Voy a contar una historia que hace tiempo tenía ganas de contar, pero me he ido despistando. Esta semana santa estuvo Luis por aquí (por Barcelona) y nos fuimos a tomar unas cervecitas a la Rambla del Raval, cenamos en La Fragua y estuvimos recordando el tiempo en que yo vivía por allí, en un piso que hacía esquina entre la calle Aurora y la calle San Jerónimo, que ahora ya no existe. Desde la calle San Jerónimo a la calle Cadena lo tiraron todo y ahora es Rambla del Raval. El edificio en que yo vivía ahora es un hotel (lo vaciaron y reconstruyeron) y queda enfrente del bar Aurora, que sigue siendo un buen sitio para ir de after.

Pero bueno, lo que quería contar es la historia del Bar "El Pelayo", que estaba en los bajos, haciendo esquina, y de la pensión "La paloma de Valencia", que tenía su sede en los bajos contiguos, al otro lado de la puerta de entrada. "EL Pelayo", con su castizo nombre, ha sido el bar más alucinante que he conocido. La entrada era como una bodega, con su mostrador y su antigua nevera de madera. Enfrente había unas mesitas bajas, y para sentarse habían unos asientos de Citroen reciclados. El local seguía hacia el fondo, donde ya no se veía muy bien que había por la poca luz, pero durante una buena temporada allí tuvieron una cabra atada que se hacía oir.

El mostrador lo atendía la propietaria, una señora encantadora con el pelo recogido en una cola y aspecto de haber tenido cabras y vacas en algún momento de su vida, y Josefina, un travesti con cuerpo de camionero y un crepado rubio espectacular. Parte de la clientela eran huéspedes de "La paloma de Valencia", tios mayores con pinta de haber llevado una vida muy currada y que se pasaban allí el día. En la puerta de "EL Pelayo" se vendía chocolate (casi) las 24 horas del día y yo, cada vez que entraba o salía de casa, saludaba a los camellos como se saluda a un vecino en la escalera. No solía comprar el chocolate allí, porque no me fiaba mucho, pero un día tuve una urgencia (iba a una fiesta) y le compré todas las barritas que llevaba uno de ellos, y me acuerdo que los demás le decían que me hiciera un descuento y me regalara alguna. Ya me conocían y de repente me vieron como cliente prometedor, jeje.

Cuento estas batallitas como un ejemplo de lo que era el Raval antes. Ahora es diferente, claro, y me sigue gustando. La Fragua la han renovado, en la Rambla hacen tertulia los pakis del barrio y cada vez que voy al Stramonium atravieso los grupos de chicas africanas que están trabajando delante del "Marsella". Cuento las dos fotos, la de antes y la de ahora, pero la de antes la cuento porque ya no existe, y era todo un poema, de verdad.

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