Archivos para el mes de: agosto, 2010

Hace unos días me descargué “Ghost In The Shell 2.0″, un manga de Mamoru Oshii del 2004 que me llamó la atención por el título, y hoy he aprovechado la tranquila tarde del domingo para verme la peli. Bueno, es realmente espectacular. No estoy muy puesto en el rollo manga, aunque me suele gustar lo que veo, pero en este caso el título me recordó una frase famosa en filosofía. “The ghost in the machine” es la frase afortunada con la que el filósofo inglés Gilbert Ryle describió la paradoja del dualismo mente-cuerpo de Descartes.

El cuerpo para Descartes es como una máquina, y en esa máquina habita el espíritu que nos hace humanos como si fuera un fastasma en un castillo. De hecho los animales, que no tienen espíritu, son puramente mecánicos. Mente y cuerpo son inquilinos del mismo espacio, pero pertenecen a dimensiones diferentes. El mérito de la frase es que pone de relieve la enorme distancia a la que toda una cultura, la europea, acabó colocando dos de las partes en las que decidió dividir un mismo organismo, el cuerpo humano. Es un viejo problema que todavía no hemos resuelto.

Bueno, pues si el el siglo XVII se aceptó que el cuerpo era mecánico, no es raro que en el siglo XX se decidiera reproducir ese cuerpo exclusivamente mecánico bajo la forma de un robot. De eso va “Ghost In The Shell 2.0″, de varios de los problemas que eso implica. Robots domésticos a las que se les añade una dosis extra (ilegal) de espíritu humano, procedente de chicas secuestradas, para hacerlas más atractivas. La Yakuza por medio. Policias cyborgs que se las saben todas. Policias humanos. Toda la gama de posibilidades desde el homo-homo al homo-cyborg a los androides. La agente Kusanagi que vive en la red y solo se materializa de vez en cuando. El fantasma puede vivir en cualquier sitio, y aceptar cualquier transformación mecánica de su organismo. Está en otra dimensión.

El guión es de serie negra, bien llevado, aunque de vez en cuanto se cargue demasiado con disquisiciones filosóficas que lastran los diálogos. Pero las imágenes son t-o-t-a-l-e-s, es impresionante. He encontrado en YouTube un trozo muy bueno, la llegada de nuestros héroes a la zona norte. Es como un corto en medio de la película. Un, dos, tres, mirad ésto:

Estos días que me toca hacer vida tranquila (/aburrida) de convaleciente he estado leyendo un libro extraordinario que ha conseguido llevarme de viaje por la selva cada vez que me sentaba y lo volvía a abrir. El libro se llama “El río” (“One river” en inglés) y su autor es Wade Davis, un biólogo y antropólogo canadiense que fue alumno de Richard Evans Schultes en Harvard y que compartió con él la pasión por los viajes hacia el sur.

En 1974 Schultes le encargó que acompañara a otro alumno suyo, Timothy Plowman, en un viaje por Colombia y Ecuador para investigar el origen, los usos y las particularidades botánicas del arbol de la coca, una investigación científica financiada por el Departamento de Agricultura de los U.S.A (eran otros tiempos). El libro empieza contando ese viaje de dos estudiantes norteamericanos por los pueblos y carreteras de Colombia en una furgoneta con remolque, pero enseguida la historia se cruza con los viajes del propio Richard Evans Schultes treinta y tantos años antes, pues a menudo atraviesan los mismos sitios en los que él anduvo y vuelven a ver las mismas plantas que él describió.

Las dos historias se entremezclan todo el rato, e incluso luego se añade una tercera, la de Richard Spruce, el héroe de Schultes que le precedió por la zona un siglo antes, e igual que se mezclan las historias y los tiempos también se mezclan los registros y el libro, que mantiene durante todo el rato los recursos, el ritmo y la calidad literaria de una buena novela, es asimismo un libro de viajes, un mini tratado de botánica, un cuaderno de datos sobre las diferentres tribus que han vivido y viven en la región, una historia del pasado y del presente, y un catálogo de las diferentes plantas alucinógenas que fueron descubriendo estos botánicos aventureros. Y es también un testimonio emocionante de la amistad entre todos ellos.

