Post publicado por Rafael Poch, corresponsal en Berlín, en su blog de La Vanguardia hace ahora 5 años. A veces las profecías dan escalofríos.

 

Directorio alemán
Rafael Poch | 18/07/2010 – 21:20 horas

Progresa el uso y abuso de la crisis a cargo de gobiernos y sectores sociales.

La nueva tesis teológica es que la crisis del euro fue ocasionada por el desbarajuste presupuestario de los países de la Europa meridional. Su verdadero origen parece haberse volatizado: la irresponsabilidad financiera de los bancos y de los inversores. Aquél auténtico contexto general, que envolvía, tanto a las estúpidas inversiones especulativas del capital obtenido por Alemania gracias a su egoísta estrategia exportadora, o a las correspondientes inversiones de los bancos franceses, como al ladrillo español o a los engaños presupuestarios griegos, que se citaba en los medios como obviedad en otoño de 2008, ha sido sustituido por una pesadilla que tiene a la deuda en el centro.

La deuda pública creada por los millones dedicados a salvar a los bancos se presenta como la causa de todos los males, pero ya no se atribuye ni a los bancos, ni a las políticas neoliberales de los últimos veinte años, que redujeron los impuestos a empresas y a los más ricos de la forma más desvergonzada. En los últimos doce años, los impuestos a empresas se redujeron en Europa un 12%. En Alemania la reducción fue del 27% en veinte años. Desde 1990, los impuestos a los más ricos se redujeron un 9,5% en Alemania, un 13% en Francia y España, y un 6% en Italia….

Nada de todo eso tiene que ver con la deuda, contraída, se dice, porque “vivimos por encima de nuestras posibilidades”, por lo que, se concluye, la crisis debe combatirse con una combinación de recortes sociales y del sector público, y de aumento de impuestos al consumo, lo que prepara el terreno para la recesión y el estancamiento.

Los periodistas continúan leyendo los mismos informes de bancos, a los mismos “expertos”, y a los mismos medios de prensa “de referencia”, que demostraron su completa incompetencia, su cinismo, o las dos cosas a la vez, antes de la crisis. Para valorar los mensajes que hoy nos están lanzando, simplemente hay que recordar los disparates que nos lanzaban antes de la quiebra, cuando el “servicio de estudios” del Deutsche Bank aseguraba, por ejemplo, que; “España, la fiesta continuará hasta el 2020″, o cuando San Rodrigo Rato, considerado poco menos que un genio por la derecha de Madrid, proclamaba, en calidad de Director del FMI durante su visita a Pekín en vísperas de la quiebra, la “excelente salud” de la economía mundial.

Para comprender la actual política europea, hay que recordar quienes son sus cocineros. Por ejemplo, en materia de “regulación de los mercados financieros”, es decir las medidas que deben introducirse para paliar la economía de casino en Europa, la Comisión Europea se asesora con 19 “grupos de expertos”, en los que se cuentan 229 “representantes de la industria financiera”, es decir lobbystas de los bancos, que tienen una mayoría de cuatro contra uno respecto a los expertos procedentes de las universidades, los sindicatos o de la sociedad civil, señala la Netzwerk Alter-EU.

La línea política de la disciplina fiscal, de la reducción del déficit, la deuda, el tamaño del gobierno y del sector público, que nos gobernó antes de la crisis, se esgrime ahora como programa para salir de ella. Se trata de reducir el Estado del bienestar, recortar los derechos laborales, debilitar a los sindicatos, reducir los salarios y aumentar la explotación para, en definitiva, incrementar los beneficios de las clases empresariales. Muchos advierten que esta línea condenará a la recesión y el estancamiento a países como Grecia, España, Portugal y quizá otros.

La impresión es clara: la derecha utiliza la crisis para imponer su programa a nivel global, y parece que con eso nos arrastra a un segundo batacazo, pero su líder en Europa ya no es Estados Unidos, sino Alemania, un país que quiere, “aprovechar la crisis para salir fortalecida en el G-20″, como dice la Canciller Angela Merkel.

En una entrevista con el Financial Times el pasado mayo, el Ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, explicaba de forma muy clara el programa continental: cada país debe usar la crisis para realizar las “reformas” con las que siempre soñaron sus empresarios: recortar el gasto social y el seguro de paro en Alemania, arrebatar a los trabajadores franceses sus supuestos privilegios derivados de la “rigidez del sistema laboral”, acabar con el sector público de la Italia del Sur… Respecto a España, decía Schäuble en aquella entrevista, “debe resolver el problema de su mercado laboral demasiado regulado”. “Cada país tiene sus problemas específicos y dispone de su propio margen presupuestario de maniobra”, resumía.

