Archivos para el mes de: julio, 2009

Cada vez que voy a una sesión de acupuntura, la doctora me toma el pulso en tres puntos de cada muñeca, primero a nivel superficial y luego aprieta un poquito más, luego me mira la lengua y el aspecto general, y después saca sus conclusiones El diagnóstico en la medicina china se hace más por el pulso que por la conversación con el médico a la que estamos acostumbrados aquí, donde el médico te pregunta y tú vas contestando. Mi doctora china le pregunta directamente al pulso, y la verdad es que hablamos muy poco.

Y estos días he vuelto a coger un libro que empecé hace tiempo (antes de la acupuntura) y que había dejado a mitad, “La expresividad del cuerpo” de Shigehisa Kuriyama (se puede descargar aquí), un estudio sobre la diferente manera de entender el cuerpo en la medicina china y la griega que explica detalladamente la historia y el valor del pulso en una y otra tradición. La verdad es que es un libro fascinante, no solo en lo que se refiere a la historia de la medicina, sino por el propósito (conseguido) de hacer inteligibles dos tradiciones culturales diferentes a través de explicaciones cuidadosamente dosificadas en un inglés que a veces emociona por su valor literario.

51MPCABQMWL._SS500_

El tema principal es el siguiente: ¿cómo es posible que dos tradiciones médicas diferentes, que incluso son inconmensurables entre si (o sea, que no existen puentes entre ellas), consigan un nivel de eficacia suficiente para consolidarse culturalmente cuando de hecho tratan al mismo cuerpo humano?, ¿cómo es que el cuerpo humano responde cuando se le trata desde dos puntos de vista tan diferentes? Para plantearse esta pregunta en toda su extensión hay que descartar el prejuicio de que nuestra medicina occidental es la mejor en términos absolutos. Yo creo que en muchos aspectos sigue siendo la más potente, a menudo en relación directa a la gravedad del problema, pero esto no implica que las otras medicinas no curen. Mi experiencia es que la acupuntura efectivamente cura, con la ventaja de utilizar menos recursos y generar menos efectos secundarios (cero).

Bueno, pero volviendo al tema concreto del pulso, lo interesante es que Kuriyama escarba en las obras de Hipócrates y de Galeno, los dos padres griegos de la medicina, para encontrar el origen y el desarrollo del estudio del pulso en la medicina occidental, y después salta hasta lo médicos del XVIII y el XIX para seguir su rastro y su declive. La vigencia y la abundancia de información que sigue proporcionando el pulso en la medicina tradicional china contrasta con la manera sumaria (y mecanizada) de lo que en la medicina occidental se entiende como “tomar la tensión”, y es esta diferencia la que investiga.

Kuriyama explica dos diferencias importantes en todo este tema. La primera es el peso de la disección y la anatomía (que solo existe en la medicina griega) como un conocimiento visible que condiciona y filtra las sensaciones táctiles que proporciona el pulso. La disección sobre cadáveres proporciona un mapa visible del cuerpo que puede ser diferente a la experiencia táctil que el dedo de una persona viva puede tener cuando presiona sobre la muñeca de otra persona viva. Esta experiencia táctil será entonces interpretada en función del conocimiento anatómico adquirido, una ventaja evidente en cuanto al conocimiento del cuerpo, pero que igual podría distorsionar el “idioma” en que habla el pulso.

Pero ha sido la otra diferencia la que todavía me ha parecido más interesante. El “idioma” del pulso es complicado, confuso, difícil de explicar y transmitir. De eso se quejan tanto Galeno como Li Zhongzi, un médico chino del siglo XVII. Lo interesante ha sido la actitud que cada una de sus culturas ha tomado ante esta dificultad. Kuriyama encuentra dos razones para explicar el intento de Galeno de fijar y clarificar el lenguaje del pulso: por una parte conjugar el problema de la abundancia de lenguas mediterráneas, añadiendo cada uan sus propios términos, y por otra (y fundamental) el imperativo de la definición que viene de Sócrates y Platón.

