Esta mañana he leído, en el bar al que voy a desayunar, un titular qe parecía un parte de guerra: “Barcelona estrechará el cerco a las fiestas okupas ilegales“. Era de La Vanguardia, claro. Todo viene a partir de la salvajada de Sant Pere y es la crónica del rifirrafe que se han tenido en la comisión de seguridad, con el PP y CiU acusando al ayuntamiento de “permisividad” e “inacción”. Según el artículo, el concejal responsable del tema ha dicho que “el Ayuntamiento de Barcelona utilizará todos los medios de que dispone para combatir el fenómeno de las fiestas okupas ilegales”. Lo de fiesta ilegal me ha hecho gracia, porque entonces las fiestas legales deben ser como la del otro dia en el City Hall, con los gorilas vigilando que se cumpla la legalidad. En estado de diversión vigilada. Antipático y aburrido. Acaba no siendo una fiesta.

El argumento del concejal es que “la ocupación de inmuebles para convertirlos en locales de libre concurrencia supone “saltarse todas las reglas del juego”. La cuestión es ésta, la de las reglas del juego. Si un señor monta una discoteca como negocio es una historia, si yo monto en mi casa una fiesta todos los sábados (y los vecinos me lo permiten) es otra. Las diskos okupas están en algún sitio en medio. No vas allí de cliente, y con la gente con la que bailas tienes una familiaridad semejante a la que tienes en una fiesta particular, hay buen rollo. Las consumiciones son superbaratas, y si se acaban, pues se acaban y nadie protesta. No vale equipararlas con las reglas del juego del gremio de hostelería, lo que hay que hacer es adaptar las reglas del juego a un fenómeno nuevo, a las actividades que no son comerciales (igual que la SGAE tendría que adaptarse al fenómeno nuevo que supone Internet). Muchas cosas están cambiando, y cuando cambian las cosas hay que adaptar las leyes.

Tampoco es que conozca mucho el tema, pero me da la impresión de que el ayuntamiento de Barcelona nunca ha sabido muy bien que hacer con los okupas. Las noticias han sido siempre de enfrentamientos. En otras ciudades no ha pasado lo mismo. Conozco un poco el tema en Amsterdam. En un edificio okupado funciona desde hace años una discoteca gay, el Trut (en Bilderdijkstraat 165), a la que voy siempre que estoy por allí. Se llegó a un acuerdo con el ayuntamiento, y el edificio se dividió en apartamentos que, con el paso de los años, algunos hasta tienen parquet y todo, oiga. Y la disko sigue allí. Una gran ciudad necesita recoger todo lo que contiene, y los okupas son parte de Barcelona. Cuidado con las reglas del juego, y cuidado con los legisladores demasiado puritanos que no saben divertirse. Y a todo esto, voy a cambiar el voto en las próximas elecciones municipales (porque yo voto) y va a ir a parar a los que no han aceptado las nuevas ordenanzas.