Archivos para el mes de: julio, 2007

jajaja!!

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Estos días de playa, siesteo y pura pereza he vuelto leer el periódico de papel por las mañanas, y el sábado leí en El País (no la he encontrado en la edición digital) una entrevista muy interesante con el neurólogo Joaquín Fuster, así que me voy a sacudir la pereza y poner aquí algunos trozos porque el tema vale la pena.

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Lo primero que me llamó la atención es que habla de un cambio de paradigma (y cita expresamente a Kuhn) en los últimos 50 años en neurociencia. Las funciones cognitivas (percepción, atención, memoria, inteligencia y lenguaje) ya no se consideran entidades separadas sino redes distribuidas en circuitos de neuronas que pueden pertenecer a la vez a varias de estas redes. Copio:

“Pero en los últimos años nos hemos dado cuenta de que la cognición, el conocimiento y la memoria, no están situados en regiones determinadas de la corteza cerebral, sino que forman redes corticales, extensamente distribuidas, solapadas unas con otras y que además son interactivas. Por ejemplo, en el caso de la memoria, ahora sabemos que una neurona o un grupo de ellas, puede ser parte de diversas memorias distribuidas ampliamente en la corteza.”

Estas redes tienen un comportamiento complejo (sobre este tema ya escribí en el post sobre GABA), pero lo que me llama la atención es que esta complejidad se extiende al mismo proceso de descubrirla: Fuster explica muy bien como en principio se estudiaba la percepción, la memoria y demás como categorías separadas según una tradición que va de Aristóteles a los empiristas, se estudiaba lo nuevo dentro del marco de conocimientos previo, hasta que lo nuevo fuerza a cambiar el marco y se produce el cambio de paradigma. Lo que se descubre explica además el proceso por el cual se lo descubre (loop!).

Y otro tema (del que estábamos hablando estos días con Jueves) es que, como consecuencia de esta estructura distribuida en red, las emociones pueden influir también en esas funciones cognitivas. Fuster habla en concreto de la relación entre emociones y memoria:

“En la formación de las redes de memoria, el cerebro emocional tiene un papel fundamental. Y a medida que el cerebro se va desarrollando, las memorias y los conocimientos forman redes cada vez más complejas, más asociativas y, al mismo tiempo, cada vez más individuales; la memoria se hace cada vez más idiosincrática porque se construye con la experiencia de cada uno, con la vida.”

También habla de la estratificación jerárquica de los distintos modos de conocimiento, desde las formas más primarias hasta las más asociativas, más amplias y más abstractas. Es el tema que ha trabajado Jeff Hawkins. Bueno, hay un montón de cosas interesantes en la entrevista. Quizá lo fundamental es que la complejidad y las redes van camino de convertirse en un nuevo paradigma no solo en neurociencia sino también en la biología en general, en sociología, en teoría de la información… vaya, que tiene muchos puntos para convertirse en el paradigma científico del siglo XXI.

He encontrado en Google Video una conferencia de Joaquín Fuster en el IBM Almaden Institute 2006 en donde explica el tema con detalle, centrándose sobre todo en la memoria, que ha sido su ámbito principal de investigación (arriba he puesto un pantallazo). Está en inglés y dura 1h 13m.

ayer hice unas cuantas fotos delante de casa y luego apliqué el pegado mágico a la moda (pequeñas diversiones veraniegas)

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Pues ya estoy en Palma, después de un tránsito un poco accidentado por Barcelona (llegué el martes y tenía billete para aquí el miércoles, pero perdí el avión y al final llegué ayer). Del Atlántico al Mediterráneo. Estos días en la playa de Bolonia han sido de puro relax, la costa de Cádiz es realmente algo digno de verse (ya me lo habían dicho), kilómetros de playa vacía en donde no ha llegado la urbanización que lo arrasa todo. He encontrado esta estupenda foto en Flickr.

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Que no se haya construido en parte es gracias al levante. Cuando sopla vacía las playas de bañistas y las llena de windsurfistas, y supongo que ningún promotor se arriesga a que el levante le arruine la temporada. Hubo dos días en que el viento se hizo el dueño de la playa, era como caminar por una tormenta en el desierto, se te clavaba la arena en la piel. Entonces llegaban los windsurfistas, y así nos íbamos turnando. Cuando hay levante el paisaje trepida de una manera salvaje, y cuando calma la playa es un paraiso casi vacío.

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En un extremo de la playa están las ruinas de Baelo Claudia (foto Flickr), una ciudad romana que prosperó gracias a la pesca, una ciudad importante y bastante bien conservada. Es curioso que sea tan poco conocida. El teatro, la basílica y el foro están casi enteros y por allí estuve rascándome la piel con esas piedras latinas, la mar de contento.

De noche veíamos con Fernando y Lola las luces de Tanger al otro lado del estrecho, tomando cervecitas en la terraza de su apartamento, e incluso las luces de los coches. Está así de cerca. Hay un fastferry que hace Tánger-Tarifa en una media hora, lástima que no llevé el pasaporte porque me hubiera gustado volver a Tanger, aunque fuera a dar un paseo. A la vuelta pensé en darme una vuelta por Sevilla, pero hacía tal calorazo que cogí un taxi y me fui directo al aeropuerto. Y plis plas, ahora estoy en Palma, en casa del brother con la playa delante (ya llevo el moreno bastante adelantado).

Por cierto, el amigo grafitero de Julieta me hizo este retrato sin que yo me diera cuenta, y la verdad es que le salió muy logrado.

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Y para acabar esta serie de posts “en diferido” voy a poner una entrevista a DJ Spooky que le hicieron los sevillanos de Zemos98 en el 2005. De DJ Spooky ya hablé en un post anterior, es un tipo interesante y, entre otras cosas, practica el arte del bricolaje que defendía el otro día David de Ugarte en el Ateneu. El texto está a dos columnas y no he podido cortar y pegar, así que he hecho dos pantallazos del pdf y ha salido solo medio bien. La letra ha quedado un poco pequeña, pero creo que se puede leer.

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Ahora voy a poner otro capítulo de un libro (me estoy aficionando a los posts largos). El libro se llama “El poder de las redes” y es un libro que tiene David de Ugarte “en construcción” desde hace algún tiempo. Le ví hace poco dando una charla en el Ateneu de Barcelona (tengo un post sobre aquel día por ahí abajo), y he vuelto a leer el libro, que me había bajado hace unos meses. Pongo el capítulo que habla de los blogs.

De la pluriarquía a la blogsfera

En toda estructura descentralizada aparece necesariamente la jerarquía. Cuanto más
arriba estemos en la pirámide informacional, menos dependeremos de otros para
recibir la información y más posibilidades de transmitirla tendremos. La visión de un
suceso dada por una noticia de agencia de prensa mundial llegará al último rincón del
planeta mientras que la de la prensa local –siquiera sea la del mismo lugar– apenas
cruzará las fronteras más cercanas… así sean opuestas y la local esté mejor
fundamentada. Las declaraciones del secretario general de un partido llegarán a todos
sus miembros a través de los canales internos, pero las del secretario de un pueblo no
saldrán de los límites de su ayuntamiento.

La capacidad para transmitir es la capacidad para unir voluntades, para convocar,
para actuar. La capacidad para transmitir es una condición previa a la acción política.
Y en toda estructura descentralizada está concentrada, en realidad, en unos pocos
nodos.

En las redes distribuidas, por definición, nadie depende de nadie en exclusiva para
poder alcanzar a otro cualquiera con su mensaje. No hay filtros únicos. En ambos
tipos de red “todo conecta con todo”, pero en las distribuidas la diferencia está en que
un emisor cualquiera no tiene que pasar necesariamente y siempre por los mismos
para poder llegar a otros. El periódico local no tiene que convencer de su punto de
vista al periodista de la agencia encargado de su zona y el secretario del partido de
turno en un pueblo no tiene que convencer a toda la ristra de secretarios comarcales,
provinciales y regionales para poder llegar a sus compañeros en otros lugares.
Entonces, ¿las redes distribuidas no tienen formas políticas de organización? No, lo
que pasa es que estamos tan hechos a vivir en redes de poder descentralizadas que
confundimos la organización de la representación con la organización de la acción
colectiva. La perversión de la descentralización ha llegado a tal punto que
“democracia” se ha hecho sinónimo de elección de representantes, es decir de nodos
filtro.

Lo que define a una red distribuida es, como dicen Alexander Bard y Jan Söderqvist,
que “todo actor individual decide sobre sí mismo, pero carece de la capacidad y
de la oportunidad para decidir sobre cualquiera de los demás actores”.
En este sentido toda red distribuida es una red de iguales, aunque haya nodos más
conectados que otros. Pero lo importante es que en un sistema así la toma de
decisiones no es binaria. No es “sí” o “no”. Es “en mayor o menor medida”.
Alguien propone y se suma quien quiere. La dimensión de la acción dependerá de las
simpatías y grado de acuerdo que suscite la propuesta. Este sistema se llama
pluriarquía y, según los mismos autores,

“hace imposible mantener la noción fundamental de democracia, donde la
mayoría decide sobre la minoría cuando se producen diferencias de
opinión”.
Aunque la mayoría no sólo no simpatizara sino que se manifestara en contra de una
proposición, no podría evitar su realización. La democracia en este sentido es un
sistema de escasez: la colectividad tiene que elegir entre una cosa y otra, entre un
filtro y otro, entre un representante y otro.