El problema es cómo mantener cierta estabilidad y consenso social en la aplicación de esta línea, teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de la población no está compuesta por empresarios, sino por asalariados y usuarios del Estado social. En Berlín se habla de estos días del Profesor Herfried Münkler, de la Universidad Humboldt, un “historiador de las ideas” que afirma, en la revista de la Sociedad Alemana de Política Exterior (DGAP), que no nos vendría mal un poco de dictadura y rehabilita, “la necesidad de una solución Bonapartista” a la crisis en Europa, mientras otro “pensador”, el filósofo de amplio consumo en televisión, Peter Sloterdijk, denuncia la “dictadura del Estado social” y del sistema impositivo en su último libro. Son mensajes del mismo tenor que lanzó el Presidente de la Comisión Europea, José Durao Barroso, en la reunión que mantuvo en junio con representantes sindicales europeos: “si no se aplican los paquetes de medidas de austeridad en los países más endeudados podría desaparecer la democracia como la conocemos actualmente”, dijo Barroso, según palabras del sindicalista John Monks.

¿Bonapartismo?, ¿dictadura? En el mundo desarrollado esos recursos no son necesarios ¿Cómo calificar el forzado giro de Zapatero en España, o de los socialistas griegos, obligados ambos en cuestión de horas a practicar lo contrario de lo que fue su discurso o sus promesas electorales? Algo muy parecido a un golpe de estado derrocó, el 24 de junio, al primer ministro australiano Kevin Rudd, que había chocado con los intereses del poderoso sector minero, al que quería imponer un millonario “Impuesto a los superbeneficios con recursos” (RSPT). La prensa de Robert Murdoch, que controla el grueso de la información en el país, había llevado a cabo una agresiva campaña contra el impuesto, presentado como una amenaza a las inversiones y al empleo. Rudd también apoyaba una perspectiva de retirada de Afganistán, en dos o cuatro años, para el contingente australiano allá destacado, que era apoyada por el 61% de los australianos e irritaba en Washington. La sucesora de Kudd, Julia Gillard, aupada al cargo de primera ministra por el golpe en el seno del Partido Laborista, se ha desdicho de todo. Nadie se ha movido en Australia, ni en España. Sólo Grecia, con sus cinco huelgas generales aporta, de momento, algo al concepto “democracia”, pero la película no ha concluido y nadie puede predecir por donde irá, digamos, el año que viene.

Adelantándose a cualquier eventual y complicado intento, por ejemplo de los griegos, de reducir unilateralmente su deuda, como hicieron los argentinos (que carecían del inconveniente de estar sujetos al corsé del Euro), Alemania ya está urdiendo una estrategia para septiembre. Según “Der Spiegel” la Canciller Angela Merkel y su ministro Schäuble encargaron un borrador de medidas para el caso de que el paquete de ayuda al euro se demuestre insuficiente para sacar de apuros a los bancos europeos y las economías nacionales. Se trataría de lo siguiente:

A cambio de una reestructuración de la deuda, arrebatar a los gobiernos de países como Grecia, Portugal, España y otros, lo poco que les queda de soberanía, estableciendo un directorio con amplios poderes con base en Berlín que gobierne amplios aspectos de sus economías y políticas presupuestarias. Este escenario, señala el documento, “requeriría restricciones de la soberanía” y poner la política presupuestaria bajo control de, “un individuo, o grupo de individuos, familiarizados con las características regionales de la nación deudora”, y que serían nombrados por un comité de expertos en Alemania.

El Ministro Schäuble compara a los países con empresas. “Cuando una empresa entra en quiebra, los acreedores deben renunciar a una parte de sus reclamaciones. Lo mismo debe aplicarse en casos de quiebra nacional”, dice. El pequeño inconveniente es que tal plan “colocaría a la nación deudora en una posición de sumisión colonial”, observa el Financial Times. Y el colonialismo y la paz nunca se han llevado bien. La torpeza del gobierno alemán en sus nuevos pinitos por gobernar Europa y salir globalmente fortalecida de la crisis, parece alcanzar cotas insospechadas.

 

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