No me gusta hablar de la política española aquí en el blog, no porque no me interese la política de verdad o sea neutral o indiferente, sino porque ya no me creo ese espectáculo mediático de declaraciones y contradeclaraciones en que se ha convertido la política del día a día. Gran parte de la información política ahora mismo es tóxica, y el mejor antivirus es enterarse lo menos posible (por eso me gusta el teletexto) y, desde luego, no entrar en el juego. Pero hoy he visto la viñeta que publicó Forges ayer en El País, y refleja exactamente lo que yo venía pensando estos días: ya estamos otra vez igual.

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Hay un dato histórico que todos debíamos tener en cuenta, y sobre todo los políticos: a los españoles (y uso el nombre común que se nos da en el extranjero para no entrar en otra polémica) nos gusta pelearnos entre nosotros. Desde el levantamiento de 1808 contra Napoleón ni el Reino ni la República de España han entrado en guerra con ningún país extranjero (a excepción de las guerras coloniales en Filipinas, Cuba y Marruecos y de las recientes expediciones a Irak y Afganistán), pero hemos luchado encarnizadamente contra nosotros mismos. Primero como liberales o absolutistas, luego con las interminables guerras carlistas y finalmente con la guerra civil, que nos habría tenido que curar para siempre de esa funesta manía de darnos garrotazos en la cabeza. Pero no.

Desgraciadamente, anteponer el diálogo a las convicciones parece que no es rentable en España. Resulta más rentable atizar el fuego, y ese fuego nos puede llevar a todos a tropezar otra vez con la misma piedra con la que llevamos dos siglos tropezando. Otra vez. Hoy he visto esta foto, en la portada de La Vanguardia, de la manifestación ayer en Madrid contra la excarcelación de De Juana Chaos (también la ha publicado El País), y me ha dado cierta esperanza: la media de edad entre tanta bandera debe andar por los cincuenta y muchos años. Puede que las generaciones de españoles dispuestos a seguir dándose garrotazos en la cabeza se estén acabando, puede. Si no vamos mal.

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