Con un sistema pluriárquico es comprensible por qué en las redes no existe
“dirección” en el sentido tradicional, pero también por qué inevitablemente surgen en
su interior grupos cuyo principal objetivo es dar fluidez al funcionamiento y los flujos
de la red. Son grupos especializados en proponer acciones de conjunto y facilitarlas.
No suelen estar orientados hacia fuera sino hacia el interior, aunque inevitablemente
acaben siendo tomados, desde fuera, por la representación del conjunto de la red o
cuando menos como la materialización de la identidad que les define. Estos grupos
son los netócratas de cada red, sus líderes en un cierto sentido, pues no pueden tomar
decisiones pero juegan con su trayectoria, prestigio e identificación con los valores
que aglutinan la red o parte de ella, a la hora de proponer acciones comunes.
¿Qué pasa cuando una estructura distribuida se enfrenta a una descentralizada? Pues
que la descentralizada lleva las de ganar en capacidad de movilización y rapidez de
reflejos. Ejemplos no faltan en los últimos años de gobernantes que han pensado que
bastaría con controlar los filtros tradicionales (prensa y TV) para condicionar a los
ciudadanos asegurándose de que sólo les llegaría la información conveniente. El
trasfondo de las nuevas redes informacionales distribuidas les opondría sin embargo a
miles de ciudadanos en las calles. En algunos casos (Filipinas, España…) les llevaron
a abandonar el poder. Pero lo importante no es tanto el resultado como el fondo que
sintomatizaron.

Se han llenado miles de páginas sólo intentando entender en qué se basaban las
cadenas de SMS, el poder del “boca a boca” electrónico, pero en realidad eso es sólo
la punta del iceberg. La verdad es que estas ciberturbas habrían sido impensables sin
el nacimiento de un nuevo medio de comunicación distribuido.

Cuando Himanen escribió La ética del hacker su modelo estaba en las comunidades
de desarrollo de software libre. Unos años después la misma lógica de la información
distribuida ha llegado al terreno de la información general y construcción de opinión
pública. La clave: las bitácoras (blogs).

Los blogs son sistemas personales, automáticos y sencillos de publicación que al
extenderse han permitido el nacimiento del primer gran medio de comunicación
distribuido de la historia: la blogsfera, un entorno informativo en el que se
reproducen los presupuestos, las condiciones y los resultados del mundo pluriárquico.
Los bloggers representan lo contrario del periodista. Como los hackers de Himanen,
rara vez se especializan, escriben igual sobre los avatares de su vida personal que
sobre temas de actualidad internacional o local. El autor es a veces fuente directa,
muchas veces analista de otros bloggers y fuentes y casi siempre seleccionador de
terceras fuentes para sus lectores. En los blogs la vida personal del autor no se separa
de la información general y la opinión. Y esa no separación entre vida, trabajo e ideas
es una traducción directa de la ética hacker, una negación práctica de la división del
trabajo propia de las redes jerárquicas descentralizadas.

El incentivo del blogger además es el prestigio, el número de lectores, el de enlaces y
citas publicadas por otros bloggers como él. La blogsfera es un medio casi totalmente
desmonetarizado. El sistema de incentivos que lo sostiene es similar al del software
libre; es un entorno pluriárquico basado en el prestigio que evidentemente generará
netocracias más o menos volátiles para cada subred identitaria.

En conjunto, la blogsfera tiende a eliminar la separación emisor/receptor (es una red
distribuida donde todos pueden publicar) característica de los medios de los modelos
centralizado (ensayado en los países que sufrieron regímenes totalitarios como
España) y descentralizado (modelo mediático anglosajón democrático).

Su potencia reside en que desaparece de hecho la capacidad de filtro: eliminar o
filtrar a un nodo o un conjunto de nodos no frenará el acceso a la información. Al
contrario del sistema informativo descentralizado nacido del telégrafo, es imposible
“cortar puentes” y controlar la información que llega a los nodos finales mediante el
control de unos cuantos emisores.

Resumiendo, la gran red global de bitácoras (la “blogsfera”) representa el primer
medio global de comunicación distribuida y reproduce todas las categorías de la
“ética hacker”.

Respecto a la figura del blogger, los viejos medios de comunicación le tacharán de
“intruso” o aficionado sin credibilidad, igual que las grandes firmas de software
privativo tachaban de amateurs a los desarrolladores de software libre (antes de
adaptar la mayoría de ellas, con la vieja IBM, Sun y Novell a la cabeza, sus modelos
de negocio a los nuevos sistemas de propiedad copyleft).

Y es que el blogger es la continuación en la esfera informativa del hacker (el
bricoleur). Un “antiprofesional”. Alguien irreducible a las viejas categorías gremiales
nacidas de la estructura descentralizada que colgaba de los grandes nodos del poder
mediático. La idea del ejercicio del periodismo como actividad, como una habilidad
específica que precisaba de unos conocimientos propios y que nace con la industria
de la información no es ninguna novedad. Pulitzer vaticinaba en 1904 que, antes de
que terminara el siglo XX, las escuelas de periodismo serían aceptadas como
instituciones de enseñanza superior, a semejanza de las facultades de Derecho o
Medicina…

Cuando Pulitzer, un tycoon de la comunicación, dice esto está precisamente
expresando las necesidades del entonces naciente sistema informativo
descentralizado en contraposición a la estructura local y dispersa de los pioneros del
periodismo americano.

Pulitzer piensa desde un modelo empresarial industrial en el que le hacen falta
trabajadores especializados en redactar noticias al modo en que hacen falta ingenieros
para diseñar sistemas de amortiguación. Por eso pide al sistema educativo que se los
forme. Se acababa el tiempo de los Mark Twain, de los periodistas que eran al tiempo
activistas, como el inolvidable director de periódico local en El hombre que mató a
Liberty Valance.

La información del siglo XX sigue el patrón estructural descentralizado de las redes
de telecomunicaciones sobre las que se asentaba. La información sería un producto
comercializado en exclusiva por los ciudadanos Kane y los estados. Eran los tiempos
del Ford T y el taylorismo, se acababa el viejo concepto del profesional: ahora
profesional equivale sólo a especialización con conocimientos técnicos o
humanísticos superiores. Se olvida la idea de la profesión como hecho político-moral
(de profesar) para igualarse a gremio cualificado.

Es la lógica del periódico como fábrica de noticias, como mediación informativa
insustituible y necesaria. Genera sus propios mitos: el periodista no es ya un activista,
sino un técnico, un mediador necesario que protagoniza la libertad de expresión y
garantiza el derecho colectivo a la información (“El público tiene derecho a saber”).
Mitos que encubren una realidad, el sistema informativo industrial. Un sistema
descentralizado clásico en el que para poder emitir opiniones o visiones de la realidad
es necesario contar con un capital equivalente al requerido para montar una fábrica,
del mismo modo que para editar un disco o publicar un libro hacen faltan todavía una
discográfica o una editorial respectivamente.

En el modelo del ecosistema informativo descentralizado, los medios son (¿eran?) los
cancerberos de la información, la cual extraían unos profesionales llamados
periodistas, de la misma realidad, dándole su primera forma textual: la noticia. Los
periódicos eran pues el resultado de una actividad profesional especializada que se
aderezaba con la opinión de una serie de firmas, valiosas por su posición en el árbol
jerárquico y, se suponía, mejor informadas. La materialización mítica de la figura del
periodista era el corresponsal, un señor descontextualizado al que se enviaba –con
notables costes– a lugares apartados donde ocurrían sucesos que se juzgaban dignos
de ser relatados como noticias. La mejora de los sistemas de comunicación no han
mejorado ni cambiado la estructura de este sistema, sólo aumentado su inmediatez
hasta el límite: el periodista empotrado de la guerra de Iraq.

En la enredadera hipertextual las fuentes aparecen en cambio en forma hipertextual y
prácticamente en tiempo real, siendo aportadas por los propios protagonistas. Por eso
en la nueva estructura reticular de la información el centro del periodismo ya no está
en la redacción, en el paso de la información de hecho a noticia, que era lo que daba
sentido a la figura del periodista, sino en la selección de fuentes que están, de todas
formas, inmediata y directamente disponibles al lector. Esto es lo que hacen la mayor
parte de las bitácoras y, por definición, los press-clippings. Lo que aportan es la
selección de fuentes desde una mirada propia. E igual que ya no toca entender un
periódico como un “fabricante de noticias”, la firma, la opinión, ya no se fundamenta
en la mejor información supuesta a una persona, ya que la red da a todo el mundo
acceso a las fuentes. Lo importante ahora es la interpretación y el análisis. Es decir, el
componente deliberativo que señala la aparición de una verdadera esfera pública
ciudadana no mediada industrialmente.

Se trata de un producto del proceso más característico del nacimiento de la sociedad
de redes distribuidas y la expansión de nuestra autonomía personal respecto a las
instituciones. Ganamos autonomía, por ejemplo, cuando podemos escribir en nuestra
propia bitácora y establecer con otros la relación de medio y de fuente, siendo parte
de ese periódico mural que hacemos todos por las mañanas con las pestañas de
nuestro navegador. Es decir, la red nos permite actuar socialmente a cierta escala sin
tener que contar con la mediación de instituciones externas, nos permite actuar de
hecho como “instituciones individuales” y en ese sentido ser mucho más libres, tener
más opciones.

En la práctica, la emergencia de una esfera informativa pluriárquica, que es lo que en
forma primitiva representan la blogsfera, los agregadores identitarios y los nuevos
press-clippings personales, supone un verdadero proceso de reorganización del poder
que tiende a una estructura de informacion distribuida.