“Con todo, las explicaciones del contexto de Galeno no son suficientes por sí mismas. El anhelo de claridad se adueñó de los expertos en pulso occidentales más allá de la poliglosia mediterránea y mucho después de la Segunda Sofística. Si Galeno ataca el descuidado lenguaje de sus predecesores, en el siglo XVI, Josephus Struthius denunciaba los propios tratados de Galeno por ser tan retorcidos que «apenas uno entre mil podría entenderlos». También los médicos del siglo XVIII condenaron el lenguaje de Galeno. Fue principalmente contra su vocabulario, relata Théophile de Bordeu (1722-1776), y en especial contra su uso de metáforas extravagantes –al etiquetar el pulso con apelativos tales como «reptante», «arratonado» y «gacelante»– frente al que se rebelaron los estudiantes modernos del pulso. El empuje final para purgar la toma del pulso hasta convertirla en recuento de latidos representó la culminación de esta antigua búsqueda de transparencia. Los obstáculos que impedían una ciencia del pulso fiable, sostiene William Heberden, se hallaban más allá de las extravagantes metáforas. Al dirigirse al Colegio Real de Médicos en 1772, Heberden declaró «altamente improbable» que cualquiera de los términos utilizados
para calificar el pulso «fueran entendidos perfectamente o aplicados por todos a las mismas sensaciones y que tuvieran el mismo significado en la mente de to-dos». Por lo tanto, recomendaba a los médicos que atendieran más a las circunstancias del pulso sobre las que no podían errar o ser malinterpretados. Afortunadamente, hay una de esta clase que por su importancia merece toda nuestra atención, y no sólo en esta cuestión. Me refiero a la frecuencia o rapidez del pulso… Ésta es la misma en todas las partes del cuerpo, y no puede ser afectada por la firmeza o flacidez de nuestra constitución, o por la grandeza o pequeñez de la arteria, o porque resida más en el fondo o en la superficie; y es susceptible de ser numerada y, en consecuencia, de ser perfectamente descrita y comunicada a otros”.

Frente a esta reducción del lenguaje del pulso a los dos números que nos indican si tenemos la tensión alta o baja, la medicina china optó por mantener abierta y accesible la complejidad del pulso y la riqueza de su lenguaje, y lo hizo a costa de eludir las ventajas de una traducción rígida al lenguaje común, con la ventaja de que en China el lenguaje es un elemento más (y no hegemónico) y no existe la misma compulsión con respecto a la definición (Hay un libro de François Jullien que explica muy bien este tema, “Si parler va sans dire”). Li Zhongzi lo explica así:

“La sutileza de los principios de los mo ha sido señalada desde la antigüedad. En el pasado existió el Emperador Amarillo, que desarrolló una inteligencia divina desde el momento en que nació. Sin embargo, incluso él comparó [la aprehensión de esos principios] con sondear un profundo abismo y con toparse con
un mar de nubes flotantes. Xu Shuwei dijo: «Los principios de los mo son misteriosos y difíciles de aclarar. Lo que mi mente comprende, mi boca no puede transmitirlo». Todo lo que puede anotarse con pincel y tinta y todo lo que puede expresarse con la boca y la lengua no son más que huellas y parecidos”.

La medicina occidental acabó apostando por la claridad del lenguaje, mientras que la medicina china reconoció que el idioma del pulso no era fácilmente traducible, y a pesar de ello se mantuvo a la escucha. Como comenta irónicamente Kuriyama, la opción de la medicina occidental se parece al que perdió su cartera en la calle y se fue a la calle de al lado a buscarla porque había más luz. En todo caso, la medicina occidental encontró después otros recursos para conocer lo que el pulso ya no le explicaba, esa es otra historia.

Toda esta historia del pulso se me ha quedado en la cabeza por varios motivos. Por un lado, de una manera general, por lo que gana o pierde cada cultura con la opción que escoge. En Occidente se ganó claridad y facilidad de transmisión a través del lenguaje, lo que permite una mayor democratización del conocimiento. En China se ganó seguir manteniendo abierto un canal de información inmediato que puede seguir siendo utilizado incluso en areas rurales sin mucha infraestructura sanitaria. Por otro, y ya desde un punto de vista occidental, por el precio que nos ha supuesto el deseo de claridad y definición, la pérdida de aquella información que no acaba de encajar con el formato en que hemos decidido que tiene que encajar el conocimiento, una información que muchas veces tiene que ver con códigos orgánicos, primarios, que ya tenían su modo de expresión antes de que nos decidiéramos por nuestro formato cultural. Si hemos reducido el pulso a unos datos que nos puede dar una máquina, no tenemos ya muchos argumentos para discutir que una máquina pueda realizar otras muchas funciones que consideramos nuestras. Lo que quizá no es tan evidente es que esas máquinas solo podrán realizar aquellas funciones nuestras que previamente nosotros hemos aceptado reducir a “código máquina”.

