Esta mañana, cuando he llegado al gimnasio, me lo he encontrado lleno de gatos. Habían cerrado la pista de abajo y habían montado una auténtica exhibición felina, todo lleno de mesas con los gatos en sus jaulas y un cartel debajo de las cestas de basquet que ponía World Cat Federation (WCF).

Como es un espacio diáfano, el campamento de la WCF se veía desde los pisos de arriba, que es donde están las máquinas, y he estado pedaleando con una estupenda panorámica de gatos de Siberia, persas y de angora. Aquello rompía un poco el habitual ambiente sobrio y espartano (jeje) y los maquineros mirábamos a los gatos (y a sus orgullosos propietarios) con cierta perplejidad, pero cada cual a su rollo.

Había jaulas decoradas como una salita de estar, en plan coquetón, y otras con un estilo más moderno, todo en piel de vaca. De algunas colgaban los premios que había tenido el gato, unas cosas de esas que los norteámericanos se cuelgan del pecho en las convenciones republicanas, y en alguna casi no se veía al gato de tanto premio. Los gatos, a todo esto, tranquilísimos allí dentro, acostumbrados supongo a estos festejos.

Pues nada, he hecho mi rutina como si tal cosa (coexistencia pacífica), me he duchado y he dejado atrás el mundo de la WCF. El caso es que el gimnasio cambió hace poco de gestores, y la nueva empresa está empeñada en incluir nuevas actividades (y beneficios). El pasillo de entrada lo han convertido en un espacio polivalente, y lo han llenado de unos cuadros horrorosos (de verdad, horrorosos) por si quieres llevarte alguno en la mochila al salir. Arte y deporte. Arte y gatos. Deporte y gatos. Deporte y gatos y arte. Y la próxima será…