Un nuevo ecosistema mediático que por su misma arquitectura asegura de modo más
robusto el acceso a la información. El 13-M, cuando los periódicos modificaron
titulares a petición del presidente del Gobierno, hubieron de enfrentarse a un
verdadero swarming. Al romper por tanto la división entre emisores y receptores, la
nueva estructura de la información acaba con el periodista como técnico
especializado, haciendo a cada uno periodista de su propio medio o, mejor dicho,
nodo del gran medio reticular y distribuido que sería la blogsfera como un todo.
No hay que llorar la perspectiva de la muerte del periodista como figura profesional
diferenciada ni que temer el fin de los media que hasta ahora monopolizaban la
representación de la realidad e instrumentalizaban la democracia. Bajo la blogsfera
actual late la potencialidad de una redistribución del poder informativo en la
ciudadanía donde ningún nodo sea imprescindible ni determinante, donde todos
seamos igualmente relevantes en potencia. Bajo los blogs late, por primera vez, la
pluriarquía como posibilidad social real.

Así como el software libre representa un nuevo tipo de bien público no estatal, la
blogsfera es un medio de comunicación distribuido, público y gratuito transnacional.
La primera esfera pública democrática real y prácticamente universal. Si los media y
sobre todo la televisión habían privatizado la vida pública y el debate político,
reduciendo el imaginario a un espectáculo totalitario producido industrialmente según
los mismos patrones de la producción de las cosas, la blogsfera representa el
comienzo de una verdadera reconquista de la información y el imaginario como
creaciones colectivas y desmercantilizadas.

Pero como manifestación en la esfera informativa del fin de la división y la
especialización propias de las redes descentralizadas, la blogsfera no sólo pondrá en
jaque a los media. Toda estructura de información lleva tras de sí una estructura de
poder. Los cambios en la estructura de la esfera informativa son jaques al sistema de
representación política. Si en la práctica la blogsfera erosiona la representación
mediática, ¿cómo iba a permanecer incólume la representación de los mediadores
políticos profesionales?

Al fin, bajo la emergencia de las redes distribuidas se dibuja una perspectiva social y
política: un mundo de fronteras difuminadas sin mediadores profesionalizados y
“necesarios”, sin élites filtradoras “insustituibles”. La blogsfera adelanta
características que lo serán de las nuevas formas de organización política
pluriárquica.

Aquí va otra lectura que también tiene que ver con Cádiz (donde a estas horas estaré de vacaciones). El viaje que hizo José Ribas en setenta y pico, pasando por el Madrid de la premovida (por aquellos años yo también andaba por el Rastro Y La Bobia), para presentar Ajoblanco en Cádiz. Por aquellos años la gente de Barcelona se movía por un lado y por otro, luego esto dejó de pasar, y creo que ahora otra vez todo el mundo se mueve por todas partes. Bueno, aquí va lo que cuenta José Ribas:

Acabada la cena, fuimos al Pastís, el pequeño local de doña Carmen, una mujer que siempre iba con un delantal blanco impoluto. En aquella minúscula taberna nunca dejaba de sonar el repertorio completo de Edith Piaf. Un pintor amigo de José y de mi hermana Rosa, Luis Claramunt, un visionario que vivía en una buhardilla de la Plaza Real, bebía absenta en la barra y se enrolló con nosotros. Fue él quien propuso seguir la noche en el Cádiz.
El Cádiz era el más cálido de los salones de baile del Barrio Chino que habían sobrevivido a la posguerra. Cristina y yo, que no solíamos tomar copas, aprendimos a bailar el pasodoble entre risas de galanteo. Nuestro baile desperezó a los escasos bravucones y prostitutas que se levantaron con desidia de las mesas a imitarnos. Algunos de los marines de la VI Flota atracada en el puerto, que vegetaban por el antro, desenfundaron unas cámaras de fotos tan aparatosas como molestas y se pusieron a disparar. Ana y José cuchicheaban con Claramunt en la pequeña barra junto a paredes cubiertas de cañas que sugerían ambiente caribeño. El local estaba plagado de pinturas caribeñas que representaban casas con patios porticados invadidos de verdor.
La pequeña banda, que tocaba boleros y guajiras, desafinaba, especialmente las trompetas que iban desde el quiero hasta el no puedo con impulso alicaído. De pronto, un buscavidas que bebía ajenjo pellizcó a Ana hasta retorcerle un cacho de nalga. Ana, que como cualquier mujer metida en el mundo de la cultura era feminista, dejó caer el combinado al suelo mientras exclamaba, entre indignados aspavientos: “¡No me lo puedo creer!”. La que resultó ser novia del agresor, una puta que parecía surgida de un cuadro de Max Beckmann, estuvo en un tris de lanzar a Ana un buen escupitajo de propina. La mujer creyó que había sido mi amiga quien había provocado al único hombre que aún le hacía carantoñas de Pascuas a Ramos. José, con la ayuda de un legionario que era un plasta, plantó cara a quien parecía encargado del local. El legionario le explicaba a José que el atacante era un chuloputas y que pasaba pasta a un guardia urbano que amenazaba con cerrarle un prostíbulo. Y no sé qué más contó acerca de unas meretrices que no querían pasar control sanitario en la consulta del primo del guardia urbano. Todos hablaban al mismo tiempo.

El único camarero joven, tras secar los restos de combinado de la minifalda de Ana con una gamuza, se tocó el sexo, la miró con sonrisa de deseo y le dijo: “Mañana libro, te espero en el Copacabana”.
En la puerta del establecimiento, los cuchicheos iban en aumento. Unos salieron afuera y otros, desde los garitos contiguos, entraron a cotillear qué es lo que ocurría. El local se llenó de ansia de trifulca.

Al fin, la puta ofendida cambió de onda. Tras girar en redondo en medio de la pista, lanzó una sonrisa, extendiendo la mano a todo el local. El agresor levantó los brazos en plan cómico y, juntando las palmas de ambas manos, le mandó a Ana el beso de la disculpa. Y luego besó a su puta. Nosotros, tras un ataque de risa floja, nos pusimos a bailar entrelazados y en corro la canción Soy lo prohibido.

Una puta adolescente que bebía gin con peppermint le dijo algo a un viejo desdentado que llevaba una americana verde y paseaba por la pista con porte de figura. El camarero joven susurró que aquel tipo, con el pelo teñido de rubio peinado hacia atrás, había sido cantante y antigua gloria del Paralelo. La orquesta, por orden del tipo sin dientes, improvisó un cancán muy popular bajo la batuta de un maestro que rejuveneció treinta años en un instante.

Las putas gordas, delgadas, jóvenes y viejas conquistaron la pista como poseídas por la música de un tiempo que fue libre y feliz. Ana se metió entre ellas. Las piernas iban y venían sin ton ni son, algunas ni siquiera conseguían alcanzar los cuarenta centímetros.

“¡Pero si Ana se ha transformado en una heroína de French Cancan de Renoir!” -comentó José con ojos de plato.

Tartesos

Hasta marzo de 1976 no tuvimos más que un leve incidente con el Ministerio de Información y Turismo por distribuir el número dos antes de pasar por el registro, el requisito que sustituía a la censura previa. Durante aquellos meses de lance político, los juzgados y la policía actuaban de forma aleatoria, por lo que convenía ser prudente. Mi estrategia consistía en mantener una educación esmerada con los funcionarios mientras trataba de sonsacarles la actitud con que afrontar la situación. Los responsables de la delegación de Barcelona exhibían moderación y apostaban en voz baja por la democracia, siempre que fuera pacífica, por lo que el trato resultaba bastante amable. Tanta indulgencia para con nosotros sorprendía a algunos compañeros, especialmente a Barnils. “¿Acaso tenemos bula papal?”, preguntaba. El desmadre erótico fue la excusa para imponer a El Papus y Papillón multas de doscientas cincuenta mil pesetas y una suspensión de cuatro meses, por no hablar de los colegas de Star que seguían sin permiso. Yo le explicaba a Barnils mis conversaciones en la delegación y él se mondaba de risa. “Hay que ser más que astuto hasta que tengamos los colectivos formados. Me preocupa la sección de sexualidad pero no creo que pierdan un minuto en leer nuestra revista. Hago todo lo posible para que piensen que somos más ingenuos de lo que en realidad somos”, le explicaba. “Eres buen actor”, comentaba Barnils entre coñas.
El día que llegamos de Cádiz supe que la Guardia Civil estuvo a punto de detenernos en aquella ciudad a Luis Racionero, a Carles Carbó y a mí. El delegado del Ministerio de Información y Turismo en Barcelona, un tal señor Pardo, pasó a Gobernación un informe favorable en el último minuto que nos salvó.

Jesús Fernández Palacios, un profesor de instituto de Cádiz, me había enviado una carta la primavera anterior. Le llamé por teléfono y convinimos una serie de colaboraciones. La primera que mandó fue una poesía que publicamos en el número seis, a continuación envió una crónica sobre las culturas informales del sur y para el diez una entrevista al cantaor Antonio de Mairena. A principios de febrero me anunció telefónicamente que los alumnos de la recién creada Facultad de Letras proponían “oficiar una presentación” de la revista. También invitaban a Racionero a dar una charla. Como algunos de nosotros íbamos a ir a las fallas de Valencia fijamos la presentación para el jueves 4 de marzo. Antes pasaría por Madrid a consolidar el equipo y la distribución paralela.
Partí en coche con Carles Carbó, un freak muy joven que vivía en una comuna urbana y vendía números atrasados en las facultades barcelonesas. Por vez primera iba a conocer Andalucía occidental y sentía una mezcla de emoción y curiosidad. Nuestra primera parada fue Zaragoza. Muchachos afines a Carles y entusiastas de la revista nos ayudaron a colgar carteles en las facultades. En un garito del barrio del Tubo, charlamos con Curro Fatas, del grupo de teatro independiente El Grifo, y a la mañana siguiente visitamos al director de An-
dalán. No hacía mucho habían editado un especial “Cataluña y Aragón” cuya presentación en el Centro Aragonés de Barcelona estuvo muy concurrida. Luego contacté con Javier Delgado, un colaborador de Andalán que iba a escribir sobre música y cultura aragonesa.