Acabo de leer en New Scientist la apuesta que ha hecho Lewis Wolpert con Rupert Sheldrake sobre la posibilidad de predecir el desarrollo completo de un organismo a partir exclusivamente de su genoma, de su DNA. La apuesta de Wolpert es que en 20 años seremos capaces de predecir el comportamiento de casi todas las células de un embrión y la manera como, por división, van a dar lugar a un nuevo organismo. Tal como lo entiendo, se trata de conocer anticipadamente el arbol genealógico de cada célula, su origen y su emplazamiento final en la cabeza, en el estómago o donde sea.

En este caso, Lewis Wolpert apuesta por la hipótesis oficial: la forma de un nuevo organismo está codificada en el ADN, que incluye todo el catálogo de proteinas posibles pero solo libera en cada célula (y en cada posición) las adecuadas para que se vayan diversificando en la formación de las diferentes partes del cuerpo. Lo interesante es que la apuesta la haya hecho con Rupert Sheldrake (del que ya hablé por aquí y que estos días estaba leyendo otra vez), que defiende una hipótesis totalmente diferente en la que el papel “distribuidor” del ADN viene precedido por una teoría de campos. Wolpert apuesta a que la forma final de un organismo está ya codificada en el ADN y puede predecirse si se descifra el genoma, y con esto bastaría. Para Sheldrake esto no basta.

El problema consiste en que todavía no sabemos exactamente como de un embrión cuyas células tienen todas el mismo ADN acaba formándose un organismo con células y partes diferenciadas con morfología y funciones distintas. ¿Qué le dice a una célula cuando tiene que convertirse en higado o en pulmón, o hasta donde puede crecer la lengua? ¿qué le dice, en primer lugar, donde está, para que pueda actuar en consecuencia? La teoría de Wolpert es que las propias células tienen la capacidad de localizar su posición y coordinarse espacialmente a partir de señales moleculares. La objeción de Sheldrake es que todas las células tienen el mismo ADN, y lo que sabemos del ADN es que codifica proteinas, y no acaba de ver claro que en la receta para hacer ladrillos se pueda encontrar el plano del arquitecto. Por aquí lo explica.

As we will see, this model does not work very well. The genetic program is assumed to be identical with DNA, the genetic chemical. The genetic information is coded in DNA and this code forms the genetic program. But such a leap requires projecting onto DNA properties that it does not actually possess. We know what, DNA does: it codes for proteins; it codes for the sequence of amino acids which form proteins. However, there is a big difference between coding for the structure of a protein-a chemical constituent of the organism -and programming the development of an entire organism. It is the difference between making bricks and building a house out of the bricks. You need the bricks to build the house. If you have defective bricks, the house will be defective. But the plan of the house is not contained in the bricks, or the wires, or the beams, or cement. Analogously, DNA only codes for the materials from which the body is constructed: the enzymes, the structural proteins, and so forth. There is no evidence that it also codes for the plan, the form, the morphology of the body. To see this more clearly, think of your arms and legs. The form of the arms and legs is different; it’s obvious that they have a different shape from each other. Yet the chemicals in the arms and legs are identical. The muscles are the same, the nerve cells are the same, the skin cells are the same, and the DNA is the same in all the cells of the arms and legs. In fact, the DNA is the same in all the cells of the body. DNA alone cannot explain the difference inform; something else is necessary to explain form.

Eso que falta para explicar la forma final lo busca Sheldrake a través de una teoría bastante sorprendente, la de los campos morfogenéticos. La forma vendría de alguna manera predeterminada por un campo propio para cada especie, un campo creador de formas. La pregunta es ¿qué clase de campo es éste? Sheldrake lo explica a partir del concepto de campo en física, como el campo electromagnético de Maxwell o el campo gravitatorio de Einstein, una determinada magnitud espacial que condiciona la ocurrencia de los fenómenos que tienen lugar en su interior.

