de Kant sobre Swedenborg que pueden servir para ilustrar el tema). He metido el post en ciencia, pero está  más bien pisando la frontera.

Julian Jaynes publicó en 1976 “The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind”, un libro donde planteaba la hipótesis de que los humanos, antes de alcanzar la conciencia tal como la entendemos hoy pasamos por una etapa “bicameral” en la que una parte del cerebro “hablaba” con la otra, que podía interpretar esas voces internas como externas, como procedentes de los dioses o de las musas.

“The term was coined by psychologist Julian Jaynes, who presented the idea in his 1976 book The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind, wherein he made the case that a bicameral mentality, that is to say a mental state in which there are two distinct sections of consciousness, was the normal and ubiquitous state of the human mind as recently as 3000 years ago. He used governmental bicameralism to metaphorically describe such a state, in which the experiences and memories of the right hemisphere of the brain are transmitted to the left hemisphere via auditory hallucinations. This mental model was replaced by the conscious mode of thought, which Jaynes argues is grounded in the acquisition of metaphorical language” (Wiki).

Hay muchas cosas sorprendentes en la hipótesis de Julian Jaynes: la primera es que la presentara en 1976, sin ningún precedente conocido (creo) y sin acceso a los recursos que posteriormente parecen confirmar parte de la hipótesis, la segunda es su caracter interdisciplinar, y que se apoyara en análisis de la Ilíada o del Antiguo Testamento para rastrear el tránsito entre una y otra “configuración” cerebral, la tercera es que parece considerar la conciencia como un fenómeno cultural de origen mediterráneo, un marco cultural demasiado estrecho en todo caso. Pero el punto más aprovechable de su hipótesis es la importancia de la relación entre la parte derecha y la parte izquierda del cerebro en el caso de las voces interiores, la parte que habla y la parte que escucha, y que coincide con lo que explica Iris Zommer: las personas que escuchan voces tienen más activo el hemisferio derecho, mientras en general, el más activo es el izquierdo.

Por lo que conozco, el tema de las voces interiores se presenta en al menos dos situaciones: por alucinaciones inducidas en potentes intoxicaciones o por cuadros clínicos de esquizofrenia o psicosis. Es una vecindad un poco inquietante, aunque tiene un turning point bastante definitivo: en el primer caso son ocasionales, suelen ser personalmente significativas y pueden llegar a ser incluso divertidas, mientras que en el segundo caso parece que se trata de un interlocutor que, con un megáfono en mano, insiste en ser escuchado quieras o no quieras, un coñazo, vaya.

Una característica determinante de estas voces interiores es que parecen proceder del exterior. No tienen ni el ADN ni el tono de nuestros pensamientos usuales. Sin embargo, antes de clasificarlas definitivamente como interiores o exteriores habría que tener en cuenta la manera en que nuestro cerebro realiza esta operación, y en concreto otra hipótesis, la de Ramachandran sobre la existencia de unas super-neuronas espejo que se dedican precisamente a eso, a distinguir que procede del interior y que procede del exterior. Cabe la posibilidad de que esas voces procedan efectivamente del exterior (no problem about that), cabe la posibilidad de que solo estemos usando cotidianamente el tanto por ciento útil de la información de que disponemos en nuestro cerebro en relación al contexto en que la vamos a emplear, y que en algún momento estemos usando recursos “exteriores” que en realidad tenemos almacenados en el mismo cerebro, y cabe la posibilidad de que en algún momento se distorsione el mecanismo cerebral que bifurca entre lo que viene de fuera y lo que viene de dentro y mezcle las líneas.

La piedra de toque a la hora de decidirse por una de estas explicaciones pasa primero por un filtro cultural, el concepto occidental de un sujeto autónomo que decide su vida por su cuenta y riesgo y se las apaña él solito, de manera que cualquier explicación debe estar dentro del cerebro y a su alcance, y luego por un filtro emocional, el impacto que puede suponer escuchar determinados mensajes venidos de no se sabe donde para los que nuestra cultura no nos ha dotado de sinapsis adecuadas. Y otra alternativa es mantener en suspenso la explicación y proseguir con la exploración. La explicación siempre tranquiliza, mientras que la exploración nos alarga.