En Madrid me instalé tres días en casa de César Luque. Nuestro socio vivía solo en un piso muy amplio mientras preparaba las oposiciones para registrador de la propiedad. Nada más llegar me dijo malhumorado que apenas salía y que no podría acompañarme a ningún lugar ni hablar de nada ya que el preparador le exigía una barbaridad. Llamé al inquieto Fernando Gálligo Estévez que, tras convertirse en el miembro más activo de Madrid, buscaba extender una red de ajoblanqueros por la ciudad. Escribía poemas que mezclaba con fotografías hasta transformarlos en unos fotomontajes que publicaba en la sección “La Bombonera” de Nueva Lente. Quedamos en el Parador de Moncloa. Le pedí descargar cuanto antes los fardos de revistas que colapsaban mi coche. Fernando era un muchacho delgado, moreno, asilvestrado y anarco que habló con fanatismo del artista alemán John Heartfield, su maestro, durante el trayecto hasta un piso vacío junto al Manzanares que hacía de almacén de cuanto vendían y producían los miembros de Cascorro Factory. Heartfield, me explicó, había sido una de las referencias del movimiento dadá de Berlín y buen amigo de George Grosz, con quien había desarrollado el collage y el fotomontaje como arma para denunciar el odio que los alemanes sentían contra los ingleses en los años veinte. Un culo con orejas, un hombre con un balón de fútbol por cabeza, otro con cara de tigre. Yo quise conocer las vicisitudes que habían hecho posible que Vibraciones editase El Carajillo, un tebeo underground producido por Cascorro Factory. Por fin había aparecido en Madrid un colectivo underground similar a los que existían en Barcelona.

El domingo conocí al resto de sus integrantes en la parada que habían montado en El Rastro. Quedamos en comer en La Bobia. No estaban satisfechos del trato con la sociedad de Vibraciones, pero no se sentían empresarios y no sabían cómo editarlo ellos mismos ni cómo organizarse. Por mi parte, trataba de convencer a Fernando Gálligo para que escribiese una crónica con las novedades de la capital. Argumentaba que no era periodista y que sólo pensaba enviar a Fernando Mir una buena guía de Madrid. A diferencia de Barcelona, en Madrid los lugares estaban dispersos y no existía un barrio liberado como las Ramblas o la Ribera. Me habló de cuatro librerías: Fuentetaja, Antonio Machado, Visor y la libertaria Panorama; de tres galerías de arte de vanguardia: Bandrés, en Ramón de la Cruz; Boades, en Claudio Coello, y Redor, la que más le interesaba, dirigida por Tino Calabuig, donde además de los artistas conceptuales y de gente de los Black Panthers habían expuesto los fotomontajes de Josep Renau y de John Heartfield. La Vaquería era el local, junto a La Bobia, que más frecuentaban y donde les permitían exponer collages y viñetas.

La parada de El Rastro estaba junto a la Casa de Socorro. Un grupo de melenudos se estaban fumando un porro mientras vendían La Piraña, ejemplares antiguos de Star, Ajoblanco, Carajillo, El Rrollo y prensa alternativa de diferentes países. Fernando me pasó un tebeo que se llamaba Clavelito Ceesepudo, mostrándome una de sus historietas: Tu amor huele a cebolla. Su autor era el genial Ceesepe, que llevaba greñas y parecía un pasota. Hablaba con entonación cantarina entre suspiros y utilizando expresiones chelis que daban risa. No tardé en darme cuenta de su inteligencia aguda y de que las ideas que le movían eran similares a las nuestras. Los miembros de Cascorro Factory eran menos pasotas que los de El Rrollo, más políticos y también más extremados en la forma de vestir. Madrid marcaba un ritmo asfixiante. Ceesepe me regaló un Carajillo. La portada, un hombre sentado en la boca del metro tocando un acordeón y con una pierna ortopédica fuera de sitio, la había realizado Juan Ramón Ortega, que también corría por allí. En Entra en mis sueños, Ceesepe combinaba en las viñetas dibujos de estrellas de rock con fotografías tratadas en plan muy lisérgico. Se cargaba a los mitos del rock por haberse integrado en la industria musical y mostraba el desasosiego de los jóvenes por el tipo de sociedad que señalaban los hermanos mayores. Estaba más que enfadado: “Los héroes del rock como Bob Dylan han olvidado el hippismo y se han integrado en la industria cultural para vivir como capitostes en grandes mansiones”. Tras una pausa que llenó con un suspiro, Ceesepe apostilló: “La gente tiene la cabeza llena de mierda y no puede pensar”.

Fuimos a parar a La Bobia donde me presentaron a El Zurdo, un tipo agudo que un año después montaría con Alaska el fanzine Kaka de Luxe, y a Alberto García Alix, que ya hacía fotos que publicaba en Nueva Lente. La pandilla soñaba con montar una comuna desmadrada en el barrio. Ceesepe vivía con sus padres en las afueras de Madrid; Fernando Gálligo y los otros, con los suyos respectivos. Recuerdo una animada charla en la que surgió un tema que gastaba mucha saliva entre los jóvenes de entonces: ¿artistas o artesanos? Ceesepe y Fernando defendían la labor del artesano mientras los otros querían ser artistas. Para mí la opción estaba clara. El verdadero artesano trabaja en comunidad, ama el oficio por encima de todo y es poco presuntuoso, con lo que difícilmente se deja utilizar por las multinacionales ni rebaja la calidad para vender cualquier artilugio a millones de consumidores.

Una de aquellas noches fui a parar a la cafetería que estaba en los sótanos del teatro María Guerrero. En aquel ambiente contestatario y bohemio di con Iván Zulueta y Félix Rotaeta. Iván era un donostiarra maldito y psicodélico que capturaba imágenes en el formato que fuese. En 1971, había organizado junto a Mario Pacheco aquel festival de música progresiva de Madrid que acabó, por imperativo legal, en un garaje del barrio de Tetuán. Por lo que contó, sentía devoción por 2001 de Stanley Kubrick y por los cuentos de Edgar Allan Poe. Félix era un apasionado actor libertario que había fundado la compañía de teatro independiente Los Goliardos y que iba a impulsar a Pedro Almodóvar no sólo con buenos consejos sino con su dinero para que pudiera transformar el cómic Pepi, Luci y Bom en película. La amena conversación entre un montón de copas y caladas de porro siguió en La Vaquería, donde estaba la gente de Cascorro Factory. Iván, obsesionado con las posibilidades del cine experimental, contaba lo duro que era Madrid a causa de los apaleamientos a izquierdistas por parte de las pandas de bárbaros de Blas Piñar, que actuaban cada vez con más impunidad. “¡Como esto siga así no sé lo que puede liar!” La librería Alberti acababa de ser destruida. Emilio Sola, el coordinador del colectivo que había fundado La Vaquería, comentó que había recibido varias amenazas anónimas. Emilio medio vivía en un piso enorme que estaba enfrente al que llamaban “la casona”. La comuna era un desmadre de gente que entraba y salía. “Si alguna madrugada se presentan los guerrilleros ocurrirá una desgracia.” Comentó que el bar iba mejor de lo esperado, que en Madrid cada vez había más poetas y que estaba harto de que costara tanto publicar. Luego habló de un tal Juan, que pretendía ocupar la casona para montar un despacho laboralista. “Es un libertario de la nueva CNT”, subrayó. “¿La CNT renace?”, pregunté con sorpresa. “El 8 de febrero hubo una reunión de la federación Centro y pronto las habrá en Barcelona y Valencia.”

Juan Ramón Ortega, de Cascorro, buen amigo del tipo, cortó el tema y explicó el proyecto de una pequeña editorial independiente, la Banda de Moebius, de poesía inconformista. La idea prosperó y Juan Luis Recio, el editor, consiguió publicar a García Calvo, a Haro Ibars y a Mariano Antolín Rato entre otros muchos. Aún recuerdo el logotipo de Ceesepe: un niño de primera comunión con un misal en la mano y el pene cortado chorreando sangre.

Zulueta me invitó a una muestra de obras audiovisuales fuera de toda convención que se iba a celebrar a principios de abril en Ondar de Madrid, un estudio de arte donde él pasaría su película A mal gam a, y un joven muy desmadrado que se llamaba Almodóvar unos cuantos cortos en Súper 8. También me dijo que Enrique López, del Ajo, le había invitado a la Segunda Muestra de Cine en Súper 8. Las relaciones entre Madrid y Barcelona empezaban a ser fluidas.

