La semana pasada estuvimos comentando con Jorge un artículo que salió en El Pais sobre un nuevo proyecto de estudio del cerebro a partir de la teoría de la complejidad. El proyecto se llama GABA (Global Approach to Brain Activity), lo lidera un grupo de la Universitat Politécnica de Catalunya (UPC) formado por cuatro físicos, que trabajarán sobre datos proporcionados por dos hospitales (de Sevilla y París) con el objetivo de encontrar un modelo teórico del funcionamiento del cerebro que permita explicar dos enfermedades de signo opuesto: la epilepsia y el Alzheimer. Por lo visto, la epilepsia se genera por un exceso de coordinación entre las neuronas del cerebro, todas tocan la misma nota en un momento dado, mientras que el Alzheimer supone un creciente descoordinación y las neuronas empiezan a desafinar.
Lo que nos llamó la atención del proyecto (además de sus posibles resultados prácticos) es que integrará físicos y neurólogos, un vínculo posible del que habíamos hablado semanas antes, y que utilizará como marco de investigación la teoría de la complejidad. En el artículo lo explican así:
“El cerebro es demasiado complejo como para intentar resolver sus problemas sólo desde una perspectiva médica”, explica José Luis Cantero, fisiólogo de la Pablo de Olavide. La reciente teoría de la complejidad, que intenta explicar el funcionamiento de redes con muchos elementos, es el instrumento clave que quieren incorporar: “El cerebro es el sistema complejo por excelencia”, dice García Ojalvo, “más que cualquier máquina hecha por el hombre. Un avión Boeing 777, quizás uno de los artefactos más complejos existentes, tiene unos 150.000 diferentes subsistemas formando una gran red de módulos organizada mediante elaborados protocolos a través de mil ordenadores que automatizan todas las funciones del avión”. Pues bien, añade, “en el cerebro, la complejidad ocurre a una escala mucho mayor, con centenares de miles de millones de neuronas, cada una de ellas conectada individualmente con otras 10.000 neuronas como promedio”. Precisamente, la respuesta última a la complejidad del cerebro radica en esa pléyade de conexiones: “El cerebro es mucho más que la suma de sus partes, las neuronas, y eso ocurre porque están organizadas y acopladas mediante protocolos mucho más complicados que los del Boeing”, dice García Ojalvo. “Queremos entender qué papel juega la sincronización entre poblaciones de neuronas y cómo regula las funciones cognitivas superiores, tales como la memoria, la atención, el aprendizaje, las emociones o el lenguaje”, comenta Cantero.
A partir del estudio de dos anomalías extremas, lo que en realidad se pretende es entender como funciona el cerebro, y con el cerebro la propia conciencia, entendiéndolo como un sistema complejo con múltiples interacciones. Lo importante del artículo es que esta relación entre el cerebro y los sistemas complejos ya no es solo una idea, es un proyecto de investigación financiado con fondos europeos.
Una de las características más alucinantes y más ricas de la teoría de sistemas es su flexibilidad. Puede funcionar allí donde exista una cantidad suficiente de elementos interconectados, sean estos elementos moléculas camino de la entropía, células realizando el camino inverso, neuronas conectándose por impulsos eléctricos, vecinos relacionándose en un barrio o internautas conectados a la Wikipedia. Es el isomorfismo del que hablaba Bertalanffy, aunque cada uno de estos sistemas tenga sus propios protocolos.
En este proyecto trabajan juntos físicos y neurólogos bajo el paraguas de la complejidad. De todos los sistemas complejos, el más fascinante es el cerebro porque es el que llevamos puesto. A ver si hay resultados.