Bueno, pues el vídeo de Oliver Sacks nos da una estupenda explicación. El vídeo no trata de las alucinaciones auditivas (las más problemáticas) sino de las visuales. Empieza contando la historia de una señora mayor, de más de noventa años, casi ciega, que de repente empezó a tener alucinaciones, a “ver”. Lo que la señora explicaba encaja con el síndrome de Charles Bonnet. Parece ser que cuando las células encargadas de la visión en el cerebro se quedan sin el aporte habitual de información del exterior, en un momento dado se ponen igualmente a trabajar proporcionando al cerebro imágenes hechas totalmente en casa sin colorantes ni conservantes ni… relación alguna con el exterior. Pueden ser en un primer momento imágenes de texturas geométricas, pues una de las primeras funciones de la parte visual del cerebro es reconocer segmentos y sus posiciones, o pueden ser luego imágenes más elaboradas (la señora veía gente con vestidos orientales). Al final del video, el propio Oliver Sacks (que me ha resultado la mar de simpático) reconoce haber tenido éste tipo de alucinaciones.

Es una buena explicación: señores, nuestro cerebro funciona así. Si aceptamos nuestro filtro cultural, la explicación agota el tema. Si mantenemos la exploración, hay algunos datos que no encajan. Tal como lo entiendo, es altamente improbable que las alucinaciones producidas por el sindrome de Charles Bonnet sean compartidas por varias personas. Cada cual tiene sus propio cerebro, sus propias memorias y sus propias alucinaciones personales, a la moda oriental o con diseños de peletería esquimal, da igual. Lo que ya no está en ese guión es que personas diferentes, de diferentes contextos y culturas, tengan alucinaciones con los mismos temas cuando están bajo el mismo tipo de intoxicación. Aquí hay un paso que puede o no ser aceptado, claro, el que distingue las alucinaciones espontáneas de las inducidas cuando te tomas cualquier cosa precisamente para alucinar. O sea, cuando decides utilizar el cerebro para alucinar, como utilizas la polla para follar, y no solo para mear, o utilizas la boca para besar, y no solo para comer.

Bueno, pues esa cuestión de cómo es posible que personas diferentes tengan alucinaciones parecidas fue el punto de partida del libro de Benny Shanon “The Antipodes of the Mind“, un intento de cartografiar la fenomenología de la experiencia con la ayahuasca, la planta supersuperalucinógena (+ que el LSD). Benny Shanon es profesor de psicología en la universidad de Jerusalén y se propuso una investigación académica sobre el tema. Añadió a su larga experiencia personal con la planta el recurso a cuestionarios que repartía en las sesiones en que participaba. El resultado es un mapa minucioso, repleto de datos articulados desde el punto de vista del observador/participante que es posible utilizar como hoja de ruta, pero que cuando resulta más perturbador es cuando decide detener la exploración para poder seguir ateniéndose al guión marcado.

En la misma encrucijada se encontró otra de las investigaciones académicas que se realizaron también sobre la ayahuasca, la que llevo a cabo Rick Strassman en la universidad de Nuevo Méjico de 1990 a 1995. Lo explicó en un libro fundamental para todo aquél a quien le interesen estos temas, “DMT, The Spirit Molecule“. De nuevo la parte más tremenda es cuando empieza a dudar de la exactitud de su modelo de investigación:

“Perhaps you think these perceptions are not so strange after all. We all
dream of unusual places and things. However, our volunteers not only
saw these things, but felt an unshakeable certainty that they actually were
there. Opening their eyes at any time superimposed this reality with their
now-manifest but previously invisible one.
Neither were they asleep. They were hyperaware and awake, able to
tell themselves to do things in this new space. It’s amazing how often I
heard them say, “I looked around and saw . . .”
Listening to these experiences also began stretching my limits as a
clinical psychiatrist and researcher. I made few comments regarding
people’s reports of these unseen realms. It was hard to keep up, and I
didn’t know what to say. It was at this point that I began having to fight a
tendency to regard these stories as dreams, or figments of their DMT amplified
imaginations. On the other hand, I also began doubting my own
model for what exactly happens on DMT. Were people really somewhere
else? What exactly were they witnessing?”

Vale, lo dejo aquí. Las alucinaciones se pueden intentar explicar o se pueden seguir explorando. Tenemos un cerebro que también alucina, y los recursos que utiliza alucinando son los mismos que utiliza para ponernos en contacto con nuestra bendita realidad compartida. Es muy posible que, de toda la información que es capaz de generar el cerebro, solo estemos usando el pocentaje que resulta útil para nuestra supervivencia inmediata. Es la hipótesis que plantea Francis Heylighen en clave de sistemas (buenooo, no lo dejo todavia):

An organism’s knowledge should not be seen as an objective reflection of outside reality, but as a subjective construction, intended to help find a way to reconcile the system’s overall goal of maintaining its organization with the different outside perturbations that may endanger that goal.

Vivimos en una región pero podemos alucinar un continente. Pero no vivimos en un continente, vivimos en nuestra región. En fin…