En Sevilla recogimos a Luis Racionero, que llegó en avión, y aparcamos junto a los jardines del Alcázar. Yo había quedado en la puerta de la universidad con los estudiantes que seguían sin enviarme el especial “Sevilla”. Los muchachos colaboraban con Joaquín Salvador, uno de los popes de la fenecida movida sevillana. Se notaba mucha tensión en la zona, medio acordonada por los grises. Tras un conato de manifestación tuve que correr hasta el bar acristalado de los jardines de Murillo, donde esperaban Luis y Carles Carbó. “Una vez más los duendes nos van a cortocircuitar el número de Sevilla”, dije malhumorado. O bien los chicos habían pasado de la cita o la boicotearon los grises. Al volver al coche, las maletas de Carles y mía, que se habían quedado sobre el asiento de atrás, habían desaparecido. El cristal estaba roto. “¡Mi diario!”, exclamé con enojo.

Recuerdo entre brumas un local pequeño en la calle Sierpes donde topamos con Pau Riba y Ana Carmona, y una visita relámpago a La Cuadra de Paco Lira con Diego Carrasco, al que encargamos una colaboración sobre la contracultura olvidada de Sevilla. Diego, un cronista bueno que aspiraba a ser escritor, decía que Sevilla era una ciudad de chispazos vitales inexplicables y que no comprendía cómo la explosión de rebeldía vital que protagonizó la juventud sevillana entre 1966 y 1972 no salía en los papeles. Hablaba del anarquismo andaluz, de los ocho siglos de dominación árabe, del subdesarrollo, del analfabetismo, de los gitanos. “Aquí existe una flexibilidad sensitiva poco común.” Por lo visto, la galería de vanguardia, la M 11, que habían montado los jovencísimos Quico Rivas y Juan Manuel Bonet, había desaparecido y ambos se habían trasladado a Madrid. “Sevilla es inconsistente, los proyectos van y vienen y nadie reflexiona sobre el porqué.”

Luis quería comer pescadito frito frente al mar y buscamos un chiringuito en Sanlúcar de Barrameda. Al anochecer llegamos a Cádiz y nos instalamos en una habitación con literas en el Colegio Mayor Chaminade. Sin pérdida de tiempo, Jesús Fernández Palacios nos metió en el ambiente. Jesús era un tipo leído y muy cachondo formado en Argentina. Le recuerdo próximo, pues me impresionó su erudición sin pretensiones, sus juegos de palabras y su amor desinteresado por la cultura. Estaba casado y cojeaba. La gente de su ambiente detestaba a José María Pemán, el poeta del régimen que había publicado Mis encuentros con Franco y puesto letra al himno nacional. “El glorioso autor del Divino Impaciente convoca y reúne en almuerzos de gentileza a pelotas -en palabras de Eduardo de Ory- y a las viudas castrenses”, proclamó un miembro de nuestra comitiva con un deje andaluz saleroso y antiguo. Como en tantos lugares, la cultura independiente malvivía en pequeños cafés de tarde y madrugada, en parroquias progres y en trastiendas de librería. Jesús nos paseó por los distintos focos. En el almacén de la librería Mignon asistimos, entre humos de costo, a una animada tertulia sobre las teorías sexuales de Wilhelm Reich y las canciones de Víctor Jara y Violeta Parra. En la Plaza Mina, algunos vegetaban tirados por los suelos. Carles Carbó, con la excusa de la desaparecida Star, de la que toda aquella gente era fan, se lió con una adolescente con pelambrera a lo Janis Joplin.

La presentación de Ajoblanco fue un hito. Dos docenas de estudiantes de filosofía cubiertos con túnicas blancas ribeteadas de dorado simularon una mágica ceremonia tartesia. Aparecieron por una ventana y se colocaron sobre la tarima del aula. Iban con antorchas y formaron un corro que se agrandaba y juntaba imitando el vaivén marino. De pronto sacaron una gran banana centroamericana. El más alto extendió el brazo, mostró la pieza entre el griterío de la concurrencia y con la otra mano empezó a pelarla. De golpe apuntó al público obscenamente mientras sus compañeros lanzaban unas octavillas con el “Manifiesto de un visionario” que habíamos publicado en el número dos. Un montón de huevos salidos del escenario fueron a estrellarse contra los quinientos asistentes que llenaban el aula con la fortuna de que uno estalló en la nariz del cónsul de Francia y otro en la sonrosada mejilla del de Alemania. El acto, dijeron, fue la primera manifestación pública en favor del famoso carnaval de Cádiz, prohibido por Franco. “El carnaval ha de volver”, repetía una y otra vez Jesús.

Lo primero que voy a poner en estas “lecturas veraniegas” (para que se vaya actualizando el blog mientras estoy de vacaciones en Cádiz con Fernando & family) pues va a ser un capítulo del libro que Fernando está escribiendo, la salvaje batalla entre el clan de los Reyes y el clan del Chino en una escalera del barrio sevillano del las Tres Mil Viviendas. Estaba buscando un trozo para poner aquí, pero al final lo voy a poner entero. Es un poco largo para un post, pero la verdad, no sabría por donde cortarlo. Es muy bueno.

 
Cuidao

Afilad armas, aprestad escudos,
dad un buen pienso a los ligeros corceles
e inspeccionad los carros con esmero,
apercibiendoos para la lucha,
ya que durante todo el día
ha de poneros a prueba el siniestro Ares.
Homero: “La Ilíada”.

Sevilla, Las Tres Mil Viviendas, marzo de 1982

Los Reyes no eran oriundos de la calle San Luis. Ni siquiera del barrio de la Macarena. Ni tampoco de las Tres Mil Viviendas. Vivieron en las márgenes del Guadalquivir cuando pasa por Coria del Río, luego se les cambió la chabola por un piso en el barrio gitano de Sevilla, las Tres Mil Viviendas, un descampado sembrado de bloques baratos donde llueven desde las ventanas las bolsas de basura, y a los butaneros no les da la gana de subir en sus lomos las pesadas bombonas de butano, por miedo o porque no queda un ascensor vivo, ni una bombilla en las entradas de los edificios, y cuidao con los patinazos que hay charcos en los portales, y cuidao… sube la escalera con el mechero cual antorcha de mojones y mucho ojo si te esperan a la salida. Tal es la leyenda. Pero no hay leyenda para los gitanos. No la hubo para los Reyes, y allí vivieron hasta que fueron deshonrados por el Chino, o por sus hijos, que viene a ser lo mismo, y José Reyes se vio obligado a vengar la afrenta para recuperar el honor.

…iluminaban la escalera con los mecheros, no con la llama sino con el chispazo breve y continuo que se produce al hacer rodar la ruedecilla que fricciona la piedra chas chas, no queda ya ni gas en los mecheros. Pero es igual, la chispa alumbra, el chispazo es suficiente para que los furiosos primos, los encrespados cuñados, los tíos furibundos y demás varones aliados de los Reyes sigan subiendo la escalera -ya van los de vanguardia por el primer piso- y ojo que los escalones mojados resbalan. En primera línea avanza el padre, José Reyes, vestido de negro desde el sombrero hasta los zapatos, con su cayado de nudos y la recortada medio oculta en la camisa negra; detrás, armados con sendas albaceteñas de siete muelles y la correspondiente vara gitana flexible y puntiaguda, van los dos hijos mayores, Luis y Rafael Reyes Fernández. Emilio, el hermano que le sigue a Rafael, se protege con un azadón -ya usado otras veces con fines bélicos y buenos resultados- y sube tras sus dos mayores pero delante de los tres primos Fernández que suben accionando los mecheros, y uno, el Fernández chico, guarda un revólver con las cachas nacaradas en el bolsillo trasero de sus pantalones. Sus hermanos gastan hacha y machete de dos cuartas. Y más atrás más familia todavía, hombres jóvenes y no tan jóvenes que siguen entrando en el bloque donde en el tercer piso letra b se refugia el Chino con su familia y compinches más allegados. Entra en el bloque la última tanda de gitanos y cuidao con ese charco, cuidao con la escalera que patinan los peldaños, y sobre todo mucho cuidao a la entrada porque no es broma que vuelan las bolsas de basura, y no precisamente la cotidiana lluvia de basuras y desperdicios que se dirige desde las ventanas de los pisos al sitio donde alguna vez hubo un contenedor, sin otra intención que la muy humana de sacar la basura a la calle. Esta vez, esta noche, son muchas las ventanas con vistas al descampao que se abren para que las gitanas -porque son las mujeres quienes se ocupan de tales labores artilleras- saquen por ellas sus orondos y morenos brazos y dejen caer la humillante inmundicia sobre las huestes enemigas; así hostigan a sus rivales lanzando desde sus ventanas bolsas de basura que revientan en explosiones mudas de olores y porquerías al tomar contacto contra el suelo o contra las personas si hay suertecilla y se acierta. Algunas de estas bolsas van abiertas y sueltan sus basuras por los aires para que vuele la mierda y los papeles cagados, y caigan vacías pero letales latas de atún abiertas con los filos que cortan como el diablo y cuidao con los cascos vacíos de las cervezonas, que eso si te da en la chola acabate. -¡Pero… serán guarros! -¡Cuidao con las ventanas, que están tirando bolsas de basura! -avisa a gritos un gitano joven y guapo. Una monda de patata le asoma apoyada en la oreja, como el que lleva un lápiz estilo tendero llamado Antonio o un cigarrillo reservao pa luego. -Primo, llevas una monda de papa en la oreja. -No me extraña, con la que está cayendo -no se extraña el primo que además se lame la sangre de una mano que se fue a cortar con los filos de una de esas traidoras latas de atún.

