Hace unos dias le envié a Pau unas notas sobre dos de los frescos de Masaccio en la capilla Brancacci de Florencia (a cuenta de sus dibujos sobre temas similares) y le han gustado, y hoy he estado charlando un rato con Jesús en una terraza de la calle Mandri (hacía meses que no nos veíamos), y ha vuelto a salir el tema de la pintura italiana del Quattrocento (Jesús es profesor de teoría del arte), así que voy a poner aquí esas notas, como una continuación de la conversación (le he dado la dirección del blog).  Las notas están sacadas de un intercambio de correos que tuvimos con Fernando hace algún tiempo. Me encanta este estilo de pintura.

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De la capilla Castellani no he encontrado imágenes (a ver si tú tienes más suerte), pero mi preferida es la capilla Brancacci. Allí pintaron tres pesos pesados, Masolino (le llamaban Masolino di Panicale, un nombre que siempre me ha gustado), el tremendo Masaccio y Filippino Lippi. Es un precendente de lo que luego hicieron Boticcelli (que era discípulo de Lippi) y Miguel Angel en la capilla Sixtina. Hay un detalle que me encanta en los dos frescos de Masaccio, el pago del tributo y la predicación de San Pedro, y es que la misma escena (el mismo espacio) recoge momentos sucesivos, como si fuera un comic. En el pago del tributo hay tres acciones: el recaudador que pide el tributo en el centro, San Pedro que encuentra el denario en el pez a la izquierda, y San Pedro que paga el tributo al recaudador a la derecha. Lo increible es que esta pintura narrativa, que intenta reflejar episodios (textos) de los Hechos de los Apóstoles, tiene su origen en el hieratismo de los icónos bizantinos, donde nada se mueve y todo es pura exhibición para ser adorada. Occidente le puso marcha y acción a la herencia oriental.

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Ahora, el fresco que realmente me deslumbra es el de la predicación de San Pedro. También tiene una acción doble: a la izquierda la resurección del hijo de Teófilo, y a la derecha San Pedro predicando. Pero, a diferencia del pago del tributo, aquí las dos acciones aparecen encuadradas en un mismo fondo arquitectónico, más integradas. La luz las cubre a las dos por igual, no hay segundos planos, y toda la composición está equilibrada a partir de los colores y los volúmenes. Las dos construcciones con tejadillo que limitan el patio marcan los límites (y el escenario de cada acción), así como los dos grupos con ropas oscuras, mientras que el centro lo ocupan ropajes más claros, con un grupo en el que el rojo predomina sobre el oscuro, y el cuerpo desnudo del resucitado.

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Pero lo que me llama más la atención son los tres tiestos que hay sobre la pared del fondo, que no están simétricos, sino que los de la derecha están más juntos, acentuándo esa parte, guiando la atención hacia la derecha, donde San Pedro predica en un pequeño círculo. En realidad, ahora pienso que hay cierta correspondencia entre los tres tiestos y los grupos con ropajes más oscuros, todo un prodigio de ritmo. El vínculo reside en el atrezzo bíblico de San Pedro, naranja y azul en ambos casos (parece que no era un problema que cada cual fuera vestido a su moda, y mira que la de San Pedro era un pelín antigua). La verdad es que no me canso de verlo, y siempre veo cosas nuevas.

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