The question of biological development, of morphogenesis, is actually quite open and is the subject of much debate within biology itself. An alternative to the mechanist/reductionist approach, which has been around since the 1920s, is the idea of morphogenetic (form-shaping) fields. In this model, growing organisms are shaped by fields which are both within and around them, fields which contain, as it were, the form of the organism. This is closer to the Aristotelian tradition than to any of the other traditional approaches. As an oak tree develops, the acorn is associated with an oak tree field, an invisible organizing structure which organizes the oak tree’s development; it is like an oak tree mold, within which the developing organism grows. Each species has its own fields, and within each organism there are fields within fields. Within each of us is the field of the whole body; fields for arms and legs and fields for kidneys and livers; within are fields for the different tissues inside these organs, and then fields for the cells, and fields for the sub-cellular structures, and fields for the molecules, and so on. There is a whole series of fields within fields. The essence of the hypothesis I am proposing is that these fields, which are already accepted quite widely within biology, have a kind of in-built memory derived from previous forms of a similar kind. The liver field is shaped by the forms of previous livers and the oak tree field by the forms and organization of previous oak trees. Through the fields, by a process called morphic resonance, the influence of like upon like, there is a connection among similar fields. That means that the field’s structure has a cumulative memory, based on what has happened to the species in the past. This idea applies not only to living organisms but also to protein molecules, crystals, even to atoms. In the realm of crystals, for example, the theory would say that the form a crystal takes depends on its characteristic morphic field. Morphic field is a broader term which includes the fields of both form and behavior; hereafter, I shall use the word morphic field rather than morphogenetic.

Bueno, evidentemente esta hipótesis se coloca a bastante distancia de la aproximación reduccionista a la que estamos acostumbrados. Si el ADN es el responsable final del organismo, la biología ha encontrado finalmente sus átomos, igual que la física creyó encontrar los suyos en un momento dado. No se, no se, en todo caso la apuesta pone una fecha para demostrar el éxito del punto de vista reduccionista, aquí el que más se juega es Wolpert, Sheldrake dispone de más tiempo.

Estoy en modo gráfico. Llevo varios días intentando acabar un post sobre medicina china y no hay manera (por eso van tan lentas las actualizaciones últimamente), en cambio me paso el tiempo viendo y comentando fotografías en Flickr y Deviantart. Así que aquí van + fotos, es lo que hay.

Para no dejar del todo el tema voy a poner una serie de fotos sobre el desnudo en la fotografía china contemporánea (suena a título de exposición seria, ¿no?). Es algo de lo que ya he hablado por aquí, una de las sorpresas de la fotografía china actual es que ha roto con el tabú tradicional sobre el desnudo. No hay una tradición del desnudo en el arte chino como la hay en el griego (a pesar de los inventos de Heinz von Perckhammer), la moral confuciana parece que era muy estricta en estos temas, pero de repente toda una nueva generación de fotógrafos chinos empiezan a retratarse desnudos. Vaya, vaya.

Lo que es curioso es que, en la mayoría de los casos, el modelo es al mismo tiempo el fotógrafo, y si no un amigo. La cosa empezó con las performances que se hacían en el East Village de Pekín a principios de los 90, allí estaban Rong Rong, Ma Liuming, Zhang Huan, Cang Xin, Duan Yingmei y muchos otros. Ya son famosas las fotos de Zhang Huan durante su performance en una letrina (untado de miel y moscas) que tomó Rong Rong, o el paseo de Ma Liuming por la Gran Muralla. Zhang Huan y Ma Liuming también se fotografiaron en una bañera llena de pelos.

10_ZhangHuan4x5_at_300

rong03

200872711484166695

1239772921_Oz7y

c-ZapARBanera

Zhang Huan & Ma Liuming (Third Contact) 1995

Pero el tema ha dado + de si. Huang Yan se pinta el cuerpo con paisajes tradicionales chinos, Chi Peng lo llena todo de aviones y gente desnuda corriendo, Qiu Zhijie se pinta encima señales y letras y Maleonn Ma se monta unas espectaculares escenografías que dan mucho de si.

304014

2008727118856701

chi+peng

chi+peng 1

K19354B004336

2006KZJ001

qiu zhijie3

20075922155703

20075922441265

Y todavía hay ++, los Gao Brothers..

artwork_images_119570_193457_-gaobrothers

ésta genial de Liu Wei

Liu_Wei_ItLooksLikeLand

y una panorámica de Wan Quingsong

2005-d-SMA_l

bueno, y para acabar pongo un video de Yingmen Duan, ilustra muy bien el descubrimiento del desnudo en China