Probando, probando, un, dos tres, probando… bueno, parece que ya hay conexión. Cielos!, necesitaba dormir. Pues estos dias (en que me he dedicado a leer más que a escribir), he estado viendo las fotos que Alta Mar ha ido colgando en su blog de la exposición de Igor Mitoraj en los jardines que hay al lado de la catedral de Palma, frente al mar. Cuando estuve en Palma en julio fui a ver la exposición y la verdad es que era impresionante, las esculturas y el escenario, o sea, las esculturas en ese escenario. Esta es una foto que he encontrado de las escaleras que bajan a los jardines (lo que se ve a la derecha es la catedral).

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A Mitoraj lo conocía de una exposición que hizo en 1989 en la sala Gaspar de Barcelona. Recuerdo que salí impresionado por el tamaño de las esculturas (gigantescas en las salas de la Gaspar, y mira que las salas eran grandes) y por la intensa bocanada de aire clásico que traían. Me impresionaron pero, como pasa a veces, no me interesaron demasiado. En aquél momento estaba más interesado por la escultura de Chillida, Serra, Susana Solano o Gabriel, esculturas que no tenían como referencia el cuerpo humano sino la libertad de las formas, y Mitoraj me pareció un neoclásico descomunal pero sin mucho sentido ahora mismo. Sin embargo, esta vez que lo he visto en Palma al aire libre, he cambiado de opinión. Puede ser por el tiempo transcurrido, puede ser porque ya no filtro tanto lo que me impresiona a partir de lo que me interesa, o puede ser por el slogan de este blog, nada ajeno.

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El caso es que he encontrado la presentación que hizo Maria Aurèlia Campmany (una mujer a la que siempre admiré) para el catálogo de la exposición en la Gaspar en el 89 (por eso me acuerdo del año). Voy a copiar un trozo:

“Pero descubrimos que Igor Mitoraj maltrata el mito, lo hace añicos y vuelve a reconstruirlo en su degradación. Existe en verdad, en la rotundidad de los bustos, de los rostros, de las armaduras, una búsqueda de la serenidad clásica. No obstante, el camino que emprende el artista para esta búsqueda apasionada es también parte de ella. El mundo antiguo, que el escultor reclama, nos llega triturado por el tiempo: brazos, nariz, cabezas cercenadas del tronco, torso rajado, manos misteriosas que intentan una caricia tristísima. La amputación, la hendidura, la grieta son en realidad la parte esencial de la obra, la imagen antigua sólo hace de soporte, de tal modo que esa serenidad mutilada expresa la inquietud presente”.

“Esa serenidad mutilada expresa la inquietud presente”, por ahí me ha empezado a interesar Mitoraj. Trae la bocanada de aire clásico a la fragilidad de este presente. LLega maltrecho. En este sentido no está mitificado, no es realmente un neoclásico, sino que une los cables de la antiguedad clásica y de la actualidad, y del cortacircuito salen estas esculturas sin cabeza ni brazos o estas cabezas tiradas en la calle. El caso es que a mi me entusiasma la escultura griega, la escultura del cuerpo (desde el Apolo Sauróctono al Laooconte), pero con un criterio un poco arqueológico, es verdad, que es el que Mitoraj cortocircuita.

Pero hay otro tema que me impresiona de Mitoraj, y es el de las obras en bronce. Todavía me acuerdo cuando leí en las memorias de Benvenuto Cellini (por cierto, se puede descargar, la versión inglesa, en Google Books aqui) la laboriosa fundición del Perseo, que al final tuvo que echar toda su vajilla en el horno porque no cuajaba (el capítulo 78 es de infarto), y desde entonces me ha quedado un enorme respeto por las obras en bronce. Es como la historia de Boris fundiendo la campana que comentaba el otro dia. Cuando veo una obra en bronce, sencillamente la admiro. Y es curioso también, ahora que lo pienso, porque Cellini, que era del siglo XVI y discípulo de Miguel Angel, reinterpreta la escultura clásica dotándola de movimiento, el paso que ya se había dado en el Laooconte. Perseo aparece caminando con la cabeza de la Medusa en una mano y la espada en la otra

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mientras que Mitoraj retrocede a los modelos estáticos anteriores, los modelos que simplemente se exhiben sin una acción añadida, puesto que la acción, en su caso, es el paso del tiempo que los mutila. Cellini todavía trabajaba sobre una tradición que pretendía actualizar, mientras que Mitoraj ya solo utiliza esa tradición como soporte (como decía Maria Aurèlia).

Bueno, y otro tema es el de la monumentalidad. El tamaño directamente impresiona cuando estás delante de una escultura, es algo que ya sabían los egipcios, significa poder. Mitoraj conjuga el prestigio clásico, lo refuerza con el tamaño y lo resta con las mutilaciones, las grietas o las vendas. Es curioso comparalo con otro escultor que utiliza también la monumentalidad para tratar temas más cotidianos, Ron Mueck. Hay una buena colección de fotos de sus obras aqui, pero me traigo una para que se vea

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la monumentalidad de Mueck coloca lo cotidiano en otra dimensión, le pone el zoom y ahí lo deja para que lo veas. Y lo ves, vaya si lo ves. La monumentalidad de Mitoraj ya aparece más prevista en el tema, no son figuras cotidianas sino clásicas, y la suma que supone el tamaño solo potencia la resta a la que somete al soporte. También lo grande cae por los suelos.

Buscando fotos de Mitoraj en Flickr, he encontrado esta que me parece genial. Una escultura en la calle, una pintada al fondo, un tio comiendo en la esquina. Un paisaje urbano.

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