El río, creo, es tanto un río físico, el Amazonas, como un río metafórico y la historia más fascinante es la de Richard Evans Schultes. Schultes estudió en Harvard con Oakes Ames (otro tipo curioso) y en 1936 se fue a Oklahoma junto con Weston La Barre para estudiar el peyote después de haber leido un libro sobre la mescalina. Allí comparieron ceremonias con los kiowa, y hay una foto curiosa después de una de estas sesiones, con Schultes impecablemente peinado y con corbata. Tenía 21 años.

Mientras investigaba en Washington sobre el peyote para su tesis de licenciatura, encontró una carta que le puso sobre la pista de la posible identificación del teonanacatl, el hongo que mencionaban los españoles en las crónicas de la conquista y al que los aztecas llamaban “la carne de los dioses”. De nuevo con el apoyo de Oakes Ames, Schultes se fue a Oaxaca en el verano de 1938 y, tras un viaje muy pintoresco lleno de curiosos personajes, encontró los hongos, a los que Hofman (el mismo que descubrió el LSD) consiguió extraer en 1958 el principio activo, que llamó psilocibina.

Mientras tanto Robert Graves, desde Mallorca, envió en 1952 a Gordon Wasson, banquero e investigador, junto a su esposa, del papel de los hongos en las diferentes culturas, una carta en donde mencionaba el artículo de Schultes sobre los hongos de los aztecas. Wasson pidió el artículo a Schultes, se conocieron y en el verano de 1953 los Wasson viajaron a Oaxaca en busca de los hongos. No hubo suerte la primera vez, pero Wasson volvió los dos veranos siguientes, y el 29 de junio de 1955 una curandera que se llamaba Maria Sabina lo invitó a una sesión. El artículo que Wasson publicó sobre su experiencia en mayo de 1957 en la revista Life supuso una inesperada publicidad para los hongos alucinógenos, provocó todo el “fenómeno” Maria Sabina y fue el pistoletazo de salida de toda la cultura psicodélica de los 60. Uno de sus lectores fue Timothy Leary, entonces también profesor en Harvard.

Schultes por su parte, después de dos viajes a Oaxaca (en el segundo identificó el ololiuqui, otro de los alucinógenos de los aztecas), regresó a Harvard en 1939, y dos años más tarde aceptó una beca Guggenheim para estudiar los venenos de los flechas del noroeste amazónica. En otoño de 1941 llegó a Colombia, pero la siguiente escena en el libro es una conversación entre Tim Plowman y Wade Davis en la habitación de un hotel de San Agustín:

-“¿Qué te dijo Schultes antes de que vinieras? – me preguntó Tim.
-¿Qué quieres decir?
-¿Te dió consejos?
-Me dijo que no me molestara en conseguir unas botas gruesas porque todas las culebras pican en el cuello, y me contó que en doce años no se le habían perdido ni una vez las gafas.
-¿Algo más?
-Que no debía volver de Colombia sin haber probado la ayahuasca”.

Y allí Tim le saca a Wade el libro “Las cartas del yagué” de Burroughs, y le explica que el doctor Schindler que aparece en el libro, con el cual Burroughs hace parte del viaje y a través del cual consiguió su primera experiencia con la ayahuasca, era en realidad Richard Evans Schultes. Vaya, vaya. Según explica Davis, cuando Schultes encontró a Burroughs ya había tomado ayahuasca veinte veces o más.

Bueno, paro ya porque si no voy a explicar todo el libro, pero quería contar todo esto para comentar dos cosas. Una es simplemente el itinerario de Schultes: de Oklahoma a Oaxaca y de Oaxaca a Colombia, la botánica incluye plantas alucinógenas utilizadas por las culturas indígenas. Otra es el papel de Schultes, que no conocía, en la historia tanto de Wasson como de Burroughs. Schultes había estado antes allí, y es realmente el patriarca de varias generaciones de botánicos aventureros, a las que perteneces Tim y Wade, que no solo estudian y clasifican las plantas, sino que comparten su uso tradicional.

Lo curioso también es que Schultes (el primero por la derecha en la foto de arriba) fue un respetado profesor de biología de Harvard, experto tanto en orquídeas como en el arbol del caucho o en plantas alucinógenas. Una cosa no impedía la otra. Y a la vez que biólogo y loco por la botánica, Schultes fue también un buen fotógrafo que llevó la cámara a sitios donde probablemente nunca había llegado ninguna.

