Ayer, mientras mi esforzado masajista chino luchaba con la integridad de mis músculos y escarbaba entre mis tendones, yo no dejaba de sorprenderme de la resistencia que encontraba y de la variada gama de tensiones que llevo encima. La verdad, no me esperaba que tuviera que trabajar tanto, y me di cuenta de que en algunos puntos no pudo acabar el trabajo sencillamente porque resultaba demasiado doloroso y se limitó con buen criterio a llegar a medio camino. Salí con la sensación de que hacía falta más de una sesión para conseguir los resultado que buscaba.

Lo curioso es que cuando conseguía acabar en una zona determinada, yo notaba una sensación de corrientes eléctricas de muy baja intensidad que también he notado a menudo en las sesiones de acupuntura. Con la acupuntura, en algunas sesiones la sensación ha sido muy fuerte, un hormigueo que me recorría el cuerpo y se convertía en la sensación dominante, un tanto etérea, suplantando a la sensación física normal de tener una pierna o un brazo, como si la pierna o el brazo se hubieran dormido y en su lugar notase una placentera sensación de circulación eléctrica e inmaterial. La misma sensación la he tenido con el tai chi, sobre todo en las épocas que lo he practicado a menudo, un momento en que el cuerpo se mueve en oleadas rítmicas de expansión y contracción completamente fluidas, de manera que ya no estás realizando una serie sucesiva de posiciones, como un tren parando en cada estación, sino que las atraviesas a otra velocidad como el AVE.

Siempre he identificado este tipo de sensaciones, a la manera china, como el momento en que el chi empieza a fluir libremente por el cuerpo, lo consigas de la manera que lo consigas, una manera de identificarlo que tiene mala traducción en términos occidentales, ya que hablar de energía resulta muy vago y se ha usado excesivamente para cualquier cosa. Tanto con la acupuntura como con el tai chi, estos momentos han conseguido a veces cambiarme el humor en menos de media hora, empezar cansado o depre o cascarrabias y salir como un niño con ganas de ir al parque a jugar. Pero también es verdad que, sobre todo con la acupuntura, después de notar al día siguiente como de repente se relajaba alguna parte de mi cuerpo en la que no recordaba haber tenido nunca esa sensación (y esto es muy curioso, porque te das cuenta que la sensación familiar ahí nunca ha sido de relajación), también notaba como esa misma zona se volvía a ir tensando con el paso de los días, aunque sin volver a perder del todo la sensibilidad ganada.

Yo he sacado la conclusión particular de que esa tensión que vuelve a sus sitios preferidos está alimentada tanto por las actividades de la vida cotidiana como por el particular mapa de distribución de tensiones y bloqueos de cada cual, en parte generado por dislocaciones del propio cuerpo, como las malas posturas, y en parte por toda la gama de actitudes mentales demasiado complicadas y poco flexibles que se reflejan y se alojan en sitios específicos del cuerpo (y esta distinción entre mente y cuerpo puede que no sea sino una manera de hablar). Y aquí es donde relaciono todo ésto con un libro sobre neurofisiología que he leido este verano, “El error de Descartes” de Antonio Damasio.

El libro contiene una serie de datos y varias hipótesis. Los datos se refieren a la localización de diversas funciones específicas en áreas concretas del cerebro y las hipósesis, a partir de estos datos, se refieren a la implicación de las emociones y la “radiación de fondo” somática en la toma de decisiones y en el funcionamiento de la razón. La idea, y es a lo que apunta el título del libro, contradice la separación entre mente y cuerpo que estableció Descartes y que se convirtió en una característica básica de la filosofía europea. Otro día lo comentaré mejor, que ahora no lo tengo a mano, pero Damascio mantiene que las emociones son fundamentalmente estados corporales, una emoción supone una modificación corporal que el cerebro registra como tal (y el lenguje también cuando habla del corazón acelerado o de un vuelco del estómago), y que participan del escaneado contínuo que el cerebro hace del estado del cuerpo, un ruido de fondo que filtra a un nivel determinado las extensas posibilidades que se le abren a la razón a la hora de decidir. La cartografía que realiza del cerebro le permite seguir la comunicación entre los diferentes estratos evolutivos que cooperan en la toma de decisiones. Algunos de estos estratos, más antiguos, computan señales físicas y emocionales, mientras los más recientes, como el neocortex, toman la decisión final. Su hipótesis es que en los estratos más antiguos se realiza un filtrado de posibilidades de actuación a partir de las huellas emocionalmente favorables o contrarias que dejaron actuaciones anteriores. La ausencia de este filtrado, por lesiones parciales del cerebro, conduce a una situación de análisis disparatadamente exhaustivo que anula la capacidad de resolución. De esta manera las emociones, como modificaciones físicas, tienen un papel en la actividad racional.

Pero este derribo del viejo muro entre razón y emociones, que considera el cuerpo con un único organismo, también puede recorrerse (y es lo que venía pensando ayer después del masaje) en sentido inverso, no ya en el papel que las emociones somáticas cumplen en la toma de decisiones, sino en la huella que el carácter formado por la toma de sucesivas decisiones deja sobre el cuerpo y el ecosistema emocional. El cuerpo puede verse entonces como un mapa físico del carácter, con solturas o ataduras que tienen su origen en estados mentales, y un buen masaje no solo trabaja entonces sobre músculos, tendones y articulaciones, sino también sobre las terminaciones físicas de un estado mental concreto.

Resulta curioso también que la medicina tradicional china, que no ha tenido ni a Platón ni a Descartes, siempre ha considerado al cuerpo como un conjunto de órganos (cada cual como soporte de una emoción dominante), uno de los cuales es el cerebro, y hay una frase famosa de Confucio que viene a decir: si quieres conocer a alguien, observa como actúa, como se mueve. La idea es que no hacen falta muchas preguntas, basta saber obervar.