Hoy he encontrado en Laie (estaba haciendo tiempo para la sesión de acupuntura… ah!, esto no lo he contado, ya lo contaré), bueno, pues he encontrado el libro de François Jullien (mi sinólogo favorito) en el que responde a las críticas que le hizo Jean François Billeter (otro sinólogo, éste suizo) en un libro con un título demoledor y sorprendente: "Contre François Jullien". Me enteré de esta curiosa polémica por un artículo que publicó Chantal Maillard en mayo del año pasado en El País, y allí resumía la polémica como un contraataque de Billeter a la idea de que el pensamiento chino es inconmensurable con el europeo, y que entenderlo como "lo diferente" con respecto a nosotros (la perspectiva generadora que utiliza Jullien y que comparto) en realidad complica su comprensión innecesariamente. Copio un trozo de artículo de Maillard.

"Billeter acusa a quienes propagaron el mito de la radical diferencia del pensamiento chino con respecto del europeo de haber seleccionado los elementos favorables a esta idea dejando de lado las analogías y los puntos de encuentro que hubiesen creado vías de acceso para la comprensión de un lector occidental. Según el sinólogo, que da por sentada la unidad de la experiencia humana, estos puntos de encuentro son innumerables".

El libro de Billeter contra Jullien no lo he leído (me fio del resumen de Chantal), y de la respuesta de Jullien solo he leido unas cuantas páginas en el metro volviendo a casa, pero el libro de Billeter sobre Zhuangzi sí que lo leí hace tiempo, y a partir de ahí entiendo un poco su perspectiva. Billeter lee a Zhuangzi como si fuera su vecino, y encuentra apoyo en el propio texto porque Zhuangzi utiliza a menudo acciones básicas que puede realizar cualquiera en cualquier lugar para explicar lo que quiere decir. Esto es un tanto a favor de la unidad de la experiencia humana. Hasta aquí todo más o menos correcto.

Pero la diferencia llega cuando lees un comentario al Zhuangzi escrito por un chino. El libro que me ayudó a entender a Zhuangzi (y lo convirtió en uno de mis libros de cabecera) es el comentario de Kuang-Ming Wu a los tres primeros capítulos, que tiene el espléndido título de "The Butterfly as Companion". Ese libro tiene el mismo olor, los mismos ángulos descuadrados, y los mismos espacios y conexiones nuevas que recuerdo de mi estancia de dos años con Gia Fu Feng en Stillpoint, una experiencia cotidiana que para mi es la vara de medir la proximidad de cualquier texto al taoismo y a la cultura china, la única que tengo. Bueno, pues en los libros de François Jullien he encontrado un olor parecido sumado al esfuerzo de abrir espacios nuevos por el contraste entre estas dos culturas, de aprender sobre lo nuestro a partir del contraste con lo ajeno. Y por la experiencia que tuve entonces, ese contraste existe, allí piensan de otra manera.

La tesis más cuestionable/discutible de Billeter es que esa diferencia no es genéticamente cultural, sino que es el resultado de una determinada organización política, el despotismo de un emperador con atributos divinos. De esto se podría deducir que una sociedad europea con la misma organización política pudiera haber dado como resultado una cultura similar. Creo que, aunque éste es un elemento fundamental, hay otros factores que refuerzan la diferencia: una escritura no indoeuropea, una continuidad casi diría que orgánica con las raices del chamanismo, y una atención permanente precisamente a lo que constituye el criterio de interpretación de Billeter, el nivel de la experiencia concreta por detrás del lenguaje, una atención que la cultura europea no ha mantenido, creando una extraordinaria literatura que muchas veces sirve para ocultar la voz de Sancho Panza.

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