Cada vez que voy a una sesión de acupuntura, la doctora me toma el pulso en tres puntos de cada muñeca, primero a nivel superficial y luego aprieta un poquito más, luego me mira la lengua y el aspecto general, y después saca sus conclusiones El diagnóstico en la medicina china se hace más por el pulso que por la conversación con el médico a la que estamos acostumbrados aquí, donde el médico te pregunta y tú vas contestando. Mi doctora china le pregunta directamente al pulso, y la verdad es que hablamos muy poco.

Y estos días he vuelto a coger un libro que empecé hace tiempo (antes de la acupuntura) y que había dejado a mitad, “La expresividad del cuerpo” de Shigehisa Kuriyama (se puede descargar aquí), un estudio sobre la diferente manera de entender el cuerpo en la medicina china y la griega que explica detalladamente la historia y el valor del pulso en una y otra tradición. La verdad es que es un libro fascinante, no solo en lo que se refiere a la historia de la medicina, sino por el propósito (conseguido) de hacer inteligibles dos tradiciones culturales diferentes a través de explicaciones cuidadosamente dosificadas en un inglés que a veces emociona por su valor literario.

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El tema principal es el siguiente: ¿cómo es posible que dos tradiciones médicas diferentes, que incluso son inconmensurables entre si (o sea, que no existen puentes entre ellas), consigan un nivel de eficacia suficiente para consolidarse culturalmente cuando de hecho tratan al mismo cuerpo humano?, ¿cómo es que el cuerpo humano responde cuando se le trata desde dos puntos de vista tan diferentes? Para plantearse esta pregunta en toda su extensión hay que descartar el prejuicio de que nuestra medicina occidental es la mejor en términos absolutos. Yo creo que en muchos aspectos sigue siendo la más potente, a menudo en relación directa a la gravedad del problema, pero esto no implica que las otras medicinas no curen. Mi experiencia es que la acupuntura efectivamente cura, con la ventaja de utilizar menos recursos y generar menos efectos secundarios (cero).

Bueno, pero volviendo al tema concreto del pulso, lo interesante es que Kuriyama escarba en las obras de Hipócrates y de Galeno, los dos padres griegos de la medicina, para encontrar el origen y el desarrollo del estudio del pulso en la medicina occidental, y después salta hasta lo médicos del XVIII y el XIX para seguir su rastro y su declive. La vigencia y la abundancia de información que sigue proporcionando el pulso en la medicina tradicional china contrasta con la manera sumaria (y mecanizada) de lo que en la medicina occidental se entiende como “tomar la tensión”, y es esta diferencia la que investiga.

Kuriyama explica dos diferencias importantes en todo este tema. La primera es el peso de la disección y la anatomía (que solo existe en la medicina griega) como un conocimiento visible que condiciona y filtra las sensaciones táctiles que proporciona el pulso. La disección sobre cadáveres proporciona un mapa visible del cuerpo que puede ser diferente a la experiencia táctil que el dedo de una persona viva puede tener cuando presiona sobre la muñeca de otra persona viva. Esta experiencia táctil será entonces interpretada en función del conocimiento anatómico adquirido, una ventaja evidente en cuanto al conocimiento del cuerpo, pero que igual podría distorsionar el “idioma” en que habla el pulso.

Pero ha sido la otra diferencia la que todavía me ha parecido más interesante. El “idioma” del pulso es complicado, confuso, difícil de explicar y transmitir. De eso se quejan tanto Galeno como Li Zhongzi, un médico chino del siglo XVII. Lo interesante ha sido la actitud que cada una de sus culturas ha tomado ante esta dificultad. Kuriyama encuentra dos razones para explicar el intento de Galeno de fijar y clarificar el lenguaje del pulso: por una parte conjugar el problema de la abundancia de lenguas mediterráneas, añadiendo cada uan sus propios términos, y por otra (y fundamental) el imperativo de la definición que viene de Sócrates y Platón.