Pero ya es igual porque consiguió entrar y ya está dentro del bloque, en el portal y dispuesto a iniciar el ascenso junto con los últimos rezagados que lucen peladuras de naranja, zurrapa de café en calvas y melenas, una corteza de melón roída hasta la transparencia posada en un hombro como un periquito… y a ese primo, que ha recibido lo suyo, se le ha colado un más que masticado hueso de pollo en un bolsillo de sus calzonas talegueras. Ya suben los gitanos iluminando las oscuras escaleras con los mecheros chas chas, es la costumbre, quedan en las Tres Mil pocos bloques a los que llegue la corriente eléctrica. La luz. En la tienda de la suegra del Chino tienen el monopolio de las velas y no permiten ningún tipo de competencia en el barrio. Como fieras se ponen si alguien se atreve a vender otras velas que no sean las suyas, las velas de la suegra del Chino. -Cuidao con el Chino… lo quiere todo el hijo la gran puta. José Reyes sube la escalera consciente de que ya no es posible retroceder y le da un poco de yuyo; él se conformaría con que le devolvieran la grifa que le han sirlao a su Pedrito, su hijo más chico, incluso cree que le bastaría con una disculpa, claro que habría de ser muy sentida y muy sincera, “un reconocimiento de mi autoridad como gitano, sino viejo sí mayor, coño, que por mucho que quieras tú no habías nacido aun cuando yo ya era un hombre, Chino, y me debes un respeto, y un cierto acatamiento, como hombre y como gitano.” Ensayaba una especie de discurso José Reyes. Él, antes de lanzarse al degüello quisiera hablar, intentar un arreglo entre el Chino y él, pero mira hacia atrás, no a sus hijos, que a sus hijos les dice por aquí y es por aquí, sino a los primos Fernández que son tela marinera y están llegando al descansillo del primero, y más atrás, a toda la patulea que acaba de entrar en el bloque, y sabe que ya no hay retroceso. Tela marinera los Fernández.

Pero no han llegado al segundo piso cuando se oye el chirrido del cerrojo que se descorre, voces, gritos, más cerrojos, puertas que se abren en el segundo, dos más en el primero, no se sabe cuantas en el tercero, da igual, las que sean, lo que importa son los gitanos que de pronto salen de los pisos y rodean a los Reyes y sus aliados, por arriba, por abajo y por los flancos. Los mecheros chas chas centellean ahora en todos los rellanos y escaleras del bloque. Los gitanos se miran en silencio, los dos bandos, las manos posadas en los puños de los bastones, tamborilean los dedos en los mangos de las hachas, acarician las culatas. Se miran y se remiran sin insultarse ni maldecirse, en tétrico silencio. Quietos. Se miran y hay deseo de guerra en los ojos entornados y los labios prietos. No tan quietos. Alguien con los nervios patina en el peldaño mojado y va a caer, se agarra del primo y cerca están de caer los dos. -¡Coño, Julián, que me caes! -¡Joé, primo, perdona! ¡esto patina como dios! No caen pero se inicia un amago de movimiento en las filas de ambos bandos. Desde el tercero, donde está atrincherado con sus leales, el Chino asoma la cabeza por el hueco de la escalera y lanza un aviso.

-¡Reyes! ¡No sigas subiendo, hazme caso y no seas julai! ¡lárgate por donde has venido! José Reyes detiene su ascensión y con él todo aquel que le acompaña. Toma aire pausadamente antes de decir: -Chino ¿podemos hablar? -Habla.

Y entonces se le queda la mente en blanco a José Reyes, huye de su cerebro la pequeña perorata que preparó en el camino. Por el hueco de la escalera la cabeza del Chino aparece y desaparece iluminada o no por las chispas de los mecheros. ¿Qué decir? Lo único que se le ocurre.

-¡Chino, devuélveme la grifa! -¿Se están riendo? -pregunta Luis, el hijo mayor. Le parece oír que se ríen por allí arriba, en el tercero. Han dejado de sonar los mecheros y todo queda a oscuras por un momento, y efectivamente, parece que se oyen risas por ahí arriba. José Reyes está a punto de dar la media vuelta y decir “vámonos, y el Chino que se fume toa la grifa y así reviente.” Pero no puede. ¿Por qué no puede? Es lo mismo que si quisiera volar, o no morir nunca, o ser jefe de estado: Imposibles. Y el caso es que su situación en la escalera es delicada, rodeados por los fieles del Chino que los miran en silencio, quietos, preparadas las armas. Otra vez los mecheros chas chas chas, vuelve la luz de chispas, el centelleo intermitente hace que las escaleras semejen una discoteca y parece todo una fotografía tras otra tras otra pasando a gran velocidad. A ese ritmo contesta el Chino: -¿Tu grifa? Me la he fumao, la he vendío y me he gastao los jayares. ¿Y ahora qué? -Chino… me has faltao el respeto. -Cucha… el respeto.
-¡Se están riendo! -acusa Luis Reyes, y es verdad, suenan risotadas en el tercero, y en complicidad con el buen humor del Chino se sonríen sus vigilantes compinches, armados y empalmaos con los cuchillos en las puertas que se abrieron, en los rellanos, en las escaleras, rodeando y sin quitar nunca el ojo a los Reyes y familiares. Les ha hecho gracia; “cucha… el respeto.” Ciertas cosas jamás las consentirá un gitano, entre ellas que el hijo de la gran puta de oros venga a reírse de sus mayores.
-¡Vamos! -ruge Emilio- ¡Vamos ya! ¡Qué esperamos! -Y blande el azadón con sus poderosos brazos.

El clamor estalla. Reyes y aliados suben, los compinches del Chino bajan, salen de los pisos en oleadas, atacan desde todos los puntos agitando bastones, cuchillos, hachas y puños, pero no hay distancia para tomar demasiada carrerilla y el encontronazo se produce rápido y violento. Los tres hijos de José Reyes son los primeros en trabar contacto. Luis Reyes, la mente fría y el rostro inexpresivo, ha desplegado la hoja de su albaceteña -crac crac crac hasta siete veces sonaron sus muelles- y con la otra mano empuña su fina y flexible vara de bambú. Será precisamente esa vara la que produzca la primera herida de la noche -swisss- un fino silbido en el aire hasta encontrar el rostro del mayor de los hijos del Chino, Ismael, justo uno de los cerdos que le quitó la grifa a su hermano y que por ser responsable de la guerra va en primera línea, en la vanguardia, según lo dispuso su padre, Antonio Martínez “el Chino”. Cuando la vara se aleja ya del rostro de Ismael una delgada raya encarnada aparece en su mejilla, y no se ha repuesto de la sorpresa cuando la albaceteña de Luis cae sobre su muñeca y el dolor y la impresión de la sangre le hacen soltar la picha de toro, la misma con la que golpeó a Pedrito para quitarle la grifa que el pequeño Reyes vendía a la hora del recreo en la escuela. Un primo de Ismael quiere evitar más castigo y se lanza a defenderlo blandiendo contra Luis un bastón de hierro. -¡Para, hijo de puta, que lo vas a marar! -aúlla y descarga el bastón contra la cabeza de Luis, pero ahí está su hermano Rafael al quite interponiendo su vara. El bastón, más pesado, quiebra el bambú pero se desvía lo suficiente para que Luis Reyes esquive el bastonazo y el primo pierda la posición para no volver ya a recuperarla, pues, y por la espalda, como es su estilo, Emilio remata la faena con un azadonazo que quita de en medio al primo entrometido.

Entrecortadas, fijas, intermitentes las imágenes por el curioso efecto de la chispa azul de los mecheros, hay ambiente de “boite”, sólo faltaría una poca música para que esto degenerase en baile, pero no la hay, la única música son las pavorosas maldiciones que se cruzan por las escaleras, que rebotan de rellano en rellano, los terribles juramentos y el crujido de los huesos al quebrarse. Tal es la música de esta boite improvisada y siniestra en un bloque barato de las Tres Mil. Faltan quizá las parejas magreándose en la oscuridad, si bien tienen su sucedáneo en los gitanos guerreros que se enzarzan también en parejas, incluso en tríos, hostias en vez de caricias y dentelladas en lugar de besos.

Han caído gitanos de uno y otro bando y se forma un tapón entre el primer y segundo piso, así los gitanos de atrás no tienen forma de seguir avanzando, de acceder a la batalla. José Reyes, ajeno a tapones, detiene su ascenso y, protegido por sus hijos, prepara la recortada, la abre y con suma parsimonia -rodeado por el caos y los alaridos de los descalabrados- introduce los dos cartuchos, la cierra con seco movimiento -cle clac- y dirigiendo su voz al negro hueco de la escalera vocea: -¡Chino! ¡Chino! -destaca su vozarrón sobre el fragor formidable de la batalla. -¡Dejadme pasar, joé! ¡Dejad paso! -No hay manera de que uno de los Fernández, Genaro Fernández Cobos, pueda acceder a la refriega, atascado entre el primero y segundo piso. -No te empeñes, Genaro. No te hagas mala sangre, que ya ves que cuando no se puede no se puede. -¡Chino! ¡Chino, da la cara! -Poco a poco, escalón por escalón, José Reyes se acerca al tercer piso. Hace ya algún rato que el Chino ha enmudecido, no se le oye bravuconear, y mucho menos reír. A pesar de la inicial desventaja, a pesar de ser menos y peor situados, los Reyes y sus aliados en la guerra están ganando las mejores posiciones.
-¡A tomar por culo! -celebra su triunfo Juan Fernández cuando descalabra al hermano pequeño del Chino, Isidoro, 19 años, con su larga porra de policía ¡plom! En toda la coronilla, salpica la sangre, le brillan los ojos, grita salvaje en la oscuridad mientras el cuerpo abatido cae por las escaleras, rueda hasta que lo frenan las botas con puntera de hierro de otro Fernández, Genaro, que pasa por encima suyo pisándole la cara y entra por fin en batalla repartiendo mandobles a ciegas.

