Hace unas semanas vi en la tele en Palma una película que me cogió por sorpresa, Código 46. No tenía ni idea de que iba, pero me fui quedando poco a poco con la historia y al final hubiera aplaudido y todo. En realidad es cuando más disfruto el cine, cuando encuentro una historia que me sorprende. Se trata de una película de ciencia-ficción (más o menos) dirigida por Michael Winterbottom en el 2003, con Tim Robbins y Samantha Morton (y la verdad es que nunca me ha gustado mucho Samantha Morton, too british, aunque en esta tiene un pase), pero lo primero que me llamó la atención es que toda la carga sci-fi estaba en el guión porque película estaba rodada en escenarios perfectamente actuales, y funcionaba.

code46

El guión me recordó mucho el estilo de William Gibson, hay alteraciones biológicas, constantes viajes de un lado a otro, de una ciudad a otra (aunque aquí la mayor parte de la acción pasa en Shangay y no en Tokio, el eje se desplaza a China) y una historia de fatalidad humana, casi griega, que es finalmente corregida con un borrado selectivo de la memoria del protagonista. Pero lo que más se me ha quedado de esta película (más que la historia sentimental que contraviene el código 46), es un tema un poco lateral: el protagonista es una especie de investigador de fraudes, un detective, y como herramienta de trabajo se le ha inoculado el virus de la empatía. Si consigue que una persona empiece a hablar con él, el capaz de averiguar lo que está pensando, y utiliza este truco a menudo.

Nunca he visto ninguna película que tratase el tema de la empatía, y es un tema que tenía en la cabeza desde que leí sobre las investigaciones de Giacomo Rizzolatti con las neuronas espejo. Estas neuronas tienen la característica de que no solo se activan cuando realizamos alguna acción, sino también cuando observamos a alguien realizando esa acción, aunque nosotros no la hagamos o, como el protagonista de la peli, cuando podemos recoger lo que piensa o siente otra persona. Reflejan la acción de esa persona como en un espejo interno y permiten hacer propias las acciones, sensaciones y emociones de los demás, son neuronas que tienden puentes más allá del cerebro, sumando una mayor intimidad a los datos que proporcionan los sentidos.

La empatía es un canal de comunicación impresionante que funciona a una frecuencia muy baja, a veces casi imperceptible, pero se nota. Claro que también tiene un riesgo, y es que tiendes a actuar más en función de lo que estás recibiendo que en función de tu propia posición en el escenario (un riesgo relativo), y ese es al final el descargo para Tim Robbins por haber contravenido el código 46 con Samantha Morton. La super-empatía que le habían inoculado le llevó a actuar más allá del papel que tenía fijado (= se enamoró), así que le neutralizan el virus de la empatía y le reconfiguran la memoria para que olvide ese episodio y vuelva con su familia. Se me ha quedado esta historia en la cabeza.

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