“Con todo, las explicaciones del contexto de Galeno no son suficientes por sí mismas. El anhelo de claridad se adueñó de los expertos en pulso occidentales más allá de la poliglosia mediterránea y mucho después de la Segunda Sofística. Si Galeno ataca el descuidado lenguaje de sus predecesores, en el siglo XVI, Josephus Struthius denunciaba los propios tratados de Galeno por ser tan retorcidos que «apenas uno entre mil podría entenderlos». También los médicos del siglo XVIII condenaron el lenguaje de Galeno. Fue principalmente contra su vocabulario, relata Théophile de Bordeu (1722-1776), y en especial contra su uso de metáforas extravagantes –al etiquetar el pulso con apelativos tales como «reptante», «arratonado» y «gacelante»– frente al que se rebelaron los estudiantes modernos del pulso. El empuje final para purgar la toma del pulso hasta convertirla en recuento de latidos representó la culminación de esta antigua búsqueda de transparencia. Los obstáculos que impedían una ciencia del pulso fiable, sostiene William Heberden, se hallaban más allá de las extravagantes metáforas. Al dirigirse al Colegio Real de Médicos en 1772, Heberden declaró «altamente improbable» que cualquiera de los términos utilizados
para calificar el pulso «fueran entendidos perfectamente o aplicados por todos a las mismas sensaciones y que tuvieran el mismo significado en la mente de to-dos». Por lo tanto, recomendaba a los médicos que atendieran más a las circunstancias del pulso sobre las que no podían errar o ser malinterpretados. Afortunadamente, hay una de esta clase que por su importancia merece toda nuestra atención, y no sólo en esta cuestión. Me refiero a la frecuencia o rapidez del pulso… Ésta es la misma en todas las partes del cuerpo, y no puede ser afectada por la firmeza o flacidez de nuestra constitución, o por la grandeza o pequeñez de la arteria, o porque resida más en el fondo o en la superficie; y es susceptible de ser numerada y, en consecuencia, de ser perfectamente descrita y comunicada a otros”.

Frente a esta reducción del lenguaje del pulso a los dos números que nos indican si tenemos la tensión alta o baja, la medicina china optó por mantener abierta y accesible la complejidad del pulso y la riqueza de su lenguaje, y lo hizo a costa de eludir las ventajas de una traducción rígida al lenguaje común, con la ventaja de que en China el lenguaje es un elemento más (y no hegemónico) y no existe la misma compulsión con respecto a la definición (Hay un libro de François Jullien que explica muy bien este tema, “Si parler va sans dire”). Li Zhongzi lo explica así:

“La sutileza de los principios de los mo ha sido señalada desde la antigüedad. En el pasado existió el Emperador Amarillo, que desarrolló una inteligencia divina desde el momento en que nació. Sin embargo, incluso él comparó [la aprehensión de esos principios] con sondear un profundo abismo y con toparse con
un mar de nubes flotantes. Xu Shuwei dijo: «Los principios de los mo son misteriosos y difíciles de aclarar. Lo que mi mente comprende, mi boca no puede transmitirlo». Todo lo que puede anotarse con pincel y tinta y todo lo que puede expresarse con la boca y la lengua no son más que huellas y parecidos”.

La medicina occidental acabó apostando por la claridad del lenguaje, mientras que la medicina china reconoció que el idioma del pulso no era fácilmente traducible, y a pesar de ello se mantuvo a la escucha. Como comenta irónicamente Kuriyama, la opción de la medicina occidental se parece al que perdió su cartera en la calle y se fue a la calle de al lado a buscarla porque había más luz. En todo caso, la medicina occidental encontró después otros recursos para conocer lo que el pulso ya no le explicaba, esa es otra historia.

Toda esta historia del pulso se me ha quedado en la cabeza por varios motivos. Por un lado, de una manera general, por lo que gana o pierde cada cultura con la opción que escoge. En Occidente se ganó claridad y facilidad de transmisión a través del lenguaje, lo que permite una mayor democratización del conocimiento. En China se ganó seguir manteniendo abierto un canal de información inmediato que puede seguir siendo utilizado incluso en areas rurales sin mucha infraestructura sanitaria. Por otro, y ya desde un punto de vista occidental, por el precio que nos ha supuesto el deseo de claridad y definición, la pérdida de aquella información que no acaba de encajar con el formato en que hemos decidido que tiene que encajar el conocimiento, una información que muchas veces tiene que ver con códigos orgánicos, primarios, que ya tenían su modo de expresión antes de que nos decidiéramos por nuestro formato cultural. Si hemos reducido el pulso a unos datos que nos puede dar una máquina, no tenemos ya muchos argumentos para discutir que una máquina pueda realizar otras muchas funciones que consideramos nuestras. Lo que quizá no es tan evidente es que esas máquinas solo podrán realizar aquellas funciones nuestras que previamente nosotros hemos aceptado reducir a “código máquina”.