-¡Canallas, no me hace falta ni ver! ¡perros! Sólo hay luz donde los taponamientos, gitanos que mientras no entran en batalla siguen dale que te pego con los mecheros chas chas, y en los rellanos donde gitanas y niños mantienen alguna vela encendida con la puerta de su casa abierta y preparada para la pronta huída. Porque ahí donde se reparte la leña están casi a oscuras, ningún combatiente se entretiene en darle a la ruedecita para que salte la chispa.

Qué diestro es Emilio con su azadón, no lo haría tan bien ni con tanto entusiasmo si tuviera que emplearlo en el campo para remover la tierra o escachifar la remolacha. Emilio es quizás el hermano Reyes que más disfruta la violencia. El azadón es arma letal, pero su pericia llega al punto de golpear lo justo para romper sin matar, lo hace con el azadón de lado, de forma que te descalabra sin asesinarte. Elige siempre, si puede, atacar por la espalda sin descuidar las suyas. El mismo caos de la batalla le ayuda a aplicar su estrategia, pero ahora un gitano enjuto y largo como un fideo le ataca de cara, debe ser pariente cercano del Chino porque tiene los mismos ojos rasgados, la misma nariz aplastada. Ataca con un machete de doble filo con la punta rota para desgarrar mejor allá donde penetre. Emilio establece una distancia conveniente con el azadón pero el rival es rápido y hábil con su arma, lanza viajes que Emilio va pasar preocupantemente cerca, tiene que ceder terreno y en una de ésas, al esquivar un machetazo dirigido a su costado, despega su espalda de la protección de la pared y el gitano del machete ya no le deja recuperar su posición. Luchan en el primer tramo de escaleras que media entre el segundo piso y el tercero, situado el achinado rival unos peldaños más arriba que Emilio, quien ahora, cuando el enemigo le come más y más el espacio, tiene serios problemas para manejar el azadón, es más, sin querer, y debido a la proximidad entre sí de todos los combatientes, ha golpeado a su hermano Rafael al echar hacia atrás el arma. -¡Ay! ¡Me cago en tus mulas toas, Emilio, coño! -se queja el hermano, se lleva la mano a la frente donde golpeó sin querer y de refilón la temible azada. -Si es que no quepo -se disculpa Emilio.

Y es verdad, no hay sitio, el poco que había se lo quita ahora otro rival que acude en ayuda del chinoide. -¡Te vas a tragar esa azada con papas, perra! -amenaza el recién llegado blandiendo una pesada tubería de plomo.

No se sabe nunca donde coño mira el Bizco. Eso vale para desconcertar a los enemigos, por eso el tubería cree que Emilio mira hacia su hermano en busca de ayuda, cree que Emilio ha descuidado la vigilancia, y en ese momento en el que piensa que su rival ha desviado la concentrada mirada que vigila los movimientos de su tubería, en ese momento ataca. Craso error. En realidad es cuando más pendiente estaba, más que nunca, porque aunque mirara hacia su hermano lo que veía eran los ojos del rival, y los ojos lo dicen todo, cuando van a atacar y cuando no, así que cuando la tubería desciende tras tomar impulso, la cabeza del Bizco ya no está, sólo encuentra el vacío, y no se ha recuperado aun del fallido golpe cuando el azadón le golpea en dos tiempos, uno: con el mango en el estómago; dos: con el canto de la hoja en la chola, y suelta la tubería -clon, clon, rueda por los peldaños- y así desarmado, sangrante la cabeza, dolorido el estómago, huye el gitano escaleras abajo.

Clon, clon, rueda la tubería un buen trecho, escalón tras escalón pasa justo por el lado de Santiago Martínez, el hermano mayor del Chino que recién acaba de enviar al limbo a Paco Romero, el del kiosco de chucherías en Las Vegas. Clon, clon, pisa Santiago la rodante tubería con sus botos camperos de Ubrique, la detiene, se agacha, la recoge. Es zocato, así que la empuña con su mano izquierda, la aprieta con mucha fuerza -blancos los nudillos- y dirigiendo su torva mirada hacia Emilio Reyes sube despacio los peldaños que le separan del Bizco, quien ya tiene al luchador del machete acorralado y a punto de asestarle el azadonazo definitivo, tan seguro de su victoria que descuida las espaldas, y al alzar el apero para descargarlo contra el machetero descubre en los ojos del rival algo que no es el terror esperado, y eso le hace dudar, por un brevísimo instante queda arriba la azada, suspendida, y entonces y de repente entiende, intuye, sabe que tiene alguien a sus espaldas, pero ha pasado medio segundo y ha perdido todas las opciones, no le da tiempo de volverse pero sí para ver el triunfo reflejado en los ojos del acorralado rival casi al mismo tiempo que su coronilla recibe por detrás el plomo de la pesada y gris tubería. Suelta el azadón, cae de rodillas, inclina la cabeza y ofrece inconsciente la nuca. Arriba el machete se dispone el gitano a darle la puntilla. -¡No! -tiene un punto de piedad o de prudencia Santiago Martínez cuando el gitano del machete se dispone a la ejecución. -¡Se han cargao al Emilio! -corre el rumor por las escaleras- ¡Le han dao mulé al Emilio! -¡Se han cargao al Emilio! -llega la noticia a oídos de su padre que duda entre seguir su camino directo al Chino o bajar y atender al hijo descalabrado. -¿Lo han marao? -pregunta con angustia. -Vámonos de aquí, quiyo, aligera -sugiere Santiago de la Tubería cuando el machetero mira el cuerpo del Bizco que se desplomó definitivamente y yace boca abajo, con la duda de si por lo menos -y ya que no lo va a matar- meterle o no una cuarta de machete por el culo. -¿Pero lo han marao? -nadie contesta la pregunta de José Reyes -Yo me voy -asegura Santiago Martínez, pero no se va. Agarra del brazo al compañero del machete y tira de él.

Demasiado tarde. Como verdaderas bestias se les echan encima dos de los Fernándeces, la tubería de plomo sale volando por la violencia del choque, caen los cuatro sobre el cuerpo yacente de Emilio, cae también el machete peldaños abajo, uno, dos, tres, hasta detenerse y quedar sin dueño, libre y solitario, su hoja mellada con los tintes rojos de la sangre Emiliana. Los Fernández, a la misma vez, machacan cabezas y estómagos, sin armas, a puñetazo limpio, la vengativa furia se cierne como un pajarraco sobre sus oponentes y ciega sus ojos, castiga sus rostros, nubla su mente, grazna en sus oídos hasta ensordecerlos. Santiago Martínez y el gitano del machete caen vencidos. A la misma vez, los Fernández se levantan vencedores y estrechan sus manos.

Hay muchos heridos ya por ambas partes y los combatientes no se calman, siguen empujando los Reyes, aguantando los Chinos. -Chino, devuélveles la grifa y que se najen -sugiere un hermano del Chino cuando ve con desesperación que la guerra llega sin remedio al rellano del tercero, donde los familiares más próximos del Chino, hermanos, hijos mayores, y el mismo Chino en persona aprestan sus armas y se preparan para el combate.

Escaleras abajo las imprecaciones, los insultos de uno y otro bando se cruzan, se enredan y se desenredan, forman bucles sonoros, juramentos que se rizan por las escaleras, por el hueco de la escalera, en los descansillos. Vuelan las maldiciones, se arrastran, trepan, se enlazan y desenlazan en el fragor de la contienda. Cae, se desprende la cal y la pintura de las paredes, grandes desconchones, salta el yeso a pedazos y caen esquirlas de algo en alguna parte.

Regados por el sudor y la sangre los Reyes aúllan, golpean, insultan, avasallan y avanzan quebrando la moral de los enemigos. Más de uno quisiera huir, pero los tapones en la escalera lo impiden. Aquellos que salieron de los pisos creyendo que emboscaban a los Reyes se dan cuenta de que la maniobra resultó inútil -el poco espacio entre los contendientes anuló cualquier ventaja- y ahora intentan volver a sus viviendas. -¡No huyáis, mamonas! ¡Dad la cara! -ruge Juan Fernández ebrio de sangre y victoria, patea la puerta del segundo primera tras la cual quiso escabullirse nada menos que el suegro del Chino y la derriba de formidable coz con sus botas militares, salta el cerrojo, vuelan los tornillos que lo sujetaban a la madera, entra Juan enarbolando su hacha y destroza lo que encuentra, que no es mucho, la mesa camilla, un florero, la televisión, alguna silla, un sillón que seguro era exclusivo de las posaderas del suegro que debe estar escondido en la cocina, o tras el pestillo del cuarto de baño. -¡Sal a pelear como los tíos, mujereta!