Voy a copiar la última conversación de Schultes y Davis en el libro, en el salón de un hotel inglés de Bogotá, seguramente en 1975:

-“Profesor, tengo un pequeño problema. Estoy un poco corto de…
-No se preocupe -me interrumpió-. Creo que yo puedo sacarlo del apuro.
-Sería magnífico.
-Bien, ahora un par de cosas. Los tanimucas le dan sabor a la coca soplando un incienso balsámico sobre las cenizas calientes. Es muy bueno. Esté atento.
-¿De qué planta lo sacan?
-Los colombianos la llaman pergamín o brea. Es la resina de la Protium heptaphyllum. El nombre en tanimuca es hee-ta-ma-ká.
-¿Y qué más?
-¿Perdón?
-Usted dijo que un par de cosas.
-Sí, claro. ¿Qué más era? -Hizo una pausa y se tomó un sorbo de ron. Le brillaron los ojos-. Ahora recuerdo. ¿Ha probado el yagué?
-Sí.
-¿Qué le pareció?
-Bastante malo.
-Yo solo vi colores.
-Yo solo vomité.
-Eso pasa a menudo. Tal vez deba probarlo otra vez. De hecho, tal vez deba pasar un poco más de tiempo en el Vaupés. Hay un río que me gustaría que viera, el Piraparaná, el río de los barasanas y de los macunas. Ya encontrará la forma de ir”.

Pero sin duda la historia más emotiva es la de Tim Plowman, que murío en 1989 de sida y al que está dedicado el libro. La amistad de Schultes con Tim y de Tim con Wade aparece como una cadena que la muerte de Tim rompe, y que Wade intenta rehacer escribiendo el libro. La últimas líneas son realmente emocionantes, y el título es “Un río” y no “El río”.

Me ha gustado.

Ayer encontré por aquí un cuadro un poco extraño de un pintor que no conocía. Es una escena en los pasillos del metro, con una señora parece que preocupada en primer plano y un grupo de usuarios repartidos a lo largo de las líneas y los espacios que componen toda la estructura. Lo que me llamó la atención es que da una sensación bastante ambigua. Por un lado se trata de una escena realista y cotidiana, pocas cosas más prosaicas que el metro, pero por otra el ambiente es definitivamente raro, con un punto onírico, como detenido y ausente. Nadie parece tener prisa, como si estuvieran posando para un anuncio de los lonely people.

Resulta que el cuadro se llama “Subway” y lo pintó en 1950 George Tooker, un pintor neoyorkino que está clasificado como “realista mágico”. Bueno, un regate curioso al realismo hay en el cuadro, aunque en este caso no se si “mágico” es la mejor manera de describirlo. Hay una impresión general de mal rollo y mediocridad que puede leerse como crítica social, pero formalmente congelado, casi como un realismo socialista sin épica. Este tipo de escenas desangeladas en espacios públicos (el tema suyo que más me gusta) continúa en otros cuadros que pintó por la misma época, en una sala de espera, en una oficina, en una cafetería, todos con ese ambiente que me recuerda un poco el de aquella película genial que rodó Billy Wilder en el 60, “El apartamento”, o sea, el Nueva York cutre de los años 50.

Pero lo que me ha impresionado en “Subway”, además del realismo sui generis, ha sido la fuerza y la consistencia de todo ese juego de pasillos y escaleras en donde aparecen situadas las figuras. Un cuadro del metro con una estructura que podía ser renacentista, eso me gusssta. Pero también me choca, porque tanto George Tooker como sus amigos Jared French y Paul Cadmus son en este aspecto de la composición más académicos, más vinculados a la tradición, que por ejemplo Edward Hopper, que era de la generación anterior.

Con Hooper comparte el silencio de los cuadros y una sensación de vacuidad de la modernidad, pero las composiciones de Hooper están ya influenciadas por la fotografía y el cine y sorprenden por eso, mientras que Tooker seguía haciendo composiciones más clásicas justo antes de la llegada en tromba del expresionismo abstracto, que desguazó ese sentido de la composición como un tsunami. Ahora que las aguas han bajado, me ha resultado una sorpresa encontrar ese paisaje urbano de los 50 con toda la carpintería traida del Quattrocento.

Pues sí, llevo varios días con los pies en la palangana después de ir a vacilar al bar de la mona Juana… en fin.

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