las neuronas espejo como neuronas premotoras (Marco Iacobini)

He acabado de leer el libro de Marco Iacoboni sobre las neuronas espejo y sigo flipando con esas cositas que llevamos dentro. Ya he comentado varias veces por aquí el tema, a propósito de la película “Código 46” o del artículo de Ramachandran sobre su posible relación con la conciencia, pero voy ha hacer un poco de resumen introductorio. Son unas neuronas que descubrieron por casualidad Giacomo Rizzolatti y su equipo en la universidad de Parma en 1996 y que tienen la particularidad de que se activan no solo cuando realizamos determinadas acciones, sino cuando observamos a alguien realizando estas acciones. Esta diferencia tiene grandes consecuencias, supone que podemos reflejar como en un espejo acciones exteriores dentro de nuestro cerebro y de esta manera sentir, e incluso anticipar, la conducta y la expresión de otra persona y hacerla nuestra de una manera inmediata “como si el otro se transformara en otro yo”, según explica Vittorio Gallese, uno de los miembros del equipo de Rizzolatti. Bueno, pues Marco Iacoboni es profesor de psiquiatría en la UCLA y se involucró muy pronto en la investigación sobre las neuronas espejo, a partir de una investigación internacional coordinada a mediados de los noventa por Vittorio Gallese.

Lo que yo sabía sobre las neuronas espejo es que se las considera la base de la empatía, esa capacidad de ponerse en el sitio de otro y de entender sus reacciones y su comportamiento de una manera, digamos, intuitiva. Lo que he descubierto en el libro de Iacobini es que esa capacidad se basa en un proceso de imitación pero, sobre todo en que ese proceso de imitación funciona activando las neuronas motoras propias, es decir, aquellas que trabajan cuando realizamos una acción con una intención determinada, aunque de hecho no realicemos ninguna acción nosotros mismos. Esto quiere decir que nos podemos colocar en el lugar del otro duplicando su conducta y pillando su intención a nivel neuronal sin realizar nosotros mismos ningún movimiento, solo como un reflejo que nos sirve para entenderlo. Una de las consecuencias que tiene esto es que entendemos a los demás a este nivel de empatía, no por un análisis mental en frío de los datos que nos llegan sino por una reacción en caliente de nuestro sistema motor corpóreo que duplica internamente esos datos y los hace suyos.

El panorama que presenta Iacoboni es bastante diferente al que estamos acostumbrados. En lugar de individuos aislados, reflexivos y autónomos que necesitan de un “cemento social” (Jon Elster) para entrar en contacto, lo que viene a decir es que, neurológicamente y al nivel en que se encuentra actualmente la investigación, somos seres interdependientes que construyen su yo a partir de la imitación en la infancia y que mantenemos la capacidad de involucrarnos con los demás por resonancia interna y, además, que en esta capacidad tiene un papel crucial nuestro cuerpo y el sistema de neuronas que lo regulan. Copio un trozo:

“Por desgracia, la cultura occidental está dominada por un marco individualista, solipsista, que ha dado por válido el supuesto de que existe una completa separación entre el yo y el otro. Nos atrincheramos detrás de la idea de que cualquier sugerencia de interdependencia entre el yo y el otro puede sonar no solo contraria a nuestra intuición, sino difícil, hasta imposible de aceptar. Contra esta visión dominante, las neuronas espejo vuelven a reunir al yo y al otro”.

Pero entonces, en medio de este tráfico de reflejos e interconexiones, ¿cómo distingue el cerebro lo que realmente ocurre en nuestro interior de lo que es capaz de reflejar del interior de otro? Iacoboni plantea la hipótesis, basada en datos experimentales incompletos, de unas superneuronas espejo que no presentan activación cuando el sujeto del experimento observa una acción, sino solo cuando él mismo la realiza, y que actuarían como un interruptor que permitiría distinguir finalmente entre lo propio y lo ajeno. Los datos de las neuronas espejo tomarían al llegar al interruptor el camino del yo o del otro.

Pero a todo esto queda pendiente el papel del cuerpo a este nivel de conocimiento. El año pasado leí el libro (que no llegué a comentar porque coincidió con el viaje a China) de Antonio Damasio “El error de Descartes”. Damasio es otro neurólogo, profesor en la universidad de Southern California (vecina de la UCLA) y el libro ya es famoso. Son curiosas (parentesis) las referencias de los neurólogos a los filósofos: Damasio se enfrenta directamente a Descartes y el equipo de Parma, a través de Vittorio Gallese (y con Iacoboni incluido) aprovechan en sus investigaciones las líneas trazadas por la fenomenología existencialista de Merleau-Ponty. Pero bueno, una de las cosas con las que me quedé del libro de Damasio es el papel de las emociones y del cuerpo en el conocimiento, el peso de las áreas pre-reflexivas a la hora de decidir entre las múltiples opciones que se le presentan a la mente reflexiva para escoger. Copio un trozo:

“Los hechos que he presentado sobre los sentimientos y la razón, junto a otros que he comentado sobre la interconexión entre el cerebro y el cuerpo propiamente dicho, apoyan la idea más general  que planteé en la introducción del libro: que la comprensión global de la mente humana requiere una perspectiva organísmica; que la mente no solo debe moverse desde un cogitum no físico al ámbito del tejido biológico, sino que también debe relacionarse con un organismo completo, formado por la integración del cuerpo propiamente dicho y el cerebro, y completamente interactivo con un ambiente físico y social”.

Damasio, siguiendo las emociones, encontraba el cuerpo, y Iacoboni, siguiendo las neuronas espejo, vuelve a encontrar el cuerpo cuando las clasifica como neuronas premotoras. La pregunta entonces sería, ¿es posible el conocimiento sin el cuerpo? La respuesta que da Iacoboni es negativa, aunque de momento solo a nivel de hipótesis:

“Según esta alternativa, los procesos mentales cobran forma a través del cuerpo y de los tipos de experiencias perceptivas y motoras  que son producto del movimiento del cuerpo en el mundo circundante y de su interacción con él. Por lo general esta visión se denomina conocimiento corporeizado, y la versión de esta teoría especialmente dedicada al lenguaje se conoce como semántica corporeizada. El descubrimiento de las neuronas espejo ha sido un potente refuerzo de esta hipótesis que sostiene que la cognición y el lenguaje están corporeizados”.


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