Fueron sus últimas palabras. Ni siquiera vio desde dónde le dispararon, oyó el estruendo seco del primer disparo y lo sintió penetrarle en el costado, pero ya no oyó el segundo, el que lo acabó de rematar cuando todavía estaba de pie, y eso que la bala le entró por una oreja y salió por la otra, como para no oírla. Pues no la oyó. Murió de pie, y de pie estuvo aún unos segundos en misterioso equilibrio, hasta que se doblaron sus rodillas. Muerto. La primera muerte. Va a caer al suelo, pero Genaro Fernández, hermano del recién caído, entra justo después del segundo disparo y tiene tiempo de recogerlo en sus brazos antes de que el cadáver se derrumbe y caiga definitivamente; es su hermano y lo tiene muerto entre sus brazos con los grandes ojos abiertos que parece que le miren. Mana la sangre por grandes boquetes en la cabeza y el costado izquierdo, y Genaro no puede evitar que un ligero mareo haga temblar la mano que ya dirige hacia el bolsillo trasero de sus pantalones de pana donde apalanca su viejo revólver con las cachas nacaradas. Raimundo Cuéllar, autor de los disparos y suegro del Chino, contempla el cuadro de los hermanos y la muerte desde la barricada que con prodigiosa rapidez ha levantado en la cocina, contempla y apunta al hermano vivo, vuelve a disparar su pistolón y la bala se lleva de paseo el lóbulo del mareado Genaro. -Caguen la leche jodía. Qué suerte tiene ese calorro -se lamenta Raimundo por el disparo fallido.

Todavía bajo los efectos del inoportuno mareo y con media oreja menos Genaro quiere sacar el revólver, no puede, lo tiene como atrancado en el bolsillo. Aguanta el cadáver de su hermano, pero lo suelta, lo deja caer cuando ve que Raimundo apunta cuidadosamente y aprieta el gatillo. Cierra Genaro los ojos en espera del impacto mientras el cuerpo del hermano resbala lentamente de sus brazos al suelo de losas frías y moteadas. Aprieta el gatillo Raimundo… y nada, está encasquillado, aprieta una y otra vez, nada. La lentitud con que ha caído el finado Fernández contrasta con el nervio de Raimundo y sus
intentos de desencasquillar el atorado pistolón.. Genaro lo mismo, tiene un hilo o lo que sea enganchado en alguna parte del revólver que le impide sacar el arma de su bolsillo. Desiste finalmente Genaro y se decide por el ataque frontal.
-Qué pasa, Raimundo, aligera con la pipa que voy a por ti.

Raimundo se estremece. Los Fernández son terroríficos, lo sabe, son temibles, lo sabe, y él ha matado a uno y tiene a otro delante, vivo, ganoso de vengar a su hermano. -Aligera, Raimundo, gigona -avisa Genaro y empieza su avance, pasa por encima de Juan Fernández, un pie y el otro pie, un paso hacia la barricada, Raimundo frenético oprime una y otra vez el gatillo borde, el gatillo sin fruto, el gatillo estéril, ni siquiera intenta la huída, o encerrarse en el baño cuya puerta está ahí, en la misma cocina donde levantó la barricada. Dos poderosas manos alzan su cuerpo de gitano viejo y lo hacen atravesar en volandas la improvisada protección de mesas, sillas y trastos que fabricó en un santiamén Raimundo Cuellar, suegro del Chino, matador de Juan Fernández. -Me voy a buscar una ruina, fijo -pronostica Genaro Fernández cuando sus manos empiezan a apretar el cuello de Raimundo.

Y mientras tanto, el avance hacia los puestos del Chino es imparable. Disparan desde el tercero, una vez, otra vez, otra vez, disparos de pistola; un movimiento de terror y retroceso se produce entre los asaltantes y son varios los cuerpos que ruedan por las escaleras. Contra viento y marea, ajeno al formidable estruendo de los disparos, José Reyes prosigue la ascensión, sube, zumban a su alrededor las balas, silban siniestras en la oscuridad, pasa por encima del cuerpo de su hijo Luis, que resbaló, ha quedado tendido en los escalones y no se atreve a ponerse de pie. -¡Papa! ¡papa! ¡tírate al suelo, papa! ¡al suelo! -suplica Luis Reyes, le agarra desde el suelo la pernera del negro pantalón, tironea hacia abajo. -¡Lo han marao! ¡Han marao al Juan! -aúlla desesperado Julián, el tercer Fernández-. ¡Tito! ¡Tito! ¡le han dao mulé! ¡lo han marao!

José Reyes oye el fúnebre lamento de Julián y de violenta patada se libera de la garra del hijo en la pernera de su pantalón. -¡Déjame, leches! Prosigue la ascensión. -¡Tito! ¡Tito! ¡Han marao a mi Juan! ¡tito, han marao a mi Juan! ¡le han dao mulé! -¡Papa! ¡por tus hijos, papa! ¡por tus hijos! ¡por nosotros, papa! ¡no sigas subiendo! -Rafael se unía también a las súplicas de Luis. Y eran súplicas sinceras.

No son, por supuesto, los únicos y desgarradores lamentos. Ayes, alaridos, insultos, juramentos, maldiciones y porrazos se siguen escuchando por todo el bloque. Arriba, en el rellano del tercero, el Chino acaba de vaciar el cargador de su pistola, el descansillo está a oscuras y sobre el fragor del combate se destacan los aullidos de dolor de Julián Fernández por la muerte de su hermano. Nadie se da cuenta de que José Reyes asoma por el tramo final de la escalera, sube pegado a la pared, despacio, muy despacio, todo a oscuras, no queda ya ni piedra en los mecheros, lento y silencioso como sombra ajena a la lucha que tiene lugar en la escalera, ajeno a los gitanos que pelean a su mismísimo lado, él avanza, avanza hacia el resplandor que en el descansillo del tercer piso produce una linterna de pilas aportada por un cuñao del Chino. Nadie lo vio, nadie se dio cuenta. -Chino.
-¡Eh? Me cago en D… -tiene a José Reyes enfrente de él, ha surgido de las sombras. La blasfemia, automática, surge de los labios del Chino, y le hubiera gustado completarla, pero ya están los dos cartuchos, más veloces que las palabras, saliendo por los cañones mutilados de la recortada que apunta justo entre los rasgados ojos por los que todos en las Tres Mil te llamaron “el Chino”, Chino.

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Ya estoy de vacaciones, y mañana, miércoles, me voy a la playa de Bolonia, en Cádiz (cerquita de Tarifa), a pasar unos días con Fernando, Lola y Julieta. Luego me iré a Palma, a casa del brother, que vive a cinco pasos de la playa, así que si este verano no vuelvo con un moreno de concurso ya lo dejo correr. Fernando explica maravillas de Bolonia, y he encontrado esta foto que promete.

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Bueno, como decía ayer, he encontrado un texto que explica muy bien que la distribución de los videos de YouTube en blogs y demás es lo que le da a YouTube un valor añadido fundamental. Ya comenté un poco este tema cuando puse la “Fit song” de Cornelius y me di cuenta de que al final del video aparecía el menú de YouTube que antes solo aparecía en su web. Este cambio es una apuesta por el valor de la distribución, no es necesario pasar por la web de YouTube para utilizar alguna de sus opciones, las distribuyen con cada video.

Bueno, el texto en cuestión se llama “Nine Propositions Towards a Cultural Theory of YouTube”, lo encontré en el blog de Siva Vaidhyanathan (un blog muy interesante) y el autor es Henry Jenkins, co-director del MIT Comparative Media Studies. Las nueve proposiciones son interesantes, pero voy a poner aquí la cuarta, que es la que viene al caso:

4. YouTube’s value depends heavily upon its deployment via other social networking sites — with content gaining much greater visibility and circulation when promoted via blogs, Live Journal, MySpace, and the like. While some people come and surf YouTube, it’s real breakthrough came in making it easy for people to spread its content across the web. In that regard, YouTube represents a shift away from an era of stickiness (where the goal was to attract and hold spectators on your site, like a roach motel) and towards an era where the highest value is in spreadability (a term which emphasizes the active agency of consumers in creating value and heightening awareness through their circulation of media content.)

Esto quiere decir que si yo pongo aquí un video de YouTube, lo estoy haciendo visible de dos maneras: primero, haciéndolo accesible a aquellos que no van a ir a YouTube a buscarlo, o que no van a encontrar las palabras correctas para la búsqueda, ahorrando ese trabajo. En Internet no basta con que algo ya esté en un sitio para que sea universalmente accesible, cada nueva distribución lo hace accesible para un nicho determinado de internautas. Se hace cada vez más accesible a partir de un árbol sucesivo de distribuciones. En segundo lugar, también lo hago más accesible a partir de la posición de mi blog en Google. No es lo mismo que el video aparezca en la primera o la tercera página a que aparezca en la décima. Haberlo seleccionado y colgado en el blog le da el valor que Google da al conjunto del blog. Si el blog funciona bien, el video gana posiciones en Google y resulta más accesible.

Este es el valor que yo le puedo dar si cuelgo un video aquí. Pero hay otro tema, y es que el control de ese video sigue siendo de YouTube. Si YouTube decide anularlo el video se va al carajo con todo su valor añadido. Claro que aquí hay un tira y afloja, y YouTube pastelea. Algunos videos que fueron anulados en su momento han vuelto a aparecer colgados por otro usuario, y esta vez no se han borrado. Tengo la impresión de que YouTube (y Google) juegan con dos barajas: la apuesta por como las cosas terminarán siendo y los regates que les impone la legislación vigente. Su negocio va con la primera baraja pero, ahora mismo, YouTube es como el primer Napster, una estructura centralizada. El colapso de Napster dió lugar a la estructura descentralizada de los emule, torrent y demás. Cada PC se convierte en cliente y servidor a la vez. Para seguir jugando a Napster, YouTube tiene que seguir apostando por la baraja adecuada, y su compra por Google le puede dar el respaldo adecuado. Quiero decir, si YouTube cambia de baraja, el valor añadido de la distribución cambiará de ruta y seguirá por otro lado. Igual entonces tengo que rehacer medio blog, pero no